Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Abdón Flores

* Los isómeros *

Marta salió del laboratorio tarde, como de costumbre. La Noche había caído. En la calle, las sombras eran exiguas y confusas debido al precario alumbrado. Condujo sus pasos vacilantes sobre el pavimento prefiriendo los baches a la oscuridad de la acera. Había escuchado tantas historias de asaltos que se desarrollaban en las banquetas, con las paredes como cómplices involuntarios, que sentía innegable temor a caminar sola a esas horas por aquella estrechez del cemento. ¿Quién había sido la última víctima? ¿Lorena? Sí, Lorena, una joven secretaria a quien encontraba ocasionalmente en el baño o en la zona designada para fumar de la empresa. Pensándolo bien, siempre la encontraba en lugares de descanso, nunca la había visto sentada tras un escritorio o ocupada en labor alguna; tampoco lograba ubicarla en el organigrama de la compañía. El punto era que esta ubicua mujer había sido la última víctima de un asalto. Ella misma se lo había contado a Marta, por supuesto, en una charla informal frente al tocador del baño. Era bella, Lorena y siempre estaba sonriente.Mientras caminaba en la soledad nocturna, Marta se preguntó si en aquella ocasión a Lorena sólo le habían arrebatado el bolso y quitado demás objetos de valor que traía, o si el asalto había ido más allá, a terrenos de los que ella misma, Marta, no habría sabido cómo salir. Miró entonces con ansiedad hacia ambos lados y, pese a no ver nada en especial, o quizá por el hecho mismo de la soledad, apuró el paso hacia su cada vez más cercano auto.

Ese recorrido desde el laboratorio era una forma poco agradable de terminar la jornada; como si esta no le trajera suficiente tensión, aún debía padecer aquella caminata nocturna.Quedaban pocos autos en el estacionamiento. Uno de éstos era el suyo, estacionado bajo el cono de luz que desde unos diez metros de altura derramaba un arbotante. Ver el auto la hacía sentir segura y tranquila, a tal grado que aminoraba el paso y sólo entonces comenzaba a relajarse del pesado día en el laboratorio. También la invadía momentáneamente una desidia fugaz, y una voz inmersa en algún sitio desconocido y oculto de su ser le murmuraba que la vida no valía la pena, que el mundo caducaba, que las personas a su alrededor caducaban, y que más le valía no volver nunca al trabajo. Noche tras noche se repetía la efímera claudicación, y noche tras noche está misma se perdía como un pensamiento más, uno malformado, aberrante, que no conseguía la solidez de un propósito. Al llegar a su auto, Marta desactivaba la alarma –o la activaba por descuido–, abría la puerta, y para cuando se hallaba al volante, lista para ir a casa, aquella insurrección de renuncia se había desvanecido junto con el miedo a la calle solitaria. Al día siguiente volvería al trabajo, al laboratorio, como si nada hubiese ocurrido. Esa era en realidad su vida.

Esa noche, mientras avanzaba por el estacionamiento, comenzó a lloviznar. Señal más que suficiente para disparar el pensamiento subversivo que proclamaba las miserias de la vida en la mente de Marta. Si, la vida no estaba para ser vivida, si aquella noche infeliz, lluviosa y amenazante era lo que recibía luego de haberlo dado todo durante la jornada en el laboratorio, entonces era cierto que la vida no valía la pena. Aquel día en particular había sido difícil. Se habían presentado problemas imprevistos con la molécula que buscaban sintetizar. Un problema básico, de diseño, como si tras construir una casa Marta y su equipo se hubieran dado cuenta de que habían olvidado los cimientos; algo semejante había ocurrido. Y un error así podía costar demasiado.

Por ello, en esta ocasión, cuando Marta estuvo junto a su auto, no siguió el ritual de costumbre. En cambio, contempló su reflejo en la ventanilla del carro y suspiró ante lo que vio: una mujer irreconocible, con el cabello enmarañado y sin forma, los hombros un tanto caídos, manchados por la llovizna al igual que sus anteojos por cuyos cristales escurrían hilillos de agua como lagrimas. Fue contemplando esa imagen miserable de sí misma que pensó en los isómeros.

Toda la noche mantendría ese pensamiento. La insurrección mental ante la vida desembocó en eso.

Marta desactivó la alarma del carro pensando en las moléculas especulares, en cómo un grupo de átomos tenían un doble, o un recíproco. Luego, mientras conducía, meditó que aquello no se daba entre las personas, seria algo equivalente a que la imagen del espejo saltara de pronto a este mundo. Algo siniestro, concluyó Marta al observar sus fatigados ojos en el retrovisor. Y sin embargo sus ojos reflejados la interrogaron: ¿estaba segura de que aquello era del todo imposible? Marta prosiguió su camino confundida. La lluvia había arreciado y manejar se volvió más difícil, además, el movimiento de los limpiadores siempre la distraía, de manera que disminuyó la velocidad y trató de concentrarse en el camino. De vez en cuando su reflejo en la ventanilla, contrastando con la oscuridad del cielo, o la imagen parcial de su rostro en el retrovisor, la atraían una y otra vez hacia el mundo ideal de las imágenes. Acaso ahí la vida si valía la pena.

Esa noche Marta soñó con su isómero.

Fue un sueño ante todo claro, nítido, de esos sueños que permanecen, o mejor dicho, cuya sensación de realidad es tan fuerte que permean el pensamiento y logran arraigarse como recuerdos de situaciones realmente vividas y no soñadas.

Durante el desayuno le contó a su hija lo que había soñado. A pesar de que la comunicación entre ambas no era muy buena, sobre todo en la mañana cuando ninguna estaba de humor para conversar, el hecho de que se tratara de algo tan promisorio e íntimo como un sueño, y el tono de gravedad que Marta adoptó cuando le habló a su hija, hicieron que ésta se mostrara interesada desde el principio.

–Soñé conmigo– comenzó. Sin los lentes, los ojos de Marta se veían muy redondos, como los de un búho; además, lucían enrojecidos. Su semblante, en general, daba la impresión de ser el de una persona en trance. Raramente parpadeaba.

Estaba en mi oficina –continuó–, creo que era ahí; en todo caso era un sitio muy parecido a mi oficina. Había en las paredes varios mapas de las rutas bioquímicas como los que yo tengo. Pero no estaba ahí para trabajar, ni siquiera tenía puesta la bata. Estaba sentada de frente al escritorio, y miraba hacia el ventanal. En el sillón que uso a diario no había nadie, de manera que sencillamente aguardaba. De pronto alguien entró y empezó a cortarme el cabello. Creo que lo tenía muy sucio, o mojado. Anoche, cuando salí del trabajo, empezó a llover y me mojé. Poco después entró alguien más a la oficina. Quien me cortaba el cabello dejó de hacerlo. Oí murmullos, ya sabes cómo son los sueños, y luego me siguieron cortando el cabello.

La hija de Marta, Vanny, una modelo principiante, se interesó en el relato de su madre al escuchar que aquello tenía que ver con la apariencia. Y no con cualquier cosa, por cierto, era algo tan importante como el cabello, algo sustancial para cualquier mujer. Pensó que aquel sueño era una señal para que finalmente su madre comenzara a preocuparse por su aspecto toda vez que había dejado de hacerlo bastante tiempo atrás.

–¿Y te quedó bien el corte?– le preguntó a su madre con una sonrisa cómplice, dándole a entender que aún era una mujer hermosa.

–No sé–- respondió Marta gravemente–. Cuando noté que me habían cortado demasiado y que aún seguían cayendo mechones al suelo, pregunté si tardarían mucho. Una voz familiar contestó que faltaban las orejas. Entonces giré la cabeza, y vi que era yo misma quien me cortaba el cabello y quien, dentro de poco, lo sabía y parecía haberlo aceptado, me cortaría las orejas…

El rostro de Vanny se descompuso, formó una mueca de disgusto, casi de asco al escuchar las última palabras dichas por su madre. Como ésta no agrego nada más, Vanny subió los pies a la silla y se abrazó las piernas, luego recostó la cabeza sobre las rodillas y dijo que no se sentía bien.

El día siguiente era viernes. Marta lo supo debido a la cantidad de autos que congestionaban las calles. En ocasiones similares, ante la inevitable perspectiva de llegar tarde al laboratorio, solía tocar la bocina y se deshacía en insultos mímicos frente al volante; en esa forma era como se olvidaba del inminente retraso. Sin embargo, este viernes en particular, permaneció inmutable e indiferente al tráfico, la vista perdida en la placa del auto de adelante que tenía las letras HIH. Tal combinación la hizo pensar con mayor intensidad en ese mundo de reflejos moleculares con el que ocasionalmente trabajaba, pero que a últimas fechas parecía haber logrado cautivarla. Eran especiales los isómeros. HIH, ese arreglo también podía leerse como:

H espejo H

Pero en el caso de la letra H no se trataba de un isómero, su reflejo era idéntico, indistinguible del original. Como la imagen de sí misma que había soñado y cuya tétrica labor tanto había desconcertado a Vanny. Algo así como un doble, una réplica exacta de Marta, doctora experta en síntesis orgánica, divorciada, todavía de muy buen ver a sus treinta y cinco años, si bien su cabello era en verdad terrible, como el de cualquier investigador empedernido. Y sin embargo, sabía que aquella figura soñada era su isómero, una de esas certezas difíciles de explicar quizá por obvias. Si esto era verdad, ¿en dónde estaba la isomería? ¿qué era lo que aparentemente las hacía iguales pero intrínsicamente distintas? Marta concluyó que el centro isomérico, el nodo en torno al cual giraba la diferencia, era el pensamiento: mientras estaba sentada, su imagen le cortaba el cabello. Cuestión de conducta, de personalidad. Por ello creyó haber soñado con su isómero, un doble de conducta pervertida.

La placa HIH de pronto se alejó rápidamente. El apremio de un claxon sacó a Marta de su trance en el mundo de las imágenes y la puso de nueva cuenta en este, al borde de un nudo de tráfico que estaba por deshacerse. De cualquier modo, pensó mientras aceleraba, de nada le valdría apurarse, el retraso no tenía remedio.

En efecto, fue de los últimos empleados en entrar al estacionamiento; junto al de ella, un vehículo más rodaba en busca de lugar. Marta encontró aún libre su sitio bajo el arbotante. Unos lugares más allá, el otro auto también consiguió espacio. Estaba por activar la alarma cuando escuchó que alguien le llamaba. Era Lorena, la secretaria que además de ubicua en la empresa al parecer también era impuntual. ¿Cómo podían aguantarle tanto? Marta hizo memoria mientras veía acercarse a Lorena que lucía radiante, pero no logró recordar desde cuándo trabajaba en la empresa esta mujer. Envuelta en un aura de perfume, Lorena saludó a Marta con un beso en la mejilla, y de inmediato se puso a hablar.

–¡Vaya noche! Sabía que iba a llegar tarde.

Marta distinguió, gracias a su educado olfato de químico, las reminiscencias de un aliento alcohólico insinuándose sobre los tonos del perfume. También advirtió unas manchas rojas en el fino cuello de la secretaría, Inevitable no hacerlo, Lorena usaba el cabello corto, como un hombre; de hecho, se peinaba como un hombre, con brillantina y raya a un lado. Era muy bella, Lorena cualquier apariencia le habría quedado.

–Las noches de jueves van a acabar conmigo –prosiguió–, para no hablar de los viernes que por suerte anteceden a los sábados. Yo nací un jueves en la noche, eso siempre lo recuerdo. Me contó mi madre que entonces…

Un jueves en la noche. ¿A qué le recordaba un jueves en la noche? Mientras caminaba hacia el complejo de la planta, Marta trató de evocar por qué había sido importante también para ella alguna remota noche de jueves. ¿Su primer beso? ¿Su graduación? ¿El nacimiento de Vanny? ¿O había sido un jueves cuando descubrió a su marido con una joven, casi una niña, en la sala de su casa? No podía precisarlo, pero aquellas palabras en boca de Lorena habían despertado de pronto la noción de un recuerdo importante en su vida.

–…sólo dormí dos horas –relataba Lorena, dando un suspiro y acariciándose la mejilla, después la nuca, como si le doliese el cuello–. Pero no estoy tan cansada. Es increíble lo que pueden hacer algunas horas bien empleadas,

¿No te parece?

Marta no respondió, habían llegado al laboratorio que dirigía y el trabajo seguramente la esperaba. Además, no habría sabido que responder, no sólo porque había prestado poca atención a las palabras de la secretaria sino por que sabía muy poco de lo que eran las horas nocturnas bien empleadas. De forma que sencillamente le deseó un buen día a su compañera de retraso, y entró al laboratorio. Aún escuchó, antes de atender las primeras quejas y reclamos del día, la voz de Lorena que llamaba a alguien, a un hombre, en el pasillo. Unas risas escandalosas se escucharon, fueron éstas su último contacto con la frivolidad del mundo. Instantes después, un colaborador suyo la escrutaba con mirada glacial a la vez que blandía los resultados de una cromatografía como exigiendo respuestas a un delito. No, la vida no valía la pena.

Fue un día ominoso, aciago, sin tregua en cuanto a la sucesión de malas noticias, a tal grado que Marta y su equipo debieron suspender la investigación: la síntesis de la molécula que buscaban de pronto se volvió improcedente. Una omisión al inicio, nadie la había advertido, una cuestión sutil y ambigua que los había llevado a construir el isómero de la sustancia que buscaban, el reflejo especular de esa molécula. No había nada que hacer por el momento, semanas de trabajo se habían ido a la basura ese viernes.

Por la noche, una vez que sus subordinados se marcharon, Marta cavilaba en el silencio de la oficina sobre cuál sería el camino subsecuente. Al parecer el mismo, sólo debían estar atentos para no repetir la omisión inicial. De ahí en fuera, todo lo demás era rutina, una reiteración minuciosa que les llevaría igual número de días de trabajo que los perdidos. Otra vez lo mismo, se dijo, y estaba por repasar la serie de protocolos a seguir, más una penitencia autoimpuesta que una verificación mental, cuando sonó el teléfono. Era Vanny, llamaba para avisarle que saldría esa noche, un trabajo de última hora: una modelo había enfermado y ella había sido llamada para remplazarla.

–Voy a llegar tarde, no me esperes. Luego de la pasarela hay una fiesta– concluyó la joven, y sin esperar a que su madre dijera algo, colgó.

Por supuesto, una pasarela de última hora, ¿en viernes por la noche? ¿cuántas así había tenido últimamente? Horas nocturnas bien empleadas. Marta determinó hablar con su hija la primera ocasión que tuviera, pero fue un pensamiento hecho, un mero reflejo mental ante una situación transitoria. No bien hubo colgado el auricular, se vio de nueva cuenta sumida en la atmósfera del laboratorio y de su reciente proyecto fracasado. Entonces recordó, casi con melancolía, la junta de esa tarde en la que comunicó las malas noticias a la gente de arriba, como llamaban a los directores. No hubo regaños propiamente, hubo recomendaciones con aire de amenaza. Eso la inquietó un poco, sólo un poco, algo inusual en ella que por menos, en situaciones similares ya pasadas, era presa de la desesperación. Pero esta vez todo había sido distinto, el pensamiento subversivo de la noche previa y el raro sueño que había tenido le habían comunicado un estado de ánimo firma, imperturbable y hasta cierto punto despreocupado, como si de pronto ya no le importase nada. Lo único que sí la había sorprendido en la reunión fue ver a Lorena entre los asistentes. Sólo entonces recordó que era la secretaria del director general. ¡Cómo haberlo olvidado! Aún a esa hora de la tarde lucía bella a pesar del par de horas que había dormido. Era hermosa, Lorena. Pese a las discrepancias evidentes entre ambas, en algo se identificaba con esa mujer, pero no atinó a dar cuál era ese vínculo.

Marta apagó la luz de su oficina y se alistó a partir. En el laboratorio, las luces de seguridad conferían al ambiente un aire de sótano alquímico, con frascos y recipientes desperdigados en las mesas, y un montón de material de vidrio abandonado y sucio en los lavabos. Los restos del día, lo que quedaba de la molécula intrusa: unas cuantas gotas que escurrían por el desagüe.

Era más tarde que el día anterior. En la calle notó con pesar que de nueva cuenta estaba lloviznando. Por fortuna los viernes anteceden a los sábados, había dicho Lorena esa mañana. Marta encontró aquellas palabras vacías, desprovistas de cualquier ventura. En realidad, para ella el sábado inminente estaba tan lejano como cualquier día en el futuro, y tan vacío como esa noche de lluvia, como la calle despojada y ensombrecida en cuyos rincones secretos podía ser asaltada. Acaso un asalto le vendría bien, la despertaría como si hubiese recibido una inyección de algún alcaloide. Directo al torrente sanguíneo.

Además de su auto, había un par más en el estacionamiento, aunque alejados del suyo. De nueva cuenta, al ver su desvalida figura reflejada en el parabrisas húmedo, sintió más plenamente el filo de aquel día miserable. Vaya noche, dijo en voz baja mientras subía.

Lo dijo en un sentido por completo contrario al usado aquella mañana por Lorena; en sus palabras el matiz del regocijo era inexistente.

El estacionamiento vacío e iluminado a medias daba la impresión de ser el tablero de un juego de mesa. Marta lo atravesó arbitrariamente, casi en la línea recta en dirección de la salida. Pasó junto a uno de los autos y advirtió en el interior un par de siluetas; los cristales estaban empeñados por la respiración de los tripulantes. ¿No era el auto de Lorena? Tal vez, no recordaba su color, amarillo o anaranjado como el azafrán, no estaba segura. Frenó, y observó por el espejo lateral: el auto parecía moverse. Su color era incierto en la penumbra, no así la placa que debido a su blancura parecía fosforecer. HIH, leyó Marta. Como la placa del vehículo que había tenido adelante en el tráfico matutino. Bonita coincidencia para terminar el día.

Durante el resto del camino Marta no atinó mas que a especular si también esa noche soñaría con ese doble suyo. Acaso entonces su isómero, así le dio por llamarlo, terminaría el trabajo inconcluso de la noche previa. También en su vida personal, a niveles del subconsciente, parecía haberse inmiscuido un intruso, como el que le había arruinado el trabajo del laboratorio. Sus ojos, en el retrovisor, comenzaron a interrogarla de nueva cuenta.

 *Texto ganador del concurso de cuento José Agustín en su etapa nacional

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