Jaime Castrejón Diez
El tema de la bioética
Con motivo de las polémicas sobre la clonación, el aborto y distintas posiciones ecologistas ha habido opciones que, invocando la bioética, tratan de frenar a toda costa la investigación científica. Como el antiintelectualismo de los cincuentas, pareciera que este siglo genera un anticientificismo muy militante, pero a la vez poco informado.
Esta posición que se toma desde el poder , tanto político, religioso como económico se extiende a temas que en estos momentos son vitales para el desarrollo científico y usan argumentos moralistas para frenar a la ciencia. Los que esgrimen argumentos más que bioéticos, los deberíamos llamar moralina moderna, pues dan la impresión de ignorar el debate bioético y la misma disciplina. Se tiene que entender que los avances científicos modifican en todos sus aspectos a la sociedad contemporánea. Por ello es absurdo que esos avances se quieran juzgar por planteamientos éticos del siglo XIX.
Estas circunstancias son las clásicas del espectador y el naturalista pragmático. Este último es el que está inmerso en su investigación y busca respuestas a sus inquietudes sobre fenómenos naturales, el primero trata de aplicar su marco moral a los acontecimientos científicos que a veces no entiende.
Estas dos posiciones nos dan, naturalmente, opiniones porque una es una crítica de la otra. La primera posición es lo que se considera cartesiana que es la teoría del conocimiento del espectador, que analiza y juzga los eventos como si él mismo no fuera sujeto a los efectos del fenómeno que estudia. A esta posición se opone con pasión el naturalista pragmático que en primer lugar considera que él mismo está inmerso en el sistema que estudia y por eso mismo se diferencia del espectador. Esta posición es más flexible y menos dogmática porque considera que él mismo es parte del fenómeno, por eso es menos abierto a posiciones absolutas o a reglas rígidas. El choque entre estas dos posiciones se da a querer o no, especialmente cuando una de ellas tiene el poder.
Los cambios que se dan en el mundo y los hallazgos de la ciencia que son origen de futuras transformaciones enfrentan de manera directa a estos dos puntos de vista, porque hay leyes superiores (generalmente religiosas) que no puedan ser cambiadas, irónicamente, por el cambio. En este sentido resisten al verdadero cambio que se está dando, quieran o no.
La bioética es el campo ideal para llevar a cabo estas polémicas y lógicamente el naturalista está a favor del cambio porque considera que la bioética es una actitud social y que la sociedad cambia conforme cambia el mundo que la rodea. Aquí es donde debemos dar cuenta que el observador está inmerso en el cambio y él mismo está cambiando. Esto explica claramente que está dentro de un sistema relativo; lo que no es sino una aplicación de las ideas de Einstein al mundo biológico y al ámbito de la ética. Es por eso que la actitud del naturalista es la de un relativismo moral que contrasta con la actitud del espectador que no quiere ni oír de este relativismo y no quiere abandonar lo que para él son leyes universales inalterables. Creo que esto explica las posiciones encontradas entre estos dos puntos de vista. Son las mismas actitudes que hubo entre Drawin y críticos y que seguirá habiendo entre quienes estudian los fenómenos naturales y quienes vigilan que no se violen las leyes “naturales” incambiables y absolutas.
La filosofía de la ciencia no acepta absolutos. Einstein demostró que la única constante es la velocidad de la luz y que todo lo demás es relativo.
Esto se debe aplicar a otras áreas, en la biología se ven mutaciones constantes, en la atmósfera hay reacciones fotoquímicas que nos están modificando constantemente y alteran nuestra forma de vivir. La misma agricultura tradicional es producto de una selección natural.
Recuerdo una obra de teatro, La casa de té de la luna de agosto en que el personaje central, nativo de Okinawa decía: “En Japón si una mujer se desnuda enfrente de los hombres y se baña con ellos se considera natural, si alguien vende pinturas de mujeres desnudas lo llevan a la cárcel. En Nueva York si una mujer se desnuda y se mete a una fuente en un parque la llevan a la cárcel, pero es considerado moral vender cuadros de mujeres desnudas”. Su conclusión era que “la pornografía es cuestión de geografía”. Este es un ejemplo simpático del relativismo moral.




