Federico Vite
Apuntes con mar de fondo
(Primera de dos partes)
I.- Mi habitación
Un artillero ruso del siglo XIX que se dedicó a escribir después de una incursión armisticia al Cáucaso, León Tolstoi, sentenció hace ya varios años que si uno pinta su aldea también pintará el mundo. Lo dejó en claro pues. Afortunadamente, a estas alturas del partido, todos aquellos que ofician a favor de la literatura saben que reescribir la aldea es la única meta posible. Y reescribo México, no sé si como una veta colateral a mis odios, desde la perspectiva de los que han perdido, desde quienes utilizan las ruinas de su existencia para brindarse nuevas oportunidades de reconstrucción vital. Leo la realidad, gracias a mi daltonismo, con matices en blanco, negro y una gran escala de grises. Redefino constantemente las circunstancias que rodearon mi infancia y adolescencia acapulqueñas: el acercamiento a la muerte, la exploración del sexo, la culpa católica, el miedo a no ser como el resto de los hombres de mi casa, las penurias económicas, el dolor de perder a quien necesitas amorosamente. Todas las estancias llevan tatuado el Pacífico y esa inmensidad de agua suaviza lo agrio de algunos momentos que aún trato de reescribir: relaciones políticas, desencuentros personales, anhelos inconclusos. Apuntalo, les decía, consciente o inconscientemente, los motivos que llevaron al hundimiento a los protagonistas de mi barrio. Pienso en sus equivocaciones, en las mías, e intento replantear los errores trágicos de aquellos que moldearon mi educación sentimental. Hablo de los hechos que me han sugerido preguntas esenciales, ¿soy capaz de asesinar? ¿Robaría al que tiene menos que yo? ¿Perjudicaría a los míos por diversión? Aunque puesto de mejor forma, pienso recurrentemente en una frase de Intocable: ¿Y todo para qué? ¿Para qué reescribo la existencia de los míos? La respuesta honesta, aunque no por ello menos cándida, es que trato de explicar mis miedos en papel y hago un boceto de los errores importantes de mi barrio para no repetirlos, paro no tropezar de nuevo con la misma piedra (Alicia Villareal dixit). Pensando en Virginia Woolf, creo que no se puede escribir sin habitación propia. Cuando redefino este concepto de la anglosajona, preciso que para mí una habitación propia no es un espacio, sino un tiempo, una estancia privada, donde se logra el diálogo con uno mismo. Mi habitación propia es la música de lo que pasa e intento explicar por qué pasa eso que a veces lleva ruido a mi hábitat. Escribo por miedo; con hambre. Por los que están armados, escribo.




