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Tlachinollan

El ocaso de la política y de los políticos

Con el inicio de las campañas presidenciales, los ciudadanos y ciudadanas esperábamos encontrar una fuerza vigorosa y refrescante en los planteamientos de los candidatos y candidata a la Presidencia de la República. No hay ninguna novedad, no sólo por sus discursos, ocurrencias y desplantes sino por los intereses que defienden y los personajes truculentos que están detrás de todo este tinglado electorero. Lo que abunda son las descalificaciones recíprocas, los cuestionamientos a los dichos y compromisos que emite cada candidato o candidata. Alientan la desconfianza en el candidato o candidata de enfrente. Se trata de crear un ambiente que busque desacreditar la trayectoria y la imagen de los demás contendientes. Se trabaja para generar desconfianza, descreimiento, rumores, dudas y miedo. La verdad este tipo de estrategias encuentra un terreno fértil ante una sociedad hastiada e indefensa.
¿Quién puede confiar ahora en las promesas y compromisos de un político cuando ya ha ocupado cargos y no ha entregado resultados tangibles que se traduzcan en beneficio para la población más depauperada? ¿Qué político se siente capaz de presentarse sin maquillajes y sin protección en espacios donde la gente lucha por su sobrevivencia? ¿En dónde radica el prestigio, la fuerza y la legitimidad de quienes se suben a los estrados de las plazas públicas para anunciar el porvenir con un discurso vacuo y una sonrisa de maniquí?
Todo parece indicar que las campañas fueron pensadas no sólo para despilfarrar el dinero que le hace falta al pueblo y pagar anuncios espectaculares ofensivos de candidatos y candidatas que no tienen el respaldo de la sociedad, sino también para reforzar prácticas denigrantes que se han incrustado dentro de este modelo de democracia representativa. A los partidos políticos se les asignan recursos económicos para tapizar de fotos y mensajes engañosos e irreverentes las calles de pueblos y ciudades. Cualquier ocurrencia, improvisación fatua o pose frívola se transforma en la noticia del día. Los ciudadanos y ciudadanas nos vemos obligados a toparnos diariamente con la venalidad de sus mensajes, pues todos los medios de comunicación por ley y por negocio tienen que otorgar los mejores espacios para difundir las campañas electorales.
Los problemas álgidos que enfrenta nuestra sociedad quedan en la opacidad, se desdibujan y todo se tiene que leer desde el código electorero. Qué bueno fuera que estas campañas sirvieran para darle voz a los silenciados, a los criminalizados y a los desposeídos. Que en verdad por la voz de los candidatos y los partidos se escucharan las voces de quienes sufren y padecen la violencia diaria, de los millones que no tienen trabajo, de los miles de jóvenes que no tienen oportunidad para estudiar, de la mayoría de mujeres que enfrentan la discriminación, el abuso y la violencia institucionalizada que les impide ser actoras políticas de primera línea. Los indígenas nunca escucharán que un candidato o candidata les dedique tiempo para entender desde sus propios códigos culturales y lingüísticos su lucha secular contra las políticas etnocidas. Sus lenguas siguen estando vetadas en los espacios públicos y en los mismos medios de comunicación masiva sigue prevaleciendo el etnocentrismo y esa idea soterrada de la superioridad racial. Los campesinos y campesinas en estas campañas nunca son tratados como personas que poseen conocimientos milenarios y que son herederos de la gran civilización del maíz, por el contrario los partidos los tratan como la clientela más dócil para el acarreo y lucimiento de sus candidatos. Para los estudiantes las campañas son puro choro mareador y los candidatos una bola de farsantes, por ello son estigmatizados y hasta asesinados por su rebeldía, su incredulidad y su autenticidad.
Contrario a lo que sucede con estos sectores de la sociedad vemos cómo algunos candidatos armonizan su voz con los caciques, los empresarios y las cúpulas del poder político cuando hablan de la privatización de Pemex, de la calidad educativa y el endurecimiento de las penas. A una voz impulsan la actividad minera depredadora, el despojo de las tierras comunales y ejidales, las leyes a modo para el negocio de los grandes monopolios de la Televisión. Hay concordancia de que los militares tienen que continuar en su lucha contra el narcotráfico suplantando a las corporaciones policiacas en las tareas de seguridad pública. Comparten la idea de que la economía campesina es obsoleta y por lo mismo necesita modernizarse, lo que conlleva la eliminación de subsidios al campo y el impulso de la importación de granos básicos. Es un imperativo el fomento de la especulación financiera, la reducción de derechos y de conquistas laborales, la apertura comercial indiscriminada para el asentamiento de las empresas transnacionales.
Recientemente las bancadas del PAN, PRI, PRD y PVEM hicieron coro en la cámara de diputados para aprobar un dictamen de la comisión de hacienda que autoriza el aumento de la cuota de México al Fondo Monetario Internacional (FMI) que ascenderá a 14mil millones de dólares. Esta decisión es criminal porque en lugar de que los partidos políticos se comprometan con el pueblo pobre de México, atendiendo de fondo el desastre socio-económico que impera en nuestro país a causa de las políticas fallidas que por más de tres décadas ha impuesto el FMI junto con el Banco Mundial.
Por estas decisiones aberrantes que impulsan los partidos políticos, la sociedad ya no puede seguir vendiendo su alma a los demonios de la política que son traicioneros, embusteros y zalameros. Sabe que los políticos son como los lobos que se visten con piel de oveja, por eso actúan a la defensiva porque saben que los que gobiernan están acostumbrados a dar zarpazos sin importar que surquen más las heridas del pueblo y acaben con sus esperanzas para alcanzar la justicia.
En lugar de que prevalezca el orden, el respeto a las leyes, el funcionamiento adecuado de las instituciones y la atención diligente y comprometida a las demandas de la sociedad, en este periodo electoral predomina el caos por las malas actuaciones de los políticos y los gobernantes, por el manejo facciosos de los institutos políticos, por el manoseo y la manipulación de las candidaturas y por la perversidad de los principales dirigentes, que se sienten que están por encima de todos y de todo. Los reclamos y las protestas están a la orden del día, los mismos políticos se han encargado de socavar su autoridad y de deteriorar su imagen. Eso parece no importarles porque el poder es la adicción más grande que puede envilecer a cualquier ser humano enfermo de codicia. Cuando se entra a este umbral se pierde la noción de la legalidad, el respeto a los derechos del otro o de la otra, ya no tiene sentido el valor de la transparencia ni la honorabilidad de la palabra empeñada o los acuerdos previamente consensados. Se entra a la esfera de la irracionalidad, de la desmesura, de la desfachatez y del cinismo. Ya no hay moral ni ley que sea respetada, impera la lógica de las mafias, las vendettas y los ajustes de cuentas.
A un año de gobierno, en el estado la situación social y política está desbordada, porque no hay un rumbo claro que nos lleve a un lugar de remanso y a puerto seguro. Todo es rebatinga, agandalle, manotazos, madruguetes, deslealtades y traiciones. ¿Dónde está el orden? ¿Por qué no hay seguridad a pesar de la Operación Guerrero Seguro? ¿En qué consiste el programa Guerrero Cumple, cuando se ahonda crudamente la pobreza? ¿Por qué tanta indolencia e inacción ante el alto índice de muertes maternas? ¿Cómo contener la deserción escolar y abatir el analfabetismo de fondo más allá de los Guerreros por la alfabetización? ¿Para qué una Secretaría del Migrante cuando ni siquiera tiene mecanismos para brindar atención a los migrantes internacionales y los jornaleros agrícolas? ¿Por qué los conflictos agrarios sólo se atienden cuando los pueblos se enfrentan utilizando acciones de fuerza? ¿Por qué el Ejecutivo estatal no ha querido firmar los Acuerdos de Cacahuatepec? ¿Hasta cuándo sabremos del paradero de Eva Alarcón y Marcial Bautista, cuando existen indicios de que elementos policiacos y militares tuvieron que ver por acción u omisión en su desaparición forzada? ¿Cuál es la responsabilidad que asume el ejecutivo estatal ante los asesinatos de Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús estudiantes de la Normal de Ayotzinapa cuando fueron abatidos por fuerzas policiales del estado? ¿Por qué continúa la persecución y encarcelamiento contra defensores del pueblo nasavi y me’phaa de Ayutla? ¿A qué responde el empecinamiento de este gobierno para impulsar la entrada de mineras en los territorios indígenas de La Montaña y Costa Chica? ¿Qué compromisos existen con el gobierno federal para continuar alineado con las políticas privatizadoras expresadas en la Alianza por la Calidad Educativa? ¿Por qué tanta permisividad con la Comisión Federal de Electricidad que sigue esquilmando la precaria economía de los indígenas y campesinos, sin que hasta la fecha se resuelva el pago de las altas tarifas eléctricas?
El escrutinio de los pueblos sobre este primer año de gobierno, no pasa por los filtros de los discursos mediatizadores de la clase política, ni pierde su tiempo en discurrir sobre lo que supuestamente hay de logros. Los juicios del pueblo son implacables, sin concesión alguna, salen desde lo más profundo de su ser, desde lo que les impide vivir dignamente, desde el dolor que representa ser pisoteados en su dignidad. Desde lo más hondo de la Montaña, más que escuchar la voz de los olvidados vemos una realidad que lacera, que nos carcome el alma por tanta tragedia y tanta humillación. ¿A caso los candidatos y candidatas que sueñan con ocupar un cargo de representación popular están hechos del roble con que crecen y luchan los hombres y mujeres dignos de la Montaña y Costa Chica para poder ostentarse como verdaderos representantes de este pueblo sufriente?

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