Eduardo Pérez Haro
Agenda para nuevos acuerdos en el campo
*Debe aligerarse el costo que los grandes productores representan para el erario vía subsidios directos e indirectos y reconocer que los medianos y pequeños son el principal bastión para aumentar la productividad en el campo.
Para Antonieta Barrón.
El campo mexicano es lugar de residencia de cerca de 28 millones de habitantes, es escenario de una pobreza extendida y la riqueza de muy pocos. Para no dejarlo en una expresión reiterada, diremos que en términos generales existen alrededor de 4.5 millones de productores, hombres y mujeres que siendo jefes de familia significan aproximadamente 22.5 millones de habitantes y de esos no más de 100 mil, algo así como el 0.2%, resultan ser grandes productores adinerados, los demás se dividen entre medianos y pequeños productores los más, el resto son pobladores sin tierra.
Gran parte de los pequeños productores se mezclan con los sin tierra en condición de jornaleros y migrantes, hombres y mujeres. Siendo así, el campo mexicano se define fundamentalmente por la presencia abrumadoramente mayoritaria de pobres y marginados, con tierra y sin tierra. Ese es el lamentable paisaje humano que se entrelaza con el bello paisaje natural que también ya muestra los deterioros a los que ha sido sometido y la indiscutible inseguridad y violencia que campea en el ambiente.
Desde el punto de vista económico el sector aporta alrededor del 3.0% de la riqueza nacional (PIB), pero dice el gobierno que canaliza cerca del 1.5% en apoyos gubernamentales (PEC). Así puestas las cuentas se diría que el sector desde el punto de vista económico no tiene ninguna relevancia y más aún que sale muy caro para las finanzas públicas que de suyo no recaudan lo que les demanda su plan de gasto (PEF) lo que les exige operar con déficit y ayudarse con deuda para salirle al paso. Si se considera que el déficit del gasto público es mayor a la aportación del sector rural podría llegar a decirse que, por lógica, el sector rural como ámbito de la economía es prescindible con excepción, claro está de los cien mil grandes y exitosos agricultores.
A todas luces hemos llevado “el razonamiento” al extremo de la estupidez pero no se asusten de ello, con frecuencia se escucha entre “los profesionales y la gente decente del gobierno y fuera del gobierno” opinar de esta manera y con singular indolencia. Y no llegan a la estructuración de este razonamiento porque les falte información ni porque se detienen ante la sospecha de que en su lógica podrían llegar a este “callejón sin salida”. Pero poco les falta para llegar a ello después de argumentar que los campesinos son flojos e ignorantes y que no están hechos más que para hacer insolentes y reiteradas peticiones de ayuda.
Veamos qué pasa con este enfoque. Quite usted los 338 mil millones de pesos de la ayuda que al decir del gobierno destina al sector rural y podrá ver que los campesinos pobres sufrirán sin duda alguna. Pero será mucho más estrepitoso el dolor y la angustia entre los grandes productores, pues están acostumbrados a recibir entre el 70 y el 80 por ciento de esos recursos mientras que el campesinado pobre, incluso, no recibe necesariamente la diferencia pues ponga usted que la mitad de ese 20-30% queda en la tubería corruptocrática de servidores públicos y líderes sociales, amén de que la mayor parte de esos 4.5 millones de productores, marcadamente quienes habitan en las montañas y el semi-desierto, no reciben nada del gobierno, acaso el programa Oportunidades de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).
La tonta idea de darle al campo lo mínimo (ayuda social) “para que la vayan pasando” y en todo caso entregar apoyos productivos a los grandes productores que “sí saben” capitalizar la ayuda gubernamental, se funda en un pragmatismo no exento de discriminación que termina por morderse la cola, pues resulta que nuestros grandes productores que concentran los apoyos gubernamentales no son tan eficientes pues sus índices de productividad (rendimientos vs costos) no son competitivos en el plano internacional, de tal suerte que sin la ayuda del gobierno los más de este privilegiado segmento terminarían por sucumbir al libre juego de las fuerzas del mercado. Así las cosas, vayamos siendo más cuidadosos en nuestras opiniones y hagamos un esfuerzo por entender el fondo de los problemas y dejarnos de antipáticos y desmembrados “yo opino” y “ocurrencias” que se nos salen de nuestras viciadas maneras de pensar. “Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre”.
Los grandes productores en México no son una panacea ni como sujetos per se ni como modelo a seguir. Por el contrario tras su reconocimiento y el debido respeto que todo sujeto merece, tienen que ser objeto de una exigencia de mejora continua en los índices de productividad con referencia a los parámetros internacionales, y tienen que hacerlo con una tendencia decreciente del nivel de subsidios descansando en los precios de mercado y recibir apoyos compensatorios en el ámbito productivo contra los parámetros internacionales (de costos-precios) y con relación a los progresos que se vayan arrojando (abatimiento de costos y nivel de precios), pues de otra suerte se crean condiciones desiguales de competencia entre unos y otros dentro del mismo ámbito nacional. Ni más ni menos, la famosa competencia desleal de la que éstos suelen quejarse frente a los fenómenos de dumping en la competencia externa.
El subsidio está llamado a compensar insuficiencias tecnoproductivas y nivel de rentabilidad (precios objetivo) respecto de la competencia externa, pero su meta es la de propiciar cada vez mejores productores que por consecuencia precisan cada vez de menos subsidio dado que el mercado es el que cubre costos y ganancias. Y desde esta óptica los subsidios son auxiliares de la producción con una orientación de mejoramiento de la productividad (otra cosa son los subsidios sociales o las consideraciones sobre el papel del Estado en la redistribución del ingreso, cuestión que abordaremos en otra oportunidad).
En este carácter los subsidios juegan como instrumento de mejoramiento de la productividad y de direccionalidad del aparato productivo conforme al proyecto nacional (que no está a la vista) en el sentido de darle contenido y forma a una producción rural (agrícola, pecuaria, forestal, pesquera, etc.) que responda a la principales necesidades de la demanda sea de los mercados interno o externo, cuya determinación, dicho sea de paso, proviene de una compleja combinación de factores de la racionalidad económica de competencia y del desarrollo desde una plataforma nacional determinada. No es uno u otro por definición, ni tampoco responde a un juego de aritmética simple como se ha argumentado en el esquema de las ventajas comparativas o de autosuficiencia por seguridad nacional, pues el incesante despliegue del desarrollo capitalista tiene una complejidad que va más allá de la aritmética económica y los deseos… pero ya hablaremos de ello, por ahora retomemos nuestro argumento.
Los grandes productores son muy importantes en la generación del 3% del PIB sin que lo dejen de ser los medianos y pequeños, los cuales son un referente obligado para terminar de explicar esa aportación a la riqueza nacional, que dicho sea de paso no tiene por qué someterse a la presión de ser una aportación relativa de orden superior (porcentaje del PIB) sino en todo caso ser mayor en valores absolutos bajo condiciones de menor desigualdad productiva, regional y social, y con mayor capacidad competitiva, lo que significa que llegado el momento se abastece el mercado interior a mejores precios, se gana en el mercado exterior y el sector se inscribe en una viabilidad de largo plazo dentro de un proyecto nacional más rico en todos los sentidos. De otra suerte, el sector seguirá siendo el 3% de un PIB cada vez más escuálido que en el raiting mundial significa que México ha venido siendo desplazado por los principales países emergentes de los BRICS donde los cuatro primeros de esta lista ya hacen parte de las diez principales economías del mundo al lado de los países desarrollados. Y por supuesto México queda fuera de ese top.
De someter a los grandes productores a una racionalidad congruente con la libre competencia habría que trazar un acuerdo que revelara mejoramientos en la productividad y de manera concomitante una disminución relativa del nivel de subsidios, a mayor productividad menor subsidio que no representa menores ganancias sino el traslado de éstas al mercado, y en correspondencia con ello un incremento de los subsidios a los pequeños y medianos productores a fin de resarcir las insuficiencias en la productividad no sólo respecto de los parámetros internacionales sino respecto de sus competidores nacionales que operan con mayores subsidios y que coincide con los grandes productores. “Lo que es parejo no es chipotudo.”
Los márgenes de mejoramiento en el rendimiento de los productores grandes ya no son muy flexibles (podemos decir que están en condiciones de competencia internacional), la flexibilidad, es decir, el margen de maniobra está en la eficiencia de costos dentro de la producción, dentro de la organización productiva que por supuesto también liga las tecnologías duras (insumos, maquinaría, equipo y manejo de recursos, naturales, humanos y económico-financieros). Ahí habrá que aplicarse pero lo que se haga es para aligerar el costo que estos grandes productores representan para el erario público vía subsidios directos e indirectos; y asimismo este esfuerzo es para liberarlos de su adicción al subsidio y lamentablemente, de su adicción a la comodidad de ser rentables gracias no al rendimiento sino al subsidio que les permite aligerar el peso de sus costos y asegurar jugosas ganancias.
Siguiendo la línea de nuestro argumento y teniendo claro que no se trata de disminuir a los grandes productores, los medianos y pequeños representan el principal bastión para el aumento de la capacidad productiva del sector como tal, pues siendo dueños de dos terceras partes del territorio nacional cuentan con el principal recurso para la actividad primaria en cualquiera de sus modalidades sólo que requieren mucho más de lo que desde hace casi cien años vienen recibiendo los que ahora se reconocen como grandes productores con la ventaja de que no están en cero y los dispositivos tecnoproductivos y de organización de la producción están al alcance y por tanto ya no se requieren cien años para hacer ese recorrido y alanzar su condición como productores competitivos en el plano nacional y del mundo global.
Por principio, será menester que el gobierno se deje de balbucear qué hacer con el campo, se deshaga de ideas, que si bien tuvieron su explicación hace ya más de cuatro décadas, en el devenir de los años se volvieron viejas y así por fin, entienda que el sector rural en el mundo cruza por una oportunidad que, con reacomodos y con altas y bajas, es diferente y mejor que lo que significó en los años (1966-2006) que se vio sin oportunidad debido al incremento de la oferta de los países desarrollados y a la disminución relativa de la demanda (crisis del entonces mundo socialista y de los países del entonces tercer mundo), pero que en I) la crisis actual (2007-2014) de los países industrializados, II) la emergencia de los grandes países asiáticos y III) el aumento de la demanda alimentaria y de materias primas, el campo se torna distinto adquiriendo una singular importancia y esa oportunidad se atiende actuando en la base de la capacidad productiva del sector con una visión amplia, más allá del uso trivial de los conceptos de productividad y competitividad.
Progresividad en la política de asignación de subsidios y nuevo patrón de producción y productividad son los dos primeros puntos de la agenda para la reforma del campo. Vayamos en orden y reconfiguremos la agenda para nuevos acuerdos y compromisos. Continuamos.




