Jaime Castrejón Diez
El equipazo
Cuando se empezó a forjar la idea de una nueva realidad con un equipo poderoso, se siguieron ciertos lineamientos que parecían asegurar que en el momento de iniciarse las actividades habría sin duda alguna un gran éxito. Se hizo una larga y costosa campaña en que fueron participando distintos personajes que fueron encontrando su ubicación dentro de esa etapa de construcción del gran equipo. La idea era que todos tuvieran presencia y prestigio porque la imagen era una absoluta necesidad.
Se pensó que en el momento que terminara el proceso, se encaminarían a la gloria. Es más, convencieron a la gente de que esto así sucedería, que habría una nueva actitud que los haría funcionar como nunca antes había sucedido y que el camino estaba despejado para grandes triunfos. Después de la larga y costosa campaña era claro que el camino estaba abierto y que además había gran profundidad; para cada puesto había por lo menos dos o tres personas y se utilizaron muchos recursos para asegurarse de que la gente seleccionada sería del mejor nivel. Esto tuvo la aprobación general y todo mundo creyó que el momento en que las ilusiones se hicieran realidad había llegado.
Terminado el proceso previo, cuando ya llegó el momento de realmente empezar a trabajar y cosechar los triunfos, la gente esperaba después de la gloriosa campaña que el momento de asegurar la gloria estaba a la mano. La reiteración del optimismo hizo que la generalidad lo creyera, aún sus adversarios. Tenían todo. Nada podía fallar porque contaban con el consenso de la nación.
El equipazo empezó a mostrar dificultades, no necesariamente los grandes nombres aseguraban la operación suave del equipo, empezó haber pugnas internas, tantas estrellas estaban conjuntadas que cada quien quiso luchar por su lucimiento personal y poco se hizo para que hubiera un sentido colectivo de grupo que asegurara que la victoria estaría al final del camino. Había tanta imagen en cada uno de los personajes que la cuidaban más que el trabajo común o los resultados.
Comenzaron las decepciones, se entraba a lo que los sociólogos han llamado “la crisis de las expectativas crecientes”. Tanto se esperaba que en el momento en que no empezaron a llegar los resultados adecuados comenzó haber distintas actitudes, todas ellas críticas, unos echándole la culpa al jefe máximo, otros echando la culpa a que no estaban rindiendo lo suficiente, otros que por buscar su lucimiento personal se ponían en el escaparate para llegar a nuevas alturas. Todo esto claro que creó un conflicto interno que mostró lo endeble de la estructura central. Unos echando la culpa a los personalismos otros a quien coordinaba las acciones.
La falta de resultados inició un periodo de inquietud, no sólo dentro del equipo sino también a sus seguidores y después al público en general. La situación se tornó crítica, las malas opiniones aumentaron y muchos hablaban de que era momento de sacudir al equipo y buscar, con nuevas figuras, una orientación de mayor cohesión que asegurara que se lograran los objetivos planteados.
Sin embargo, el dirigente consideraba que era inoportuno contrariar a quienes ya habían hecho méritos suficientes para estar en ese lugar y que poco a poco irían limando asperezas y como por arte de magia empezarían a funcionar como un reloj suizo y los resultados llegarían por sí mismos.
Por otro lado, también consideraba que el mover a las vacas sagradas que, en cierto sentido, ya tienen luz propia, podían hacer que aparecieran debilidades que el equipazo no tenía y que en última instancia sin las vacas sagradas se desluciría el conjunto. Esto preocupaba porque había que mantener las expectativas y sobre todo la imagen del timón el firme.
A pesar de las insistencias de observadores, seguidores y la opinión pública en general, se mantuvo el equipazo. Llegó el momento en que el equipazo era símbolo de estabilidad y de seguridad que desgraciadamente tenía que pasar una prueba. En el momento oportuno todo cristalizaría.
Llegó la prueba y el equipazo no resultó ser el gran equipo que se pensaba y regresa a Argentina con las manos vacías y con los orgullos lastimados. Sí, no estaba yo hablando de política; estaba yo hablando del equipo argentino en la Copa Mundial.




