Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

María Bonita

 (Séptima y última parte)

Tarzan 

Durante la segunda venida de María y Agustín

–en 1974– según se ha dicho Acapulco estará convertido en una gran locación cinematográfica. Se filman aquí exteriores de la película Tarzán y las sirenas con Jonny Weissmuller y la participación de las muchachas más bonitas del puerto en calidad de extras. Ahí estaban, entre muchas, Alicia y Leonor del Río, Ramona García Guillén, Lambertina Abarca y Nancy Chavelas. Fueron silenciosas y adolescentes sirenas Ana Luisa Peluffo, Magda Guzmán, Lilia Prado y Silvia Derbez, futuras estrellas del cine nacional.

Weismuller quedará prendado desde entonces de Acapulco. Será un propagandista formidable de las bellezas naturales del puerto y particularmente de la templanza de sus aguas. El mismo promoverá la creación de un club de estrellas internacionales con sede en el  hotel Los Flamingos, cuyas 25 habitaciones estarán reservadas permanentemente para ellos. El sin duda mejor Tarzán de la saga cinematográfica vendrá a morir a Acapulco.

El hotel Los Flamingos había pasado de manos de duelo original, un conde italiano, a las de don Rafael Alducin, fundador del Diario Excelsior, quien pondrá a su hijo al frente de la empresa. Cuando la hospedería quiebre, más temprano que tarde, será adquirido por una empresa formada por Elizabeth Taylor, Lana Turner, Ester Williams, Robert Taylor, Red Skelton y Fred Mc Murray. También Richard Widmarck, Tyrone Power (filmará aquí Un Capitán de Castilla); Orson Wells (hará atracar en nuestra bahía su Dama de Shangai, en 1948) y Errol Flynn.

A este último se le guisará aparte. Flynn llega al puerto en su propio yate Sirocco y aquí se hace muy amigo de Apolonio Castillo, un joven y apuesto nadador originario de Técpan de Galeana (hoy uno de nuestros escasos héroes civiles). Se cuenta que Apolonio habría rechazado la oferta del actor para probar suerte en Hollywood con el contundente argumento de que allá no podría comer relleno de cuche ni “manjar” de su tierra.

 

El Sirocco

 

El Sirocco será confiscado por las autoridades mexicanas – vaya usted a saber por qué – y de él sólo se rescatará el nombre para dárselo a un restaurante instalado por Castillo con apoyo del rubicundo galán. Una vez terminada la Guerra –1946 – el más celebrado aventurero cinematográfico de los mares, iniciará en el puerto una expedición a borde de una goleta llamada Saca. Lo acompañarán José de la Vega, Wolf Schomborn, Otto Roer y el propio Apolonio. Este se les unirá en Colombia, donde había participado en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla (impuso record en los 200 metros de nado de pecho) El viaje, según Díaz Clavel, no tendrá el clásico The End.

La versión sobre el matrimonio arreglado de María y Agustín, con fines publicitarios muy a estilo de Hollywood, fue manejada entonces por una prensa imitadora servil de la californiana de Citizen Kane. Hasta acá se desplazarán periodistas chapoyeros buscando la reacción de la pareja pero desistirán finalmente cuando los intercepte personalmente el general Andrew Almazán. El dueño del hotel Papagayo utiliza en su operación a soldados de línea convenientemente disfrazados de bell boys, meseros, jardineros y hasta camaristas.

No había, a decir verdad, ningún sustento para una especulación de tal naturaleza. Ni María ni Agustín estaban necesitados en aquél momento de mercenarismos tales. Ella era la estrella emergente más deslumbrante y con mayor futuro del cine nacional. Agustín, por su parte, gozaba de una muy añeja fama de ser el más grande compositor de música popular nacido en América Latina. Por lo demás, uno y otro rechazarán indignados razones ajenas a la pasión amorosa, aunque sin abdicar a sendos egos del tamaño del infierno.

María: Agustín se sirvió de mi. Conmigo tomó un nuevo y último aire pues como músico poeta ya había dado lo mejor.

Agustín: María me hizo ganar mucho dinero con las canciones que me inspiró.

Hay una cosa cierta en todo esto. Casados o no por intereses económicos y publicitarios, a uno de ellos le salió el tiro por la culata y ese fue Agustín quien llegará enamorarse de María como un adolescente. La confesión de su amor desmedido por la diva será tema diario del poeta durante los cinco años que permanezcan juntos. Fue una diosa para mi, aceptará aquel.

 

¡Flaco, pásala!

 

María y Agustín fueron en su momento la pareja de México. Todo lo que hacían o dejaban de hacer era considerado como asunto de interés público. Los mejores chismes del medio de la farándula se cocinaron en torno a la pareja, relacionados casi siempre con obsequios estrambóticos, deschongues e infidelidades. Los paseos públicos de ambos anticiparon, con cámaras de fogonazo deslumbrante, a los hoy satanizados paparazis. No había noche memorable en el teatro o cabaret sin María y Agustín. Muchos capitalinos asistían a la Plaza de Toros no por ser afición a la fiesta brava sino para admirar a María en su barrera de primera fila y para gritarle de cosas a Agustín.

–¡Pásale, pinche Flaco, que al cabo no le haces nada!

–¡María, para qué trajiste paraguas (Agustín vestido de negro) si hoy no va a llover.

–¡Ya párale, María, mira como lo tienes!

Si hay algo que María admire de Agustín es su pulcritud – excesiva y obsesiva –, al igual que su elegancia. Adora la gentil hombría de su esposo, su trato refinado y su esplendidez. ¡Ah!, y su voz. La voz de Agustín es para María la más sensual del universo y por ello disfrutará escuchándola por horas y a oscuras. Le choca del Flaco, por el contrario, que hable francés en público y especialmente si hay damas presentes. María odiará a la piruja que charrasqueó a Agustín, no por haberlo hacho sino por habérsele adelantado.

 

María decidirá casarse con Agustín en 1945 y también echarlo de su casa en 1947.

 

Agustín: Abandoné la casa que fue nido de nuestro amor con solo un cepillo de dientes en el bolsillo y un océano de tristezas en el alma. A la mañana siguiente compré exactamente 999 rosas rojas y le puse una tarjeta con estad palabras:

–María: Te envío 999 rosas rojas, tu eres la número mil. PD: Ya no me gustan las rosas rojas.

Y también esta carta:

Ni tú ni yo creemos en la casualidad. Hay un supremo designio absoluto y eterno que une las almas y las separa. Los filósofos llaman a ese fenómeno destino. Los gitanos le llaman suerte. Y esto ha sido para mí encontrar el diluvio de cascabeles de su risa, tu rebeldía, tu inconsciencia, tu calidad humana, y por fin, tu amor.

Es tan difícil esa palabra que yo, viejo marino de todas las tempestades, he temblado el escribirla. He llevado en la tremenda duda que significa o que golpea el corazón, un remordimiento; no a la evidencia sino a la esperanza. Aliméntala como tú quieras; con tus engaños, con tus mentiras, pero deja que viva como la más dulce quimera de mi alma. Ahí vas a encontrar un nuevo templo en donde las religiones se vuelvan una sola; un idioma que habla toda la humanidad; una música que cantan todos los hombres y los pájaros, y el mar y los árboles y la sangre. ¡Bendita sea!

468 ad