Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Aurelio Peláez

Acapulco de Ricardo Garibay, el íntimo planeta del insomnio

 Editorial Océano acaba de reeditar Acapulco, ese reportaje de Ricardo Garibay escrito en tiempos del figueroísmo, en su primera era. La edición es bonita, digna, y un poco distante de la primera, que parecía más buen un cuaderno con letras grandotas. El libro fue editado en 1978, o sea, a la mitad del gobierno de Rubén Figueroa Figueroa, y recoge con oportunidad una estampa de ese candente periodo político de la entidad donde abundaban los tiros y el desmadre de una ciudad que desde su virginidad se conectaba con el mundo.

He leído tantas veces Acapulco que lo puedo platicar, no de memoria pero sí con sinceridad. Leí Acapulco cuando estaba en primero de Prepa. Me lo prestó mi maestro de historia Luis Alberto Arcos. Me lo eché en dos días y lo regresé. Lo seguí leyendo después como cada dos años. El interés aumentó porque muchos de los personajes que aparecen por ahí ahora son mis amigos, y los otros, son mi referencia en mi trabajo como periodista. Aclaro que yo no deseaba ser periodista, sino escritor o político.

Ricardo Garibay es un escritor de verbo contundente. Con él no hay pierde en ningún párrafo. Como una vez me dijo don Andrés Henestrosa, a propósito del pintor Francisco Toledo, parafraseando, Garibay todo lo hace bien. El escritor hidalguense falleció hace dos años. Llama tuvo hasta el final, porque escribió cerca de 60 libros. Para quienes andamos en el periodismo, un libro básico de consulta era Las glorias del Gran Púas, que por cierto, me regaló Juan Carlos, el editor de cultura de El Sur. Regalo y reportaje invaluable, acerca del boxeador y campeonísimo Rubén Olivares, un chilango nacido en Iguala.

Garibay es un tipo imprescindible en la literatura mexicana del siglo anterior que pasó hace dos años. De un temperamento exasperante y una convicción indudable de ser escritor. La Casa que arde de noche es un referente obligado de la literatura, y sus desencuentros con los escritores mexicanos parte del chisme de quienes viven de y para los libros.

La editorial Grijalbo, a iniciativa de una hija de Garibay, está reeditando todas sus obras completas. Son como seis tomos, si no me equivoco, y en el tercero viene Acapulco. Cada tomo vale como 300 pesos y han salido en estos meses del 2002. El de Océano acaba de salir recién. Cuesta 150 y se adquiere por ahora en las librerías de Sanborns,  En el tomo de las memorias, creo que en el dos de la serie de Grijalbo, salió Cómo se gana la vida, que desde mi punto de vista es su biografía más sincera. Ya lo conté en algún lado porque su lectura me llegó cuando andaba herido como del golpe del odio de dios, diría el poeta Vallejo, luego de que de un día a otro se me había ido mi padre, mi hermano, y mi madre. Estaba por ahí un lamento de Garibay cuando le había pasado algo parecido, y confesaba luego, mirando para atrás: “yo era feliz y no lo sabía”.

En Garibay había además un inocultable gozo por escribir y leer. Paraderos literarioses un ejemplo, suma de opiniones sobre libros y escritores, donde los adjetivos de “idiotas” e “imbéciles” le salían con naturalidad, para referirse a sus colegas contemporáneos.

Acapulco viene entonces a ser un libro de plenitud. Garibay tiene más de 50 años cuando hace esa visita a los infiernos, acompañado por varias Beatrices –es un decir– que le pasean por “el íntimo planeta del insomnio”. Por ese libro deambulan amigos cercanos: los periodistas Anituy Rebolledo, Jorge Laurel, Jorge Vielma, Enrique Díaz Clavel; luchadores sociales como Arturo Gallegos y Rosalío Wences Reza. En algún lado canta Martinique, “mozo de Las Brisas, de los que recogen paracaídas, negrísimo y artista como pocas veces he escuchado, una voz estrangulada al modo de Sachmo pero más suave y dolida y plena de armónicos, una especie de cantarina ronquera en cada nota; Martinique por Dios, usted podría estar en el centro del mundo, pus aquí estamo ya nel mihmo centro, pa qué le búco, si señó mucha gracia, e que ité meace el favó”, escibía Garibay.

–Martinique, ¿te acuerdas de Garibay? –le pregunté una noche de cubas en el Bar Chico, como hace cuatro años, unos meses antes de que se muriera.

–Garibay, sí cómo no, mi amigazo– me dijo, complaciéndome con Madrigal y Si me comprendieras, boleros propios para más allá de cinco rondas y a los que me malacostumbró.

En Acapulco también aparecen los referentes actuales de nuestra historia reciente: la guerrilla, el despojo de tierras a ejidatarios, la historia de caciques y de sus matones, Acosta Chaparro, Genaro, Lucio, el turismo y el glamour.

Ahora, en tiempos de la revisión del pasado, del ajuste de cuentas con quienes se mancharon, con quienes se sirvieron con la cuchara, conviene echar un vistazo al estado de hace 25 años. El reportaje de Garibay –que dicen que pese a todo, se la pasó a toda madre y trabajando a costa del erario– pasó sin duda la prueba del añejo. Al tiempo, es una visión honesta y sincerísima de la entidad en los años setentas.

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