Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Federico Vite

Apuntes con mar de fondo
(Segunda de dos partes)

II.- También soy escritura

He leído infinidad de veces que no se puede escribir poesía (entendida no como género, sino como reflejo directo de la belleza) después de Auschwitz. Ya lo había dicho Adorno, lo repitió Sicilia, lo siguen pensando mis tías y las madres de mis amigos que han perdido a sus hijos, mis primos; lo sabe la gente que ha perdido alguien en este simulacro de guerra (porque en una guerra se tiene claro contra quién luchas. En este país, cualquiera puede ser el enemigo del Estado mexicano). No todos somos delincuentes, claro está, pero igual mueren algunos por estar en el fuego cruzado. Tampoco deberían haber muerto periodistas, tampoco. Si se escribe desde este duelo, el paisaje sostenido por mis ojos caerá en el llanto. ¿Cómo reescribo la muerte? Quizá sólo aceptándola a la manera de un correlato que culmina en el blackout de la película que protagonizamos. Sabemos que vivir cansa y sentir duele, por eso queda un silencio asombroso después del luto. Se piensa en los ya idos y se les otorga vida al recrearlos tocando nuestro mundo. ¿Y si desde ahí replanteo la reescritura, encontraré calma en ello? Reescribo la existencia de algunos afectos y en su historia descubro que en varios momentos esas personas me cambiaron la vida para bien (dieron pequeñas lecciones de gratitud, de fe, de esperanza, de humanidad pues, la esencia de esta vaina llamada literatura), ahí sólo recapitulo que la belleza de un instante irrepetible es un destello que me anima. A pesar del duelo, sólo tengo la gracia de la humanidad, el deseo de escribirle a la vida y sus acechanzas de inminente ruptura. Creo que Paz dijo mejor esto que urden mis neuronas del habla y lo cito: “Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba:/las estrellas escriben./ Sin entender comprendo:/ también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea”. Se trata de la gramática del corazón lo que planteo: recordar insistentemente que la memoria es la materia del canto y si desde los ejes nemotécnicos de lo bueno inicio un libro, una reescritura de mi aldea, sé que al final he ganado un poquito a la muerte. Deletreo a quienes se fueron para recordar la incidencia de la poesía que otros vertieron en mi vida. Recuerdo lo que me arranca de este presente para modificar la ruta de los días. No puedo guardar silencio. Sé que escribir con la atrocidad encima es posible siempre y cuando guiñemos un ojo a esa damisela que Rimbaud sentó en sus piernas y la injurió. Es buena chica; llega cuando nadie la espera.

III.- Esto es lo que hay

Denostar a todos aquellos que escriben sobre narcotráfico, sobre asesinos en serie, sobre homicidios mórbidos y decadentes en esta república, me parece un juicio irresponsable. Este país ha devenido en una postal del horror intenso. Hay una sintaxis nueva para definir los fenómenos sociales (cárteles, políticos —alianzas de izquierda con derecha y viceversa—, incluso para hablar de las noticias que ofrece el día). México tiene una nueva forma de lidiar con su presente; los escritores que procuran el género negro, policiaco y la intriga política intentan un diálogo con esa nueva forma de habitar el país: zozobra y buena suerte (para no ser secuestrado, para no morir por bala perdida, para no ser víctima del secuestro y la extorsión). Buscan pues cómo seguir el ritmo de la realidad. Estoy seguro que un mercado editorial como el nuestro publica libros sobre estos temas (llamados de moda por algunos críticos literarios) por una razón: hay una necesidad de hablar sobre la justicia, de ponerle un rostro nuevo, nombres y apellido al juez imparcial, al que pondrá en orden esta república de Beto el recluta. El único diálogo que se genera con estos volúmenes de esencia virulenta es entre el lector y el autor; esa vía, entiendo, tendrá que agotarse, pero no veamos en un libro la explicación de una espiral ascendente de violencia. Notemos que se intenta hablar un lenguaje distinto, creado por decenas de contingencias sociales, se intenta enunciar con esa nueva sintaxis que se impuso en México cuando la atrocidad nos abordó. La trama de este país resulta una verdadera obra maestra del género policiaco: alguien debe ordenar el caos de este relato nacional. Insisto, se habla de narcos porque intentamos explicarnos cómo llegaron, cómo filtraron hasta la tranquilidad de la casa y para qué los dejamos pasar.
El compositor Aniceto Molina y la Luz Roja de San Marcos tienen una frase para ser optimista en cuanto a la literatura nacional se refiere: “Si de veras me quieres, debes tenerme fe”. Y para animar a México, pienso en un apapacho musical de Liliana Felipe: “Todo pasa, todo pasa, hasta la ciruela pasa”. En resumen, reescribo México desde la otredad que se parece mucho a mi existencia.

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