Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE 31

* Héctor Contreras y los tlacololeros

Héctor Contreras Organista (Chilpancingo, 1946) nació como locutor en 1961, con la creación de la XELI, la primera estación radial de Chilpancingo. Héctor tenía 15 años, el alma musical y una voz resonante y agradable que inmediatamente fue aceptada por los radioescuchas capitalinos. Un año después, Héctor participaba –como locutor– en la XEPI, de Tixtla, otra empresa novedosa en el centro de Guerrero.
Apenas tramitó y le extendieron su licencia de locutor profesional –en 1967–, ingresó a Radio Cadena Nacional –en su sede de Oaxaca–, en la que permaneció dos años. Luego se fue como jefe de producción a Radio Moderna, de Tijuana. En el terruño, reinició noticieros y programas musicales en la XELI y empezó a gustarle el periodismo escrito. En 1975 editó Semana, y en 1990 Cosmos. De 1997 datan los primeros números del semanario El Chilpancingueño. En Tlapa fundó Presente! Se me olvidaba que du-rante 25 años, Héctor fue reportero de El Diario de Guerrero, editado en Chilpancingo por Héctor García Cantú, con quien en 1971 se fue a Zihuatanejo a echar a andar lo que terminaría llamándose El Diario de Zihuatanejo.
Contreras, pero muy Or-ganista, anduvo de jefe de prensa en el ayuntamiento y de maestro de ceremonias en la campaña política de Luis Echeverría y José López Portillo. Fue digno dirigente de la Sección 14 del Sindicato de Redactores de la Prensa y en dos ocasiones ha recibido el Premio Estatal de Periodismo (en Nota Informativa).
Entre los libros que Héctor ha publicado están: Alcohólicos Anó-nimos en Chilpancingo (1995), Copias al carbón. El extraño mundo de los teporochos (1995) y El anexo: ¿Recuperación o muerte del alcohólico? (1998). Los tengo junto a la computadora, sin abrirlos, al fin y al cabo ya su título nos habla de su tremendo contenido y –de paso (de 12 pasos, pues)– del servicio social que Héctor Contreras presta donde se necesita y puede. La abstemiedad no lo ha vuelto un padrino indeseable, ni un moralino exacerbado y de buena fuente sé que si está de vena hasta una botella llega a invitarle a sus amigos borrachotes. La anécdota que viene se llama De Cuando Héctor Tenía Mucha Prisa y la contaré como me acuerde:
Ese mediodía Héctor se presentó crudísimo a la XELI. Su programa era de complacencias musicales y duraba una hora: de 12 a 13. A las 12 y cuarto, después de algunas melodías y muchos comerciales, en cabina Héctor anunció que eran las 12 y veinte. A las 12:20 dijo que faltaban dos minutos para la media, y a las 12:30 aseguró que en ese momento faltaba justamente un cuarto para la una de la tarde. A eso de las 12:40, en cuanto advirtió que llegaba el locutor del turno que seguía, dijo que ya era la una de la tarde y se despidió de los radioescuchas olímpicamente.
Es probable que los poemas que Contreras Organista publicó en 1999 bajo el título de Picnic. Excursión a mi soledad, tengan qué ver con otro programa que tenía en la XELI, en el que alternaban canciones y poemas muy románticos.
Antes de imprimir sus poemas ya había revelado su interés periodístico por las expresiones populares de Guerrero: en 1996 publicó Los compositores guerrerenses, que viene resultando de cabecera para quienes se interesen en la música suriana. Entrevistas y semblanzas dan razón de Arroyito, David Adame Nava, Tadeo Arredondo, Juan Bello, José Castañón, Cheque Cisneros, Eliseo Calvo, Raful Crayem, An-tonio I. Delgado, Margarito Damián Vargas, Bolívar Gaona y Arturo Neri, entre muchos otros.
El mismo Héctor es compositor: en 2002, el trío Luna Azul grabó una de sus canciones: Chilpancingueña. Con ese motivo, lo entrevisté para un semanario. Cuando apareció su Chilpan-chingones planeé entrevistarlo de nuevo. Apenas iba a la mitad del libro cuando Héctor ya había publicado Chilpanchingones II, Chilpancingo en diciembre y creo que Chilpanchingones III, y en lo que, abrumado, comprendía que nunca iba a alcanzar a leer al prolífico y versátil periodista, la entrevista se me olvidó. En Chilpanchingones, Contreras habla de algunos lugares de la mitología citadina y presenta retratos de personas que por su oficio, servicio social, talento o peculiaridad han sido protagonistas destacados de la vida de Chilpancingo, con la confianza de que estas entrevistas y reportajes “servirán de referencia histórica a quienes tengan interés por saber un poco más de nuestro pueblo…”.
Entre los chilpanchingones hay de todo: músicos, cantantes y compositores; empresarios y periodistas, curas, charros, escritores, fotógrafos, maestros, pintores, mecánicos y hasta a un astronauta.
En enero pasado, en las instalaciones de la Feria de Navidad, Héctor presentó Yo soy El Tlacololero (fechado en 2011), cuya primera edición data de 2002. Curiosamente, la segunda edición tiene más texto, pero menos páginas que la primera. En ésta había muchas páginas en blanco, y todas numeradas. A la impresión de 2011 los editores le quitaron el agradecimiento (incluyendo la foto) al entonces gobernador René Juárez Cisneros, y en la primera página imprimieron el directorio del Patronato de la Feria que integra el gobernador Ángel Aguirre Rivero y preside Jesús Tejeda, e incluyeron los interesantes comentarios que hicieron periodistas y estudiosos de la danza popular la primera vez que el libro fue presentado.
La Presentación del autor sigue igual, a excepción de algunos párrafos. Coincidencia, quizá, pero enseguida se nota que justamente donde antes se ponderaba “la sensibilidad” hacia la cultura popular de Juárez Cisneros, ahora dice: En el corazón de algunos chilpancingueños…  no sólo arde la gratitud por todo lo que dieron, sino que también arde en la entraña el coraje, la rabia, la impotencia por la indiferencia de quienes cada sexenio gubernamental pudieron haber hecho algo a favor de la cultura de Guerrero…, pero se lo negaron. Agrega la esperanza de que el modesto esfuerzo del presente folleto (doble modestia) sirva para homenajear a sus entrevistados, cuyos nombres andan en el olvido y otros por acá, en el ataúd de la ingratitud de quienes dicen velar por el pueblo pero indudablemente que lo han hecho a espaldas de él.
Por lo demás, Yo soy El Tlacololero está igualito. Empieza con un poema de Héctor:

Mi sombrero es de zoyate,
con ahuejote adornado,
mi danza la hago enfundado
en unos gruesos costales.
Mi máscara de copal
la esculpió Chano González.
Mis chaparreras de cuero
y mis guaraches de tapa
danzan por el firmamento
al son del tamborilero
cuando estalla mi chirrión
y es diciembre en San Mateo.

En esta obra –sintetiza Efraín Vélez Encarnación– Contreras Organista “rescata nombres de personajes que contribuyeron a preservar esta tradición, de lugares y fechas en que se ejecutaba la danza, del modo de vestir de los personajes, de los músicos o piteros más destacados del pasado inmediato y de la actualidad, de las características y materiales con que se elaboran los instrumentos musicales, así como de las dificultades que, a través del tiempo, han enfrentado las tradiciones dancísticas de nuestra ciudad…”.
Así que en su trasiego periodístico por el pueblo de sus amores, Héctor estuvo en las casas de muchos tlacololeros antiguos, cuya memoria fustigó cariñosamente con un profuso pero prudente alud de preguntas. En 2002, la mayoría de los entrevistados eran ancianos, por ahí alguno da una que otra respuesta fuera de contexto, otro asegura que empezó a enfermar por un “mal de ojo” que le echó un pitero envidioso, pero, como todos, cuentan lo que vivieron y lo que saben con datos históricos, chismes familiares y callejeros, alegrías colectivas y misterios gozosos:
¿Es verdad que el tío Güello le ponía cuero de coyote a su tambor, “que era lo que motivaba a danzar de manera más agresiva a los tlacololeros”?
–El tambor del tío Güello existe –responde el tallador de máscaras Chencho Flores. Y es cierto que cuando el tambor lleva cuero de coyote como que los tlacololeros se ponen más alegres, más activos, más briosos. Parece cosa mentira, pero es cosa cierta.
Don Chencho nos ilustra sobre las maderas con que hace las máscaras (prefiere el colorín –zomplantli o pito–, y en su ausencia, el amate, aunque también con el tulipán de la India puede trabajar), el significado del chirrión y los personajes y sones de la danza.
–¿Son doce los personajes que salen en la danza…?
–No –responde don Chencho–, no es la danza completa. La he reducido porque así me ordenó el señor gobernador; querían que fueran económicamente menos elementos de los que deben ser. La mera danza completa son 16, o sea: ocho pares, y el tigre 17.
El gobernador le había pedido que organizara un grupo de tlacololeros, pero los del barrio “no respondieron” y “trataron de que yo ensayara la danza con los policías… La danza de los tlacololeros que salimos en El Pendón son policías”. Por eso parecían “unos señores cargando un chirrioncito en el costal y caminando”, sin tronarlo como debe ser, y sin travesear con la gente para nada.
En 1988, un grupo de promotores de los Tlacololeros encabezados por Salvador López Cuenca se cansó de pedirle patrocinio al gobierno y por su cuenta editó un disco con la música de la danza. Y es que, dice Chava, “ya casi no había piteros”. Sobre piteros famosos, tlacololeros de cepa y tigres fortachones platican Francisco Carbajal, El Charol, Martín Adame y Antonio Rivera Sonora. Mascareros de prosapia fueron los López y los Organista, y don Chano González, quien además resultó el escultor de obras que formaron parte del patrimonio artístico de Chilpancingo y se esfumaron o quedaron a la mitad, como es el caso del Apolonio Castillo de cantera que estaba en la alberca de la UAG, o el Monumento a los Trabajadores (hoy en el SUSPEG). Las Manos, que durante muchos años estuvo en el edificio que ocupa el Museo Regional de Guerrero, siguen pintarrajeadas y cachando en la plazuela Todos por Guerrero.
El pintor Francisco Alarcón Tapia, quien durante más de 30 años pintó la alegoría de la Feria para el cartel promocional de la misma, nos pone al tanto de la creación del Museo de Cultura Popular guerrerense que promovió el gobernador Alejandro Cervantes Delgado y del que se instalaron cinco salas de “artesanía, lacas, joyería, juguetería, danzas y música, comida, trajes y ceremonias…, cinco salas muy hermosas, y en bodega dejamos cinco veces de objetos para cambiar cinco veces las salas… Lo que tiene el Museo de la Máscara en Acapulco no llega ni al cinco por ciento de lo que nosotros creamos”.
Salió Cervantes, José Francisco Ruiz Massieu entró de gobernador y el Museo fue saqueado por su gente: “Yo me encontré después en una tienda de artesanías en el centro de Acapulco máscaras que pasaron por mis manos y que estaban en venta”, afirma Alarcón Tapia.
Así pues, los viejos tlacololeros, y sus herederos, le han ido explicando al Lhector significado, organización, música, sones, pasos, anécdotas, personas, calles, recorridos, casas y todo lo que tiene qué ver con los tlacololeros, la danza madre de Chilpancingo, como la llama Contreras Organista. A través de su plática también advertimos las dificultades que los impulsores de la danza han tenido que afrontar y vencer para que no se pierda la tradición, y como queda claro que ya piteros y bailarines se comen pasos y cobran por bailar y que sin el patrocinio del gobierno no baila el tlacololero, en un instante de confusión podemos creer que ellos son sobrevivientes y el libro un testamento de la tradición, aunque resulte obvio que su intención es remarcar la vitalidad de la danza y enaltecerla como símbolo de identidad regional, y que Contreras Organista es uno de sus escasos, sinceros y nobles promotores.
“Qué bueno que tú sigues en ese terreno –le dice al respecto Pancho Alarcón–, empujando culturalmente, me emociona que no pierdes la oportunidad de escribir notas en tu periódico, hablando de nuestra cultura, de lo que somos y no debe perderse”. Este pozole verde termina dándole las gracias y festejando a Héctor “por todo lo que rescata y crea con auténtico y abstemio fervor chilpancingueño”, como escribí en El Sur, cuando platicamos sobre El Espíritu de la Feria (6 y 7 enero 2007).

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