Tomás Tenorio Galindo
OTRO PAÍS
*Desastre económico priísta, López Obrador en 2018
La parálisis económica y la inseguridad pública, los dos grandes problemas del país, amenazan con desmoronar las expectativas en las que el PRI montó su regreso al poder. El dato de que la economía creció apenas 0.64 por ciento en el primer trimestre de 2014 respecto al mismo periodo de 2013, hecho público el viernes por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía obligó al gobierno de Enrique Peña Nieto a reducir ese mismo día el pronóstico del crecimiento del Producto Interno Bruto para el año, de 3.9 a 2.7 por ciento.
Para que los profanos entendamos el significado de esas caídas, basta con comprender que a menor crecimiento económico hay menos empleo y, por consecuencia, menos dinero en los bolsillos familiares y más problemas para todos. Exactamente lo contrario de lo que prometió Peña Nieto y se esperaba de su gobierno. Los primeros en hacer escuchar su desencanto son los empresarios, que frente a tal perspectiva claman al gobierno hacer correr más aprisa el gasto público en los sectores de infraestructura de energía, vivienda, agua y salud, para contener la contracción económica. Y los segundos son los centros financieros internacionales, cuya reacción tiene para los gobiernos agachones un valor incalculable aun por encima de las opiniones nacionales. “El crecimiento de México está siendo decepcionante”, dijo el viernes una alta ejecutiva de la firma JP Morgan. (Reforma, 24 de mayo de 2014).
En el exterior ya empezó a ser visible la falacia del “momento mexicano”, que como un rumor que no requería comprobación empezó a propagarse con la llegada de Peña Nieto al poder. Y en el interior empieza a ser claro que si el gobierno de Peña Nieto “mueve a México” como dice la cantinela propagandística oficial, lo hace hacia el despeñadero. Hasta ahora el crecimiento económico en el año y medio del gobierno de Peña Nieto ha sido de 1.2 por ciento anual, y se prevé que cierre los dos primeros años en 1.9 por ciento. Esas cifras se hallan por debajo del promedio de 2.2 por ciento anual de los últimos 30 años, y son inferiores incluso a las raquíticas tasas de 2.9 por ciento registradas en la presidencia del panista Felipe Calderón. Es decir, racionalmente es imposible albergar esperanzas sobre una mejoría económica en los próximos cuatro años. (La Jornada, 24 de mayo de 2014).
Para Peña Nieto y para el PRI, son datos catastróficos que echan a perder su proyecto de permanecer indefinidamente en el poder. Porque según una interesante teoría expuesta por Jorge G. Castañeda, de continuar el estancamiento económico se abre la posibilidad de que Andrés Manuel López Obrador gane la elección presidencial de 2018.
Según el politólogo, “si el crecimiento económico sólo reproduce el mediocre promedio del último cuarto de siglo”, habrá problemas y entonces quedará de manifiesto que la sociedad “le habrá dado democráticamente una oportunidad al PRI tecnocrático con Zedillo, a dos gobiernos del PAN con Fox y Calderón y al PRI político con Peña Nieto, logrando todos ellos un desempeño económico apenas aceptable”, pero “al acumularse los rezagos, los resentimientos, las decepciones y los abusos de los cuatro sexenios mencionados sería extraño que esa sociedad no se preguntara si ha llegado el momento de darle un chance al que falta: la izquierda”.
Pero para el canciller en tiempos de Fox, la posibilidad de que la izquierda gane la Presidencia no es un síntoma saludable de la democracia mexicana, pues “no es cualquier izquierda la que podría ganar en 2018”.
“Yo le deseo una larga vida saludable a Andrés Manuel López Obrador, pero no deseo que sea candidato en 2018. No obstante, tengo la absoluta certeza de que, si su salud se lo permite, será nuevamente candidato, por tercera vez”, escribió Castañeda. Es más, prevé que podría incluso ser el único candidato de la izquierda, lo que supondría la declinación del PRD para aliarse con Morena, lo mismo que el PT y Movimiento Ciudadano, pues “como el chantaje de AMLO no tiene límite, o él es el único candidato o hay dos”. Y he aquí su conclusión: “Y si no hay más que cinco años de magra expansión económica, podrá ganar la elección. Me temo que esto es lo que puede suceder, y que al país no le va a ir mejor, sino probablemente peor que con los cuatro sexenios ya transcurridos para entonces”.
En ese último párrafo se halla lo que parece ser el mayor interés del artículo de Castañeda, publicado en El Sur y en Reforma el jueves pasado: desacreditar por anticipado la candidatura de López Obrador (nada más cuatro años antes) y empezar a arrojarle lodo. Es por ello que aun cuando reconozca y critique el saldo funesto de los sexenios anteriores y la “magra expansión económica” de Peña Nieto, el autor sea capaz de adivinar que con López Obrador en la Presidencia al país le irá “probablemente peor”. Esa es la base argumental que en el 2006 usaron Calderón y Fox para acusar a López Obrador de ser “un peligro para México”. Con esa falsa premisa se puede justificar cualquier desastre del pasado y del presente, pues basta con agitar el petate del muerto de que con López Obrador sería peor. Así López Obrador aparece como culpable hasta de lo que no ha hecho.
Pero excepto por esa caprichosa conclusión, parece verosímil el mecanismo que según la descripción de Castañeda podría desencadenarse en el sexenio de Peña Nieto para terminar entregando el poder a la izquierda encabezada por López Obrador. Pero desde luego, ni el PRI hará una entrega graciosa, ni el PAN se quedará como mero observador. No sería extraño por ello que la alianza que ambos partidos han desplegado para aprobar las reformas de Peña Nieto tenga una prolongación electoral en el 2018. Los une las malas cuentas rendidas por sus gobiernos al país, y el temor incontrolable de que la realidad le dé finalmente la razón a López Obrador.




