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Humberto Musacchio

La exigible solidaridad con Argentina

Es conmovedora la preocupación que el señor Mariano Rajoy tiene por nosotros, los pobrecitos e indefensos habitantes de Latinoamérica, a quienes advierte que la nacionalización de la filial argentina de Repsol nos causará severos perjuicios.
Con criterio estrictamente mercantil, cuando se esperaría una actitud de estadista, el señor Felipe Calderón acudió en apoyo del neofranquista gobernante español y expresó que la decisión soberana de Argentina “también afecta el patrimonio de los mexicanos”. Lo que no dijo el habitante de Los Pinos es que, por sus pistolas, el director de Pemex decidió comprar un paquete de acciones de la petrolera española, como si su negocio fuera la especulación bursátil o, peor aún, el apoyo a una firma en apuros financieros, como es el caso de Repsol.
Para Felipe Calderón, la condena a la decisión argentina –decisión soberana, insistamos– “es una cuestión de principios y, también, de legalidad un poco (sic) porque se trata de medidas que ya estaban de alguna manera descartadas en el contexto de un mundo global y de un mundo de certidumbre”.
Lo dicho por el mandatario panista ignora que México ha defendido desde hace muchas décadas el derecho de cada nación a disponer de sus recursos en la forma que más la beneficie y que la expropiación es una medida a la que recurren gobiernos de izquierda, de derecha, del centro y de las orillas, pues se adopta para responder a necesidades internas, las que no pueden estar supeditadas al interés particular, nacional o extranjero, como lo establece incluso la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, documento que hasta los panistas deberían conocer.
Por supuesto, Josefina Vázquez Mota, la abanderada de los azules, tan ajena como su partido a las necesidades nacionales, declaró que “lo último que tendría en agenda sería la expropiación”, lo que es del todo consecuente con lo que ha sido siempre su partido, elogioso en su momento del nazifascismo y siempre adorador del dictador fascista Francisco Franco, por cierto un relevante expropiador.
Más inconsecuente es que repruebe la medida argentina el PRI, que durante décadas se llenaba la boca elogiando la expropiación petrolera y al gran Lázaro Cárdenas, a quien hoy los hermanos argentinos deben tener muy presente por su altísimo ejemplo de dignidad patriótica.
Pero el PRI de hoy es un partido de renegados. No presenta mayor diferencia con el PAN y se asume como escudero de los intereses de una empresa española. De ahí el lamentable espectáculo que ofrece el señor Enrique Peña Nieto, quien lejos de mostrar una mínima solidaridad con el pueblo argentino, reprobó la nacionalización y amenazó a los mexicanos con “permitir a los particulares invertir en exploración, explotación y refinamiento”. En otras palabras, anunció la venta de Pemex, aunque no explicó qué pasará cuando esa empresa deje de ser el principal soporte del famélico fisco mexicano.
Las nacionalizaciones o las privatizaciones no son, como creen los panistas, “una cuestión de principios”. Son medidas que se dictan de acuerdo con las necesidades sociales. Adolfo López Mateos, el presidente que aplastó a sangre y fuego el movimiento ferrocarrilero, fue el nacionalizador de la industria eléctrica. Un político tan profundamente reaccionario como Miguel de la Madrid, muy a su pesar, decretó la expropiación de miles de predios afectados por  los sismos de 1985. Ambos mandatarios respondieron así a problemas planteados por la realidad. Nada más.

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