Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Míster Jenkins

 (Segunda de tres partes)

 ¿Por qué Jenkins? 

Porque repetido en las últimas semanas como si se tratara de una estrella del futbol, el apellido Jenkins ha alcanzado gran notoriedad particularmente entre la crema de la intelectualidad porteña. La imagen del personaje, no obstante, resulta parcial por exhibirse de ella únicamente la cara soleada, ocultas las tenebrosidades del otro lado. La primera hablaría de un notable virtuosismo empresarial aparejado con un filantropismo ejemplar. Detrás se ocultarían violencia, rapiña y traiciones. William Jenkins es el mismo cónsul gringo cuyo secuestro en Puebla en 1919, real o ficticio, produjo un incidente diplomático con los Estados Unidos cuya gravedad llegó al punto de una invasión armada a nuestro país.

Porque el fantasma de míster Jenkins ya ha sido visto danzando chocarrero sobre las instalaciones educativas de Quebrada y Lerdo de Tejada. Las mismas que él había donado a la ciudad y cuya regalo se le escatima hoy en un intenso litigio mediático. Expertos en fantasmas estiman que el del viejo gringo vendría decidido a juguetear con los miedos nocturnos de quienes han cuestionado su bondad e incluso hacer cosquillas en las plantas de los pies a los que iluminen su cara fea. 

Los invasores 

Richard Lansing, secretario de Estado estadunidense aprovechará la trombosis del presidente Woodrow Wilson para poner en marcha una perversa conjura contra el gobierno de Venustiano Carranza. Lo acusa de conspirar contra su país para cambiar la Doctrina Monroe por el indolatinismo. Lasing creía a pie juntillas la vil mariguanada de que Carranza invadiría los Estados Unidos, ¡al frente de un ejército de negros!, para desatar la más atroz guerra de razas (Tan chiflado el méndigo como hoy Bush).

Más indeciso que por pacifista, el presidente Wilson no escuchará los delirios de su secretario de Estado –¡Dios bendito!–, tomándolo como hoy toma Fox a sus ministros y ministras.

Gran bebedor de whisky y de café, Lansing era un apasionado del boxeo pro no aceptaba las peleas interraciales. Consideraba un desacato al orden divino enfrentar a un blanco con un negro. Por algo, decía, Dios ha querido que la raza blanca sea titular de las inferiores. De él su jefe Wilson dirá: “es una víbora agazapada en la hierba”, en tanto que la primera dama, Edith Bolling, no atinará a comprender “cómo alguien pudo confiar en un hombre con tales aficiones”. 

El secuestro

El secuestro de William Jenkins, agente consular de los Estados Unidos en Puebla, le ofrece a Lansing el pretexto perfecto para satisfacer sus obsesiones intervencionistas. Durante la semana del cautiverio, el secretario de Estado moverá todos los hilos a su alcance para desencadenar la guerra contra México en aras del destino manifiesto de su nación. La dulce Edith, sin apartarse un minuto de su esposo enfermo, habrá nulificado en buen medida la acción letal de “la víbora”.

En la frontera, mientras tanto, una fuerza compuesta por alrededor de sesenta mil marines –con tanques y aviones, según el New York Times– mataba el tiempo bebiendo “tecaila y bailando La cucaracha. Eso sí, alertas siempre al toque de zafarrancho de combate. 

¿Y quién es ese señor? 

William Oscar Jenkins, Biddle (1878-1963). Llega a México en 1901 procedente de su natal Tenessee. Se emplea en la Fundidora de Monterrey y luego en la American Smelting. Apenas reúna 13 mil pesos viajará a Puebla, Puebla. Instalará allí un taller de medias y calcetines de algodón que más tarde será la fábrica textil Toledo y luego La Corona. Su interés por el negocio azucarero lo lleva a adquirir el ingenio de Atencingo al que añadirá cinco haciendas más para formar la Compañía Civil e Industrial del mismo nombre. Angeles, arcángeles, querubines y serafines serán testigos de la salida de grandes volúmenes de alcohol de caña. Nadie en Puebla ignorará el destino de tantas latas: las fábricas de licor de la mafia estadunidense apabullando a una Ley Seca tan torpe como su autor.

Para los 30 míster Jenkins es un personaje influyente y temido en Puebla. Líderes y funcionarios que le eran adversos fueron objeto de atentados, muchas veces exitosos, como el del dirigente campesino Teodoro Sánchez, asesinado en 1954 (Diccionario Enciclopédico de México, H. Musacchio). Al gringo le dará por el cine cuando se le cumpla la mitad del siglo 20 Adquiere el Banco Cinematográfico, construye los Estudios Churubusco y levanta más de 250 salas de cine, de las que llegará a poseer el 80 por ciento de las existentes en la República Mexicana. 

La fundación 

A la muerte de su esposa, en 1954, el viejo Jenkins instituye la Mayo Street Jenkins Foundation con un capital inicial de 90 millones de pesos cuya multiplicación alcanzará los 500 millones de pesos a la vuelta de diez años. Se le tendrá como ejemplo mundial de filantropismo.

“¡Cuánta bondad y cuánto desprendimiento!”… “¡Qué corazón tan inmenso!”… “¡Pocos como él!”… “¡Generosidad apabullante!” “Y nuestros millonarios… ¿cuándo?”, etcétera. Estos fueron algunos de los muchos lugares comunes escuchados en todas partes al conocerse el destino de la inmensa fortuna de míster Jenkins. Se dedicaría íntegramente al impulso de la cultura, la educación, la salud y el deporte en México.

No menos asombrosa, por extravagante, será la decisión del ex cónsul gringo, derivada de la primera, y cuyo anuncio provocará suspicacias en torno a la salud mental del hombre de 76 años. Y es que William Jenkins desheredará a sus cinco hijas mujeres, esto es, no les dejará ni medio centavo de una montaña de dólares, en aras de un país al que la madre de ellas odió profundamente.

La respuesta de míster Jenkins está contenida en su testamento:

“El testador –dice una cláusula del documento– tienen la convicción de que, en bien de los hijos, los padres no deben dejarles en herencia grandes fortunas, sino más bien enseñarlos y ayudarlos a trabajar para que ganen por sí mismo lo que necesiten, y como el propio testador tiene también la creencia de que nadie con capacidad de trabajar debe gastar dinero que no haya ganado por su propio esfuerzo, declara en obediencia a este principio que no es su voluntad dejarle a sus hijos riqueza ni fortuna y que es su expresa voluntad no dejarle a sus hijos herencia alguna” (Mary Street Jenkins Foundation, 22, Manuel Espinosa Iglesias, 1988) (O cuando la filosofía de un Creso es compartida plenamente por millones de jodidos).

Parte insignificante de ese caudal escamoteado a las cinco damitas Jenkins Street (llegaron seguiditas en la búsqueda del varoncito que nunca asomó) fue aplicado en la edificación del centro escolar estilo gringo, con teatro y toda la cosa, cuyo nombre debió ser por siempre Mary Street Jenkins. La unidad se dividirá con el tiempo y se le llamará Informe Presidencial a la escuela y Domingo Soler al teatro.

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