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Gil Florente Castellanos

Presea para Othón

 Esta vez deseo comentar algunos hechos significativos de la vida y obra del maestro Othón Salazar Ramírez. Me referiré a lo específico, pues la descripción detallada requeriría varias cuartillas. La síntesis no es mala cuando el propósito es dar a conocer la semblanza de un hombre importante. La usaré en el caso de Othón.

Cuando estudiante, Othón abandonó el seminario y se hizo normalista, primero en Ayotzinapa, después en la Normal Nacional de México. En esta faceta, la oratoria dio sentido a su vida. La practicó en el aula, en el dormitorio, en el campo, en el parque, en cualquier lugar solitario donde los decibeles de su voz no tuvieran interferencias. Luego la usó en el auditorio, en el mitin, en la Cámara, en los congresos, en diversos actos públicos para decir su verdad y la sigue usando al compartir su experiencia con las multitudes. Othón es uno de los grandes oradores que he escuchado.

Cuando maestro desarrolló su labor en la escuela, luego en el sindicato. En el primer espacio enseñó a los militantes a construir conocimientos; en el segundo, enseñó a los militantes a construir la democracia. El ejemplo y la constancia son los atributos que tornan productiva su práctica. La toma de la SEP en 1956 y la fundación del MRM en 1957 son dos botones de muestra de lo que estoy diciendo. En la asignatura sindical sigue siendo el maestro.

Como político se enroló en la causa de la izquierda. Fue militante activo del PCM, PSUM, PMS y PRD hasta hace cuatro años. En el ejercicio de esta actividad llevó la democracia a La Montaña guerrerense, pintándola de rojo. Ahí se convirtió en presidente municipal y dirigió durante tres años el ayuntamiento de Alcozauca, su tierra natal. Por su popularidad y su capacidad de tribuna fue dos veces diputado federal. En este ámbito, unió su esfuerzo al de muchos luchadores sociales comprometidos para debilitar el muro de la imposición que durante siete décadas impidió el avance de la democracia y el asentamiento de la justicia. Fue uno de los artesanos que construyeron la plataforma política de la izquierda, donde hoy se paran altivos sus críticos advenedizos que intentan denostar su obra. No lo conseguirán: la obra del maestro Othón trasciende el interregno del partidismo izquierdizante y se coloca en la dimensión de los líderes políticos de cepa, al lado de Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo y otros incorruptibles. En el universo de los políticos de izquierda, su nombre es historia.

Como preso político conoció, en 1958, la represión física y psicológica que aplicó el régimen contra los disidentes. Dice el maestro que aquella no se compara con ésta. El dolor de los golpes es temporal, el miedo que produce el martilleo de una pistola colocada en la sien, perdura. Afortunadamente el movimiento magisterial, que entonces era fuerte, lo rescató de la cárcel ese mismo año, pero no fue tan poderoso para evitar el cese y la consecuente penuria de su vida. Cuarenta y cuatro años han pasado y aún padece el castigo.

Como ser humano es un hombre sencillo, nada ambicioso en cuestiones materiales; mucho, en la consecución de sus ideales. Cuando tuvo salario como maestro de grupo, dieta como diputado, sueldo como presidente, empleó la mayor parte para pagar los volantes, el boletín, la revista del MRM, los desplegados, los desplazamientos a diversos lugares para dictar la conferencia, el hospedaje y la alimentación en estancias distintas a lo largo del país a fin de organizar a los maestros. Hoy, que no tiene percepción salarial, por cuyo mejoramiento luchó como dirigente sindical y sobrevive con las escasas aportaciones que de vez en cuando le dan sus amigos, sigue empleando parte de su mísero capital para dar a conocer sus ideas en relación con la refundación del MRM, su obra maestra. Othón es así, se ha propuesto refundar el movimiento magisterial para combatir el gordillismo, como en su tiempo combatió el roblesmartinismo y al joguitudismo en su afán por democratizar el SNTE y convertirlo en un verdadero instrumento de lucha sindical. En ello trabaja.

Al maestro Othón Salazar le sobran méritos para hacerse acreedor de la presea Sentimientos de la Nación, que el 13 de septiembre le otorgará el Congreso del Estado, reconociendo su obra. Se la ha ganado. Pero, ¿no sería mejor que el Estado le restituyera su plaza? Así uniría al maestro con su profesión. Estoy seguro que Othón luciría con satisfacción una presea de esa naturaleza. El docente humanista lo merece. Mientras tanto, yo le expreso mi admiración.

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