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Tomás Tenorio Galindo

OTRO PAÍS

*García Márquez: llora América Latina

En los alrededores de sus setenta años, Gabriel García Márquez le confesó a un periodista que su reacción ante la inevitabilidad de la muerte, de su propia muerte, era “rabia”. Aún no sufría el cáncer linfático que hace quince años no pudo derrumbarlo, pero cerca ya del ocaso daba muestras de conciencia plena sobre la dolorosa certidumbre de que “todo esto se acaba”.
Hoy que el premio Nobel finalmente murió, víctima de ese cáncer reincidente o simplemente abatido por la edad, América Latina tiene todos los motivos para llorar su muerte, pues García Márquez la escribió en sus libros, y en muchos sentidos la reinventó a los ojos del mundo. No por otra cosa Cien años de soledad suele ser considerada una espléndida metáfora de la historia latinoamericana.
Para acentuar el origen de sus preocupaciones y el orden de sus prioridades, lo mismo literarias que sociales y políticas, el discurso que García Márquez leyó al recibir el Premio Nobel en 1982 fue un repaso de la historia de América Latina, que no ha “tenido un instante de sosiego”, dijo. Habló de los 20 millones de niños latinoamericanos que por la pobreza morían antes de cumplir dos años, de las dictaduras militares y de la feroz represión política que en los años setenta produjo 120 mil desaparecidos. “Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala”, recordó, en el que probablemente haya sido la mayor y más efectiva denuncia política sobre la realidad de América Latina.
Dijo entonces: “Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”.
Le habría bastado la genialidad de sus libros para pasar a la historia, pero lo cierto es que la universalidad de García Márquez es resultado también de la posición política que asumió en la vida como latinoamericano. Latinoamericano sublevado contra la pobreza, la desigualdad social y la injusticia, convicciones que convirtió en un activismo discreto pero eficaz en todo tipo de gestiones y causas, y que explican –por ejemplo— su amistad inexpugnable con Fidel Castro. Con ello hizo una universidad y estimuló en América Latina el surgimiento de generaciones de jóvenes (ahora ya no tan jóvenes) ansiosos de cambiar el mundo, como El Che pero sin armas.
Pero no es preciso acudir a sus discursos en busca de sus posturas políticas, pues también se hallan diseminadas en sus novelas. Así como Cien años de soledad prácticamente se disgrega en todos sus demás libros, y todos sus libros hacen una sola Cien años de soledad, el pensamiento de García Márquez no es repelido en sus novelas para dejarle el sitio a una pura y exquisita composición literaria desprovista de los elementos que constituyen la realidad. Por eso hay matanzas como la de los trabajadores de las empresas plataneras, trenes cargados de muertos para tirar en el mar, guerras y conflictos sociales y una pobreza insoportable como en El coronel no tiene quien le escriba.
Sin embargo, es la maestría de su escritura, su capacidad para contar hechos triviales y ordinarios de una manera que parecen mágicos, lo que conquista a los lectores de las novelas de García Márquez. El mismo se cansó de repetir que su trabajo era el de un simple escribano y que no había en todo lo que escribía un solo acontecimiento que no tuviera su correspondencia en la realidad. Era cierto, pero como ocurre con singular transparencia en Crónica de una muerte anunciada, la magia estaba en sus manos. También dijo, y dio una de las claves para atisbar al origen de Cien años de soledad, que la historia de los Buendía y de Macondo no es sino la historia de su familia y de su pueblo, desde la óptica de un niño, es decir, él. Los testimonios que se acumularon, provenientes de sus hermanos y de su mamá, confirman su versión. Cuando hace años le preguntaron a su mamá si había leído Cien años de soledad, respondió que no necesitaba leer el libro porque ella ya se sabía todo.
La muerte le llegó a García Márquez en el momento justo, si es que existe tal momento para esperar a la muerte, con una obra inmensa leída hasta la veneración en todo el mundo. Su biógrafo Gerald Martin lo calificó como un nuevo e inmortal Cervantes, y nadie le reprochó esa comparación. Y tiene razón.

GGM y Acapulco

Es sabido que fue en la vieja carretera de Guerrero, al cruzar los cerros áridos de Zumpango, donde García Márquez recibió el chispazo que detonó la concepción de Cien años de soledad. Pero es menos conocido que fue en Acapulco donde comenzó a escribir y tomó forma el primer párrafo de esa histórica novela. Para la historia.

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