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Moisés Alcaraz Jiménez

El nuevo mapa político

 Los resultados de los comicios del domingo pasado constituyeron un verdadero terremoto político que cimbró todas las estructuras del gobierno y del PRI y vino a modificar sustancialmente la geografía electoral guerrerense. El avance perredista rebasó todas las expectativas creadas. Los escenarios más ambiciosos, incluso aquellos formulados por el propio sol azteca, se quedaron muy cortos al rebasarse todos los pronósticos que se habían hecho sobre posibles triunfos de este partido.

Con el nuevo mapa político se modifica también a fondo no sólo la correlación de fuerzas entre partidos políticos, sino, además, la que existe entre los grupos en el poder, que ahora tendrán que entrar a una etapa de reacomodos y definición de nuevas posiciones para enfrentar un clima electoral que se aprecia sumamente adverso para el grupo gobernante con miras a las elecciones del 2005.

La clase política priísta está ahora en franca desventaja ante sus adversarios. El PRD gobernará alrededor del 60 por ciento de la población guerrerense, lo cual lo ubica en una posición privilegiada para disputar con grandes posibilidades de éxito las elecciones de gobernador dentro de tres años si las preferencias electorales en ese tiempo no sufren mayores modificaciones y si el PRI y el actual gobierno no aprenden de esta derrota y establecen desde ahora las estrategias convenientes para revertir la actual tendencia.

La mayor adversidad del PRI, que también es el golpe más severo recibido a lo largo de su historia en Guerrero, es la pérdida de la mayoría absoluta en el Congreso local, donde el tricolor pasará ahora a ser la primera minoría ante una oposición que en conjunto tendrá la mayoría en ese órgano legislativo.

A partir del 15 de noviembre tendremos en Guerrero un gobierno dividido, como muchos otros que existen en el país, donde el poder ejecutivo está en manos de un partido y el legislativo es controlado por la oposición. La repercusión política de este profundo cambio en el Congreso será de grandes proporciones y sus alcances aún están por verse, pero desde ahora se observa que el impacto en varios aspectos de la vida política, social y de manejo de recursos públicos será mayúsculo.  Todo ello a reserva de que los nuevos legisladores de oposición asuman su papel y en verdad transformen el Congreso en un verdadero poder autónomo e independiente del ejecutivo.

Por otro lado, el gran semillero de votos verdes que para el PRI en Guerrero representaban las zonas rurales e indígenas de mayor atraso social, empieza a perderse también y la oposición avanza en estos sectores, como lo hizo el PRD el domingo en Tlapa y Chilapa, otrora bastiones del sufragio institucional. La derecha representada por el PAN también avanzó en zonas rurales, cosa paradójica, como Cuajinicuilapa, Igualapa, Leonardo Bravo, San Marcos y Zapotitlan Tablas. Cuando se pensaba que el PRI estaba destinado a ser eminentemente un partido rural, también en ese sector empieza a ser rápidamente derrotado.

Existe otro dato que debe alertar a los estrategas tricolores: de haberse concretado la alianza PRD-PAN que el gran aliado del salinismo-zedillismo, Diego Fernández de Cevallos, echó abajo, el PRI hubiera perdido también los municipios de Taxco, Olinalá, Atoyac, Buenavista de Cuéllar, Coyuca de Catalán, Cuautepec, Heliodoro Castillo, Juan R. Escudero, Pilcaya y Tecpan, además de los distritos 1 de Chilpancingo, 4 de Tecpan, 6 de Ometepec, 7 de Coyuca de Catalán, 8 de Teloloapan, 14 de Ayutla y 19 de Taxco, lo cual hubiera significado una verdadera catástrofe para el PRI.  Dicha alianza no debe descartarse para el 2005.  Florencio Salazar Adame seguramente volverá a insistir en ella en su momento.

El impacto político de los resultados electorales en la población ha sido de gran magnitud. El riesgo para el gobierno de René Juárez Cisneros es que ese impacto afecte la legitimidad que todo gobierno debe tener, con mayor razón si son momentos en que la opinión pública percibe que el respaldo popular se ha trasladado hacia otros ámbitos del ahora amplio espectro político.  Los resultados electorales adversos para cualquier gobierno siempre significan fuertes cuestionamientos a la forma en que se ha ejercido el poder.

Son tiempos, entonces, de evitar mayores desgastes a la confianza y credibilidad ciudadana. Deben ser momentos de reflexión, de realismo y análisis objetivos de las causas de la derrota y de retroalimentar el sistema de gobierno para corregir fallas, errores u omisiones y evitar el caos.

Las causas del fracaso del PRI todo mundo las conoce y resulta ocioso repetirlas.  Sólo tómese en cuenta que el tricolor vuelve una y otra vez a cometer los mismos errores y a caer en los mismos vicios, en lo interno: imposición de candidatos, estructuras caducas e inservibles, cacicazgos, liderazgos atrofiados, dirigencias incapaces, pérdida de identidad política e ideológica, incapacidad para adaptarse al cambio, pésimos gobernantes. En lo externo: sociedad en transición, pluralidad política y diversidad ideológica de los órganos electorales.

No es momento de señalar culpables. PRI y gobierno tendrán desde hoy mismo que establecer una buena estrategia para su recuperación; de lo contrario, en los próximos tres años el poder se les desmoronará en las manos.

No hay tiempo para reformas profundas que debieron hacerse desde el inicio del sexenio.  Por lo demás, la sociedad no pide mucho, sólo exige capacidad para gobernar y honradez para administrar, transparencia en la rendición de cuentas, que es precisamente lo que más les ha faltado a muchos gobiernos priístas y es la causa principal de esta gran derrota.

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