Noveliza Guadalupe Loaeza en El caballero del Titanic el caso del mexicano Manuel Uruchurtu
Agencia Reforma
Ciudad de México
Por causa del destino o la providencia, el viaje inaugural del Titanic se tornó en fatalidad para el mexicano Manuel Uruchurtu Ramírez.
“Cada pasajero es una novela (…) La condición humana se refleja perfectamente bien en el Titanic: hay villanos y héroes”, dice la escritora Guadalupe Loaeza.
La historia del único mexicano a bordo del trasatlántico hundido hace 100 años es contada en El caballero del Titanic (Aguilar), novela que empieza a circular mañana.
La trama requiere de un héroe, el propio Uruchurtu, de quien sus familiares, aseguran, cedió su lugar en uno de los botes salvavidas a una pasajera de segunda clase, Elizabeth Rammel Nye, a sabiendas de que con esa decisión se precipitaba a una muerte segura.
Cuando prácticamente se habían agotado los botes, el diputado habría logrado subir al número 11. La joven inglesa le dijo que su esposo y su hijo la esperaban en Nueva York. El diputado accedió a darle su sitio tras pedir a la mujer que contara lo ocurrido a su familia en México.
Nye viajó a Xalapa en la segunda mitad de 1915 y se entrevistó con su viuda, Gertrudis Caraza, con el coronel Joaquín Pita como testigo, cuenta en el prólogo Alejandro Gárate Uruchurtu, sobrino-nieto de Uruchurtu.
Asegura además que la escritora Edith Rosenbaum, a bordo del bote 11, fue testigo de la escena y que el Senado estadunidense reconoció el acto heróico en agosto de 1912.
Pero en la carta que Nye escribió a sus padres a bordo del barco Carpathia, que rescató a los sobrevivientes, reproducida en el libro, no menciona a su salvador.
“A pesar de que hubo de mi parte mucha investigación, nunca encontré una prueba escrita, un documento que sostuviera que Elizabeth Rammel Nye hubiera sido salvada por Manuel Uruchurtu”, aclara Loaeza.
Originaria de Folkestone, Inglaterra, Elizabeth se casó en 1904 con Edward Nye, un músico del Ejército de Salvación. Su hija nació en 1906, pero murió a los nueve meses. La pareja intentó rehacer su vida en Canadá en 1907.
Dos años después, el matrimonio fue enviado a Nueva York, donde Edward murió inesperadamente, y en 1911, Elizabeth volvió a Inglaterra con sus padres. Quiso regresar a Estados Unidos para continuar su misión y se embarcó en el Titanic.
Nye aparece en la novela como un fantasma que recorre el barco a un siglo de su hundimiento mientras da rienda suelta a sus recuerdos de la tragedia. Sus soliloquios están inspirados en los monólogos de Carlota en Noticias del imperio, de Fernando del Paso.
El personaje se confiesa atormentado por la mentira que dijo para salvarse.
Loaeza describe a Uruchurtu como un hombre que creía en la imposibilidad de escapar al destino. Uno de los motivos de su viaje a Europa era conseguir el apoyo de Ramón Corral, su padrino político, para lograr un escaño en el Senado. Fue Guillermo Obregón, yerno del ex vicepresidente mexicano con Porfirio Díaz, quien lo convenció de cambiar su boleto en el Espagne por uno en el Titanic.
“Su destino se convierte, con una tragedia de por medio, en fatalidad”, añade Loaeza.
“Mi adorada viejecita” escribe el político a su esposa Gertrudis desde su hotel en París el 26 de marzo: “Debo estar aquí el día 9 de abril, por la noche, para salir el día 10 por la mañana a Cherburgo donde me embarcaré en el Titanic”.
“Embárcome” fue la última comunicación que envió a su hermano Remigio desde el puerto francés, segunda escala del trasatlántico que partió de Southampton, Inglaterra, donde abordó Elizabeth.
El desastre ocurrió la noche del 14 de abril de 1912 cuando el “insumergible” chocó contra un iceberg. Mujeres y niños tenían prioridad para ser evacuados en los botes salvavidas. El 48 por ciento de los sobrevivientes eran hombres, según publicó el Daily Mirror.
“Muchos de ellos pasarían el resto de su vida tratando de explicar por qué sobrevivieron”, dice el personaje de Elizabeth.
El vergonzoso papel de antihéroe lo jugó Bruce J. Ismay, presidente de la compañía White Star Line, propietaria del Titanic, quien se aseguró de salvarse sin importarle que los 20 botes salvavidas fueran insuficientes.
The New York Times publicó en su primera plana: “Probablemente murieron mil 250; Ismay está a salvo”. Al final, de los 2 mil 200 pasajeros, sólo 700 sobrevivieron.




