Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Jesús Mendoza Zaragoza

Guerrillas, razones y sinrazones

 Ante la reaparición de grupos del ERPI en la sierra de Guerrero, se han dado diversas posiciones ante el hecho genérico de la guerrilla en nuestra región y en nuestro país. Desde luego, se han manifestado posiciones antagónicas que justifican o descalifican a la guerrilla en este momento de la vida política del país, cuando las condiciones son tan distintas a las de hace tres décadas en que Lucio Cabañas y Genaro Vázquez protagonizaron con fuerte impacto social y político sendos movimientos armados. Llama la atención una posición que descalifica, sin más, esta expresión armada en el desarrollo de la vida pública. En pocas palabras, señalan que están abiertas las puertas para una participación legal, tanto para manifestar inconformidades como para organizar propuestas por las vías legalmente reconocidas. Una opción armada no tiene razones que sustenten su legitimidad.

Creo que el fenómeno de la guerrilla es complejo pues convergen una serie de factores, principalmente económicos, ideológicos y políticos en su constitución. Siempre se sostienen sobre un entramado doctrinal o ideología que determina la estrategia armada como necesaria, por lo cual la formación ideológica es un fundamento ineludible y decisivo para el surgimiento de movimientos de este tipo. Llama la atención que en tiempos en que las ideologías, particularmente en los partidos políticos, se han volatilizado en la organización y en la lucha política, que cada vez se somete más al juego del pragmatismo y se aleja de principios y concepciones doctrinales, haya grupos como el ERPI y otros que se edifican sobre concepciones doctrinales sostenidas contra viento y marea. En grupos disidentes y radicales el factor ideológico es y tiene que ser de extrema necesidad para sostener la “moral” y el proyecto político que se busca. El factor político o las nuevas condiciones políticas no bastan para explicar un movimiento guerrillero que, de ordinario, tiene un “cultivo” ideológico muy fuerte.

Pero hay otro factor que es aún más decisivo: el económico. Desde el gobierno se han oído diversas voces en el sentido de que ya no hay razones para que las guerrillas, incluyendo al EZLN puedan legitimarse en la vida pública. Así lo ven ellos. Pero si fijamos la atención en la situación económica, veremos que desde el mundo de la miseria pareciera que sobran razones para tomar las armas. Sabemos bien que la miseria extrema es el mejor caldo de cultivo de los movimientos armados y que si bien la cabeza ayuda, es desde el estómago donde estallan las inconformidades mayúsculas. El hambre de pan y el hambre de justicia se juntan y generan dolor, rabia e indignación que podemos encontrar en cada rincón de nuestras ciudades y de nuestros campos con sólo abrir los ojos. Es completamente explicable el que haya quienes optan por la guerrilla desde el mundo de la miseria.

Algunas veces he comentado a algunos que si yo hubiera nacido y crecido en el medio indígena con tan estrechos horizontes  y arrinconado por la miseria, la enfermedad y el hambre no habría descartado la opción armada. Para mi fortuna, he vivido con horizontes de mejores posibilidades que me hacen capaz de percibir otras opciones de lucha por la justicia. Yo no creo en la violencia ni en la eficacia política y social ni humana del uso de las armas; creo, más bien, en las vastas posibilidades de las luchas no-violentas que implican una inmensa disciplina espiritual y política, al modo de Mahatma Gandhi y de Marthin Luther King, capaces de generar esperanzas ciertas y de construir el futuro de los pueblos.

La manera apropiada de objetar los movimientos guerrilleros está en el empeño decidido por suprimir el hambre, que calienta la cabeza hasta aceptar ideologías y proyectos que levantan la bandera de la justicia conseguida por el camino de las armas. La desactivación de las guerrillas se dará cuando las toneladas de inconformidad que hay en los pueblos tengan una justa salida al facilitar “casa, vestido y sustento” para todos. Con anatemas y descalificaciones no se avanza, pues sólo se maldice a la oscuridad y no se enciende la luz necesaria para vislumbrar un futuro mejor para todos.

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