Federico Vite
Breve crónica de un autógrafo
También aplaudió el talento de Shakira, abogó por el vallenato y se dio el tiempo suficiente para defender el ejercicio vital del castellano. Hace 10 años, Gabriel García Márquez se brindó. Hizo un espacio en su agenda para hablar con algunos mozalbetes que intentábamos oficiar literatura. Saludó con un movimiento de cabeza al grupo. Entraba pues al salón de aquella casona en Liverpool 16, ciudad de México, alguien que nunca imaginé conocer. Meses antes de ese encuentro yo pensaba en el título de mi primer libro de cuentos (Entonces las bestias) mientras barría las hojas del Teatro Domingo Soler, mi empleo de aquella época. Pero allá, bajo el mismo techo, vi la sombra de aquel señor proyectarse sobre la duela de ese hábitat que no romantizo, pero sí recuerdo con precisión.
A decir verdad, me sentí extraño dándole la mano a García Márquez, parecía que protagonizaba mi primera faena literaria fingida, algo muy defeño me explicarían después. Ocupé mi asiento.
Doce cuentos peregrinos, llevaba ese libro con la intención de conseguir un autógrafo del Nobel colombiano para una persona que espero aún atesore ese detalle. Era un libro viejo que compré en la extinta Librería de Cristal de este puerto. Ahí, en mi silla, buscaba las palabras para no verme tan mediocre frente al colombiano. No quería parecer uno de esos tipos que empalagan la existencia. A lo mucho, necesitaba ser un hombre y decirle: es para fulana. Los compañeros de beca preguntaron sobre las experiencias estéticas y vitales de haber escrito ciertos libros, textos que?no son los que todo mundo considera geniales e irrepetibles aun sin haberlos leído, sino algunos cuentos y novelas menos manidas por los fanáticos.
Admiro, por encima de las novelas, los cuentos de García Márquez. No es mi escritor de cabecera, pero no estaba mal tener a un premio Nobel a unos metros de distancia. Y me arrellané junto a los poetas; a unas sillas de distancia, a mi derecha, se encontraba el dramaturgo suicida Jorge Kuri. Risueño él, con sus lentes espectaculares, dijo —palabras más, palabras menos— “no sé si sea cierto, pero ha sido contada varias veces por Juan José Gurrola y tengo curiosidad”. Refirió que cuando el autor de En este pueblo no hay ladrones llegó a México, pues frecuentaba algunos círculos intelectuales, en especial, el de Gurrola, y de ser así, rió Kuri, ¿es verdad que lo mandaban por las chelas cuando se acababa todo, maestro? Volvió a reír el suicida. Hubo una ligera tensión en el rostro de los tutores. Sonrisas, claro, en más de uno de los becarios. García Márquez respondió con tranquilidad e ironía: “No creo, en ese tiempo ninguno de ellos tenía dinero para las cervezas”.
Esa frase rompió el hielo. Alguien más quiso saber cuál era el proceso creativo para cada libro del colombiano; otro curioso, si escuchaba el mismo género musical para darle unidad a la prosa de cada una de sus novelas. Rituales literarios, en efecto, del Nobel. García Márquez fue amable, de verdad. Incluso pidió un vaso con whisky para amenizar la charla que tras la intervención de Kuri se volvió animada. Claro, sólo él bebió. Y pensé que el corte de su bigote era impecable. Se me ocurrió preguntarle, ya que lo tuviera cerquita, ¿quién le arregla el mostacho? De pronto, me nombraron. “Maestro, él es de Acapulco y quiere hacerle una pregunta”, dijo uno de los tutores. Es un poeta tropical, oigo la aseveración de una joven voz sin rostro, y noto que tengo bien agarrado el libro de cuentos con la diestra, como amuleto.
–¿Qué poetas revisita y por qué?
–Vaya –tomo en cuenta que alguien más debió preguntarle eso hace muchos años, pero no me siento idiota. Tengo una curiosidad legítima, quiero entablar un diálogo con alguien que lleva años llenando la plana y bien–.?Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. La emoción, esa forma que tiene el poeta de entender el sufrimiento, es algo que me gusta. Me conmueve cada vez que lo releo, que no es con mucha frecuencia pero sí lo tengo muy presente. Disfruto la musicalidad de los versos, la fuerza.
Ocupé de nuevo mi asiento, con la mirada fija en un punto de la duela. Repetí ese verso inaugural de Manrique y me quedé pensativo:
“Recuerde el alma dormida
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando (…)”
Nos dieron tiempo para seguir platicando, ya más en corto, con García Márquez. Algunos se retrataron junto a él; los más desparpajados le pidieron nombres de autores colombianos que él admiraba; otros, más vivos todavía, le comentaron que planeaban irse a Medellín con el apoyo de una beca y le barajearon la posibilidad de que él les diera una carta para concretar la residencia lo antes posible.
Yo, con bastante pudor y en silencio, le extendí el libro; él, como arco reflejo, me pidió un lapicero. Saqué mi Bic. Es un libro muy viejo, comenté. ¿Para quién es? Preguntó abriendo la pasta dura de?Doce cuentos peregrinos. Me cambió la vida leerlo, afirmé. Levantó la mirada y para evitar que me dijera: “Eres un cursi”. Agregué: Lo leí en Acapulco, allá nadando en la luz, dije para verme listillo. Sonrió. Nombré a la persona que atesora más que yo ese autógrafo y al cerrar el volumen concluyó: “Nadando en la luz”. Volvió a sonreír y me devolvió la Bic.
Mucho tiempo después conté esta anécdota al poeta Marquines, pero él, como el viejo lépero que es, me respondió: “Por eso eres narrador, mientes mucho”. Y para darle un giro proverbial, tal vez hasta borgiano, a esa sentencia, con la voz de contratenor que no poseo, concluí: “Ese libro existe, pero ya nunca lo veré”.




