Anituy Rebolledo Ayerdi
Cómo han pasado los años (XVI) 1939-2014
A la memoria de Margarita Vielma Chávez, mujer de liderazgo social y amiga muy querida
La Reina del Jet Set en Acapulco
La Reina del Jet Set en Acapulco fue un título que dieron a Sloan Simpson sus muchos amigos en el mundo, agradecidos por sus cálidas atenciones y sus muchos favores cuando visitaban este puerto. Buena parte de ellos poseían residencias y otros intereses que requerían vigilancia y engorrosos trámites oficiales que ella sabía resolver eficazmente.
La dama se desempeñaba entonces como directora de Relaciones Públicas de la empresa aérea Braniff Internacional y atendía su propia boutique en la Costera. Al morir en Dallas, Texas, a los 80 años, en 1996, la hasta entonces olvidada Elizabeth Laurenson Simpson, su nombre de pila, será recordada como una mujer de su tiempo. Mujer de belleza excepcional y talentos sobrados para cumplir las metas propuestas en cada etapa de su vida.
Bella, rica y tejana con estudios rigurosos en colegios privados, incluso conventuales, la señorita Simpson llega a Nueva York para incorporarse a la famosa agencia de modelos de John Powers. Elegantes damas conocidas simplemente como “las chicas de talle largo”. Las revistas del corazón hablarán más tarde del flechazo recibido por el alcalde de Nueva York, William O’Dwyer (1946-1950), al conocer a la modelo. Había sido durante la pasarela un célebre desfile de modas presentado por la directora de modelaje, Eleanor Lambert. Ésta, a quien hoy correspondería un título menos elegante, más prosaico, lleva al Mayor tras bambalinas. Ahí le permite bisniar a las chicas como Dios las trajo al mundo. ¡Oh, my God!, exclamará tres veces aquel jadeante santurrón.
La misma Celestina comentará más tarde que O’Dwyer solo había tenido ojos para una de aquella veintena de esculturales damas. Morena, esbelta, 29 años, chispeante y hermosa. No otra que Sloan Simpson, a la que el político irlandés no le será indiferente. El alcalde era retratado en las crónicas sociales como un hombre “increíblemente guapo y de legendario encanto”, no obstante no cocerse al primer hervor con 59 cumplidos. Y fue así como nació el novelesco romance entre la modelo y el político para solaz de las publicaciones periódicas (hoy radio y TV) cuya misión histórica es hurgar debajo de las sábanas.
El derrumbe
Esa misma prensa se encargará de descubrir que la señorita Simpson no era ninguna “picha miada”, como dicen en San Jerónimo y tampoco la clásica trepadora social. Su madre, Eleanora Laurens Myer, descendía de un firmante de la Constitución estadunidense y su padre, Sloan Simpson, como ella, era un hardvariano que había formado parte de la cabalgata de Teddy Roosevelt. Su abuelo, un acaudalado ganadero, cuyas manadas fueron catalogadas alguna vez como las más numerosas del mundo. Fundador, por lo demás, del First National Bank of Dallas.
Cuando se empiece a hablar de matrimonio en torno a la pareja, las “patys chapoys” de la época sacarán a relucir un matrimonio anterior de la señorita Simpson. Adolescente y fugaz será la disculpa. No suficiente para un católico chapado a la antigua como lo era el novio, con antecedentes de seminarista en España. Y por si ello no bastara, los triunfos políticos de O’Dwyer estaban sustentados en el voto católico de la Gran Manzana. Así las cosas, la novia deberá recurrir a la anulación de su matrimonio eclesiástico, facilitada finalmente por el efectivo celestinaje del poderoso cardenal neoyorkino Francis Spellman.
Con todo, el matrimonio O’Dwyer-Simpson tendrá que esperar a 1949, cuando el novio sea reelecto alcalde de Nueva York. Entonces la felicitación más sui géneris para los novios será la de Clark Gable (el odioso Red Butler de Lo que el viento se llevó), publicada en la primera plana del Daily Mirror. Ya convertida en la segunda primera dama de NY, la bella Sloan iniciará la limpieza general de la residencia oficial conocida como Gracie Mansión.
Abrirá ventanales, desempolvará alfombras y lanzará a la calle muchos trebejos ahí atesoraros La modernidad dejará irreconocible a la elegante y añosa mansión. Y era que la difuntita primera dama, Kitty, había pasado por ella atornillada a una silla de ruedas.
Las fiestas ofrecidas por los O’Dwyer-Simpson en aquella residencia devolverán a la sociedad neoyorkina el orgullo hasta entonces disminuido de ser la más selecta y opulenta de los Estados Unidos. Una gloria efímera para la primera dama texana pues ocho meses más tarde sobrevendrá el derrumbe. A William O’Dwyer le estalla un escándalo por corrupción policiaca que lo obliga a renunciar.
El ex alcalde y la ex primera dama se crecen al castigo. Se despiden de los neoyorquinos recorriendo en un auto descubierto las principales calles de la ciudad. Serán objeto de saludos cariñosos y despedidas lacrimosas aunque no faltarán los insultos y una que otra mentada de madre en español. Ignoraban todos aquellos que el presidente Harry S. Truman ya había nombrado a O’Dwyer embajador estadunidense en México… ¿Exoneración o protección?, se preguntará la gente.
Los embajadores
“En la ciudad de México –dice una crónica de la época–, la pareja se convierte en la más celebrada del mundo diplomático y también la más fotografiada por diarios y revistas. Muy pronto, sin embargo, los embajadores serán pasto de las hablillas maliciosas sobre la armonía sentimental de la pareja. Tenían razón, la pareja truena irremisiblemente pero solo hasta el final de la misión diplomática. Será ella la que demande el divorcio ante tribunales mexicanos, en 1953
La señora Simpson era para entonces una aficionada de hueso colorado a los toros, sin faltar los domingos a su barrera de primera fila de la Plaza México. Decide por tanto, una vez firmado el divorcio, viajar a España, la meca de la fiesta brava. La ex modelo y ex embajadora no podrá pasar inadvertida en aquel mundo de vino y jolgorio y hasta cargará con romances del medio taurino. Ella jurará entonces no volver a casarse a menos que surgiera un pretendiente millonario y con título nobiliario. Mismo pensamiento de la actriz Grace Kelly, su compañera de batallas.
Y será Grace Kelly, precisamente, quien le eche la mano cuando Sloan vuelva de España y decida conquistar Hollywood. Aquella estaba en la cima del mundo como ganadora del Oscar y el Globo de Oro como mejor actriz del año por la película Angustia de un vivir (The country girl, 1954). Como se sabe, se casará dos años más tarde con el príncipe Rainiero de Mónaco, debutando como princesa de verdad, Grace de Mónaco. La modelo tejana, por su parte, se convencerá muy pronto de que el cine no era para ella. Le dirá adiós con apenas dos películas : La Ciudad Desnuda y La garra del vicio.
Sloan, acapulqueña
Sloan Simpson dirige una carta a quien esto escribe, o sea, yo, desempeñándose entonces como director de Actividades Cívicas, Sociales y Culturales del Ayuntamiento. Lo encabezaba el licenciado Febronio Díaz Figueroa, por capricho de su amigo el presidente López Portillo. La directora de Relaciones Públicas de Braniff Internacional pide nuestra intercesión ante al alcalde para lograr una entrevista. Plantearle el pésimo servicio de limpieza que padecen ella y sus vecinos en el fraccionamiento La Condesa.
Sloan y Febronio frente a frente en la neutralidad de una cafetería de la Costera. El viejo marxólogo universitario –“ en vías de convivir con los sucios capitalistas gringos de Acapulco”, decían sus detractores–, explica a la dama los problemas del puerto. Lo hace doctoralmente. Toca el tema de la reunión para detallar el número de trabajadores del departamento de Limpia, los camiones en servicio, los que no tienen llantas y a los que les falta el carburador, incluso el número carretillas y escobas (“las de varas son una maravilla para la tierra suelta”). Su conclusión: “mal que bien ahí la llevamos”.
–Me perdona, señor presidente municipal, pero no comparto su optimismo. Acapulco no está limpio. Y no hablo de barrios y colonias sino del Acapulco que ofrecemos al turismo. Si usted gusta lo podemos comprobar dando unos cuantos pasos por la Costera. Y me ha de perdonar, señor, pero no soy una egoísta, aunque así lo parezca, pero quiero volver al tema de esta entrevista: El nulo servicio de recolección de basura que padecemos en La Condesa, rogándole haga algo por nosotros.
–Como le digo, distinguida y bella señora, la gente cree que los políticos nos la pasamos diciendo discursos y robando al erario público. Usted es una distinguida visitante de Acapulco y por tanto ignora los esfuerzos que hacemos todos los días para atender los problemas de la ciudad y particularmente el de la limpieza.
–¡Me va a perdonar, señor presidente municipal, pero no estoy de visita en Acapulco! Lo hice mi casa hace diez años, es decir, muchos antes de que usted llegara a Guerrero como servidor público. Aquí, señor, está mi casa, mi trabajo y mis amigos. Me duele por todo ello que se hable tan mal de Acapulco por las deficiencias de sus servicios públicos.
–Así es la gente, señora, habla por hablar sin conocer muchas veces la realidad de las cosas.
–Ese no es mi caso, señor Díaz Figueroa. Usted ignora seguramente que fui esposa del alcalde de Nueva York, William O’Dwayer. Que estuve muy cerca de él en la solución de aquellos sí, enormes problemas citadinos. El de la basura fue sin duda acuciante pero nunca lo avasalló. Y es cosa de imaginarse, señor, el número de toneladas de basura generada por la Gran Manzana, comparadas con las producidas hoy por el puerto. Le agradezco su gentileza al aceptar este encuentro y solo me resta rogarle nuevamente que el carretón, como aquí se dice, pase por La Condesa por lo menos una vez a la semana.
–Me dio mucho gusto conocerla, señora Simpson. Espero que estemos inaugurando una serie de encuentros tan aleccionadores como éste.
Algo enojó a don Febronio sobre aquel encuentro que el carretón ya no volvió a pasar por La Condesa.
La fiesta del fuego
Al alcalde Díaz Figueroa le entusiasma el proyecto de una fiesta a beneficio del cuerpo municipal de Bomberos, Se lo presenta una amiga estadunidense que lo acompaña a partir de la toma de posesión. Una fiesta bautizada como La fiesta del Fuego, nunca vivida en Acapulco por el número de luminarias de todo el mundo que reuniría, incluso de la realeza europea. Se incluía entre estas últimas a la princesa Grace de Mónaco, quien personalmente había confirmado su asistencia al beneficio. Los boletos se cotizaban en cinco mil pesos por persona y los dos primeros habían sido adquiridos por Miguelito Alemán. Del producto de la entrada y las rifas durante el festejo –un departamento y un auto último modelo–, se equiparía totalmente a los tragahumo.
Es Sloan Simpson esta vez al teléfono. “Evítame, por favor, el enojo de encontrarme nuevamente con tu jefe (“desde que lo conocí estoy convencida de que el comunismo jamás triunfará si todos los comunistas son como él”). Dile, por favor, que no es verdad, como se está diciendo, que la princesa Grace de Mónaco haya aceptado viajar al puerto. Anoche hablé con ella y me encareció desmentir el engaño que, sin duda, la hará aparecer como una mentirosa. No tiene idea de donde pudo haber salido una versión tan falaz. ¡Haz algo, por favor!
No fue necesario. El alcalde peleó con su amiga gringa y entonces quiso enjaretar la fiesta a la oficina del autor de esta contraportada. Éste prefirió tomar las de Villadiego por más que en México se diga que solo los pendejos renuncian al erario público.
Juan Gabriel
Juan Gabriel fue uno de los vecinos por cuya salud abogaba Sloan Simpson, ante el alcalde Díaz Figueroa. El compositor e intérprete había sido arropado por aquel vecindario en momentos para él desquiciantes. Sloan Simpson y Jackie Petite lo ayudarán a salir de aquel trance doloroso, temerosas de una salida por la puerta falsa. “La muerte de su compañero de vida –el chico más hermoso que jamás conocí–, será cantado más tarde por Juanito como su “más triste recuerdo de Acapulco”, confió entonces la señora Simpson.




