Jaime Castrejón Diez
Desayuno de vampiros
A quien le gustan los cuentos de terror, la escena que se dio en un desayuno en el Centro Libanés hace unos días, es perfecta para que se le paren los pelos de punta. Se trataba de reunir a la créme de la créme jurásica con el objeto de tomar posiciones, no estratigráficas para que las estudie algún geólogo dedicado sino posiciones… ¡políticas! Esto despertó la atención de los medios y el pánico cundió no entre los políticos sino entre los ciudadanos. Hay que recordar que aunque estén muertos y enterrados los vampiros regresan por… ¡sangre!
Lo interesante del inicio fue el que todos, que se consideran siguen siendo importantes, se peleaban a arañazos por los lugares centrales. Uno de ellos se agandalló uno, el ex presidente Miguel de la Madrid que lució su más jovial estilo catatónico, echando cabeceadas que le consumieron el cincuenta por ciento de su tiempo, para aquellos que gustan de la estadística.
La asistencia fue nutrida: ex ministros, ex legisladores, ex gobernadores y gobernadores con fuerte olor a corrupción y a sangre, ex líderes del PRI y el actual liderazgo del partidazo. En esta ocasión había gran unidad en el objetivo: todos quieren una curul plurinominal, y se meten zancadillas porque saben que no alcanza para todos. Era como en los viejos tiempos, todos en pos de la mamila. En los nuevos tiempos su única supervivencia es la plurinominal, porque para ser electos está difícil… ¡porque ya los conocen!
Era de lo más curioso ver sentados juntos a un ex gobernador con quien lo sucedió. Se abrazaron y se sonrieron por si había cámaras o los veía Madrazo. Por dentro pensaban: “Este hijo del tal cree que ya se me olvidó como me echó tierra y persiguió a mi gente. Lo peor, me fregó mis negocios”. Su vecino se reía para sus adentros y pensaba: “Ahora te friegas, me tienes que hablar y ojalá haya fotos para mandarlas allá al terruño pa´que las publiquen”.
Lo más granado del pasado reciente se apapachaba como en sus mejores épocas. Todos hacían recuerdos de sus épocas de potentados; todos cuidaban las formas, nadie aludía al presente, eso era tabú y peor aún la palabra “desempleado”. La esperanza es el futuro, pero todos temen y eso les amargó el desayuno: que el futuro no alcance para todos y como en los mejores tiempos hay que estorbar a otros para que el futuro les pueda llegar. Las patadas debajo de la mesa, en vez de música, amenizaron el convivio. La reunión, como dirían los clásicos, era de una trágica alegría.
Poco a poco se fueron acomodando y estaban muy modositos cuando, de pronto, entró un vampiro que no esperaban y que causó alarma. Era Joseph Córdoba Montoya y algunos de los presentes tuvieron un momento de histeria, a pesar de que en su sexo esa condición no se da. El silencio era realmente funerario, por unos minutos nadie se atrevía a hablar. Algunos preguntaban a su vecino “¿a éste quién lo invitó?”. Se acomodó entre Juan Rebolledo y Fernando Lerdo de Tejada que se quedaron paralizados, hicieron la mejor interpretación de la estatua de sal bíblica de que se tiene memoria, y el desayuno continuó, pero el ambiente era pesado. Guillermo Jiménez Morales pensaba: “Ya se puso peor que una reunión de poblanos.”
Unos hablaban en voz baja y discretamente decían “creí que estaba muerto”, a lo que su vecino respondió: “Yo también, pero creo que el güey de Zedillo no le supo clavar la estaca en el corazón y sigue vivo”. Su compañero le dijo: “Creo que nomás se hizo tarugo y dijo que se había desecho de él”. “Yo creo que el bocón de Patricio enojó a Zedillo y el ex nos mandó un calambre”. “Más ahora que Aznar le da su medalla para celebrar nuestra desgracia”, dijo otro. Otros decían: “A quién quiere asesorar, si ahora estamos todos bien jodidos”. “A lo mejor le ve futuro a alguno que está aquí”. A lo que su vecino, un ex secretario de Estado se limitó a exclamar: “Ay nanita!”
Luego vinieron los discursos, en el estilo tradicional, algunos que envilecen la misma demagogia. También intercambios con la prensa: “No sé quien lo invitó” “yo ni lo conozco” y otros que decían “yo no dije lo que dije”. Luego se dispersan con gran velocidad; a pesar de su condición de vampiros preferían la luz a estar cerca del vampiro inesperado.




