Renato Ravelo Lecuona
La cultura a debate
A Claudia quien vive en el corazón destrozado de la burocracia cultural y teje un proyecto propio para no naufragar.
El nuevo presidente municipal de Acapulco, Alberto López Rosas, habló de una consulta pública para designar al responsable del ramo de cultura de su gestión, pero no dio tiempo a que las diversas propuestas tomaran forma e inesperadamente anunció el nombramiento de Aída Espino, con la decepción de muchos.
Edgar Neri fue de los primeros en hablar de programas antes que de personas. Luego Jeremías Marquines fue el conducto de transmisión de un programa consensuado con mucha gente y de una propuesta: Citlalli Guerrero.
La cultura está lejos de ser una comunidad, ni siquiera una federación de tribus. Mientras las decisiones se toman desde el poder y, como reconoció Zeferino, éste no hace mucho en este renglón. Pienso que para quienes ejercen poder, la inversión en cultura es gravosa y tiene pocos rendimientos en simpatías electorales. De manera que es poco su amor y la gente de cultura se deshace en celos, sobre todo, por las miserias y ausencias absolutas que padecemos. La cultura es la flota más crítica y expresiva, pero de paso la más autodestructiva.
Hace ya varios años que en Chilpancingo pareció darse una reacción dentro de la burocracia cultural a favor de construir un espacio propio, autónomo del poder público, cuando la Unidad de Culturas Populares del CNCA propuso un foro sobre política cultural y llamó al intento de comunidad que existía en la capital.
Gela Manzano con el apoyo del gobernador de entonces, editaba la lujosa revista Amate y a su vez fue nombrada directora del IGC. A Gela le gustó la idea del foro y sumó al IGC a la iniciativa. La perspectiva nos interesó a los integrantes de lo que quiso ser un espacio independiente y autogestivo de análisis de todos los asuntos de la cultura, al que llamamos Grupo Amate, desde luego que no por la revista de Gela.
Juntamos fuerzas, esperanzas y voluntarismo gratuito en pos de esa idea. Cuando ya estaban en marcha los preparativos de ese foro, Gela recibió órdenes superiores de retirarse de ese rollo y nos dejó colgados de la brocha. Respetamos su decisión pues no podíamos pedirle que se quedara sin chamba. Al poder le ofende hasta una posibilidad remota de crítica, pues su lógica es la de no criar cuervos que le saquen los ojos, prevención inútil para un ciego que, no obstante, tira palos y la burocracia cultural no tiene más remedio que aguantarlos. Es el poder, ni modo.
Como reacción a esto, salió mi ilusa propuesta de la revista Foro, no de arte y cultura como pretenden ser Amate y El Espejo de Urania, sino como órgano de información del quehacer de las ONG que tenían que ver con la cultura en todos sus aspectos, y que debiera ser sostenida con subscripciones de las propias ONG para lograr autonomía financiera respecto al gobierno y tener libertad de crítica.
Con estos criterios, el de su autofinanciamiento y el de incorporar al quehacer cultural a los activistas de todos los asuntos que configuran la cultura, se rebasaba la visión estrecha de la gente de amplia cultura que parecía más interesada en construir un escaparate de ventas al turismo extranjero.
Partimos de la idea de que la cultura es todo y que una política cultural del estado debe considerar todos sus aspectos: la cultura de género, la de respeto a los derechos humanos, la cultura política y democrática como la libertad de crítica que rompa el corporativismo ante el Estado, la divulgación de la cultura indígena, la lengua y literatura popular coexistiendo y entrando en relación con expresiones universales, la plástica en todas sus expresiones, desde los decorativos amates hasta la esquizofrenia plástica de la modernidad, el rock, las bandas y el chile frito conversando con la sinfónica; teatro con escenarios cerrados y teatro callejero, etc. Es decir, destacar y estudiar las formas cómo se expresa la cultura en la vida cotidiana, lo que es y como es, buscando cauces nuevos para su reproducción y superación, que supone procesos de investigación, de expresiones propias, ligándolas con expresiones universales.
Por ahí iba la intención a la que se sumaron en Foro grupos feministas, de derechos humanos, agrupaciones indígenas, asociaciones como la de historiadores, talleres literarios, academias de ciencias sociales, y con ellos se echó a andar Foro, autopresentándose ante lo que supusimos sería “la comunidad cultural”.
Pero pronto y bajo el agua, empezaron las discrepancias con la burocracia cultural. Gela e Isaías echaron pestes sobre el formato de Foro porque no tenía la calidad de Amate cuando menos, y no entendieron que el carácter de la propuesta no era agradar a las elites, ni habría un editor que resultara el censor, selector, dictador de contenidos, sino que cada grupo era responsable de su espacio en la revista donde proyectaran su quehacer.
La señora Espino, al principio, entendió la diferencia, pero proclive al mercado de las elites, al final fue la responsable de su liquidación.
Según me dijo, gente de “su” Concoaculta conformado con burócratas de la cultura y creadores independientes, sospechaban un mal manejo de los ridículos recursos que aportaron y, junto con Gela y Angélica Gutiérrez, en una sola reunión me descalificaron, rompieron el trato y para finalizar Aída me pendejeó y acaparó los magros recursos reunidos para luego editar, como último número de Foro, un bodrio oscuro con una entrevista a Félix Salgado cuando apuntaba a la gubernatura. Ahí terminó ese sueño democrático, plural, autogestivo, global que obviamente no respondía a los intereses de su tribu.
Si la señora Espino suele tener esos arrebatos de déspota, elitista y lépera, pobre de la comunidad y su cultura acapulqueña, aunque tiene una capacidad extraordinaria de realización y promoción, en esa línea vendible al turismo. Quizá sea lo que quiera el PRD al designarla su responsable cultural.
Cuando Edgar Neri y Jeremías Marquines –ambos con una trayectoria en el asunto–, manifestaron sus propuestas para el quehacer cultural, y las sometieron a la crítica por parte de una inexistente comunidad, y después de que el antropólogo Samuel Villela, que acaba de montar una exposición excelente de códices antiguos en el Museo Regional de Chilpancingo, hizo su comentario sobre la orientación de la señora Espino que entiende de manera selectivamente estrecha el ámbito global de la cultura, me motivaron a sacar de la memoria esa experiencia de Foro.
Desde luego que faltan ideas más que planes compulsivos. Se requiere una concepción distinta para diseñar una política cultural democrática que parta de la cultura “realmente existente” que observe con serenidad todas las manifestaciones sociales, en todos los órdenes, y en la vida cotidiana, reflexionar con seriedad y crear muchas respuestas. Esto de por sí lo hacen muy bien los creadores de Guerrero en la literatura, la música, la pintura y en el teatro, pero pronto se ven incorporados en las redes enfermizas del poder.
Creo que a “palo dado…” hay que crear una “comunidad cultural”, fuera de los espacios de la burocracia y cuyo primer autoanálisis sea nuestro tribalismo o ese individualismo oportunista condicionado por sus aspiraciones a recibir apoyos del poder público que enferman nuestras relaciones.
Tenemos que crear espacios para una discusión crítica, pero tolerante y constructiva. En El Sur, por ejemplo, en lugar de una polémica como la tenida entre Neri y Marcelo Adano, descalificándose recíprocamente por un pago, pudiera ocuparse el mismo espacio para plantear la necesaria solidaridad con el Museo Naval de Adano, construido con un admirable trabajo de muchos años y que quiere sobrevivir en su autonomía. No es El Sur el interesado, como dice Neri, en solventar disputas particulares, sino el espacio que respeta a sus lectores y son éstos los que marcan la tónica.
Acabamos de ver cómo, desde una óptica del poder, Monsiváis intolerantemente descalificó a Marcos por su carta a los europeos globalifóbicos, pero esa licencia que se dio Marcos en el uso de su libertad, no contradice su capacidad de lanzar una propuesta que toca, y seguro moverá, a España entera en torno a la cuestión vasca, llamando a la reflexión, antes que a los gobernantes, a los actores de la historia, quienes desde de luego le merecen el lenguaje más fino y agradable de la caballería andante. No llama al Estado sino a la sociedad y de paso, si ésta quiere, deberá involucrar a los tribunales del Estado.




