Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Gil Florente Castellanos

Día de muertos oaxaqueño

 (Primera de tres partes)

Jorge, el niño de nueve años, observa atento la ofrenda, escondido detrás de la puerta de madera de su casa de adobe. Supo que los difuntos vendrán de visita. Hoy –primero de noviembre– llegarán los que murieron siendo niños, y mañana quienes fallecieron siendo adultos. Se esconde para ver cuando lleguen los primeros a comerse los dulces y las frutas que compró este jueves su mamá, doña Julia, en la plaza de Zaachila.

Mientras espera, recuerda las actividades ya realizadas, concernientes a la organización de la fiesta de Todos Santos. Ayer, por la mañana, fue al campo con su hermano Héctor a traer un tercio de flores de San Francisco: flores silvestres, menudas, amarillas que se reproducen abundantemente en otoño en las tierras de labor. Con ellas adornaron el arco de carrizo que Don Rogelio, su papá, confeccionó y colocó frente al altar de donde fueron retirados los santos y las virgenes. Luego ayudó a Irma, su hermana mayor, a poner los racimos de mandarinas, naranjas, jícamas y plátanos alrededor  del arco verdeamarillo, y a colgar angeles y calaveras de azúcar en la cuerda que lo tensa por la parte superior. También auxilió a Olga, su hermana menor, a llevar la canasta de pan que sus padres compraron en Oaxaca, mismos que acomodaron ordenadamente en el altar, recargándolos sobre la pared del fondo, primero los grandes y en frente de éstos los de menor tamaño.

Ahora que observa con calma la ofrenda se detiene en los detalles: todos los panes tienen caritas hechas con pasta de color blanco y están adornados con flores de varios colores y tallos verdes del mismo material. Los panes grandes son del tamaño de una charola y representan a sus tíos; los pequeños simbolizan a sus primos; y el más chico de los panes rememora a su hermanita que murió a los tres meses de nacida. Hay tantos panes como muertos en la familia.

Son las once… ¿vendrán todos a la fiesta?

Cuando mira los candeleros adquiridos en la plaza de Zimatlán, escucha que alguien entra. Acerca el ojo izquierdo al borde de la puerta de madera para ver de quién se trata. Es una niña que avanza sigilosa. No rebasa el metro de estatura, viste de negro y lleva trenzado el cabello. ¡La reconoce! es su hermana Zoila de tres años de edad, que al llegar a la ofrenda sustrae frutas y dulces y los echa a su chal.

El niño sale de su escondite, la encara, pidiéndole regrese lo que lleva escondido, y la amenaza con llamar a la muerta si no lo hace. Que venga, no le tengo miedo, bailo con ella –responde la niña y sale corriendo.

El pequeño fisgón vuelve al escondite a seguir esperando. A  las ocho de la noche lo abandona, sin satisfacer su deseo de presenciar el banquete de los comensales del más allá. Es hora de ir a la procesión.

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