José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* El ajedrez
Sus míticos orígenes
Hay varias historias sobre la invención del ajedrez, y siendo todas de raíz fabulosa, todas parecen verdaderas. Está la de las enciclopedias, la que cuenta que cierto rey convocó a un concurso peculiar: al que inventara un juego con el que los soldados pudieran entretenerse en las pausas que daba la guerra y que divirtiera, de ser posible inteligentemente, a los súbditos del reino, el rey le concedería, como premio, los bienes materiales o los favores que quisiera. El triunfo se lo llevó el inventor del ajedrez: el juego de mesa más extraño pero también más interesante entre los entonces conocidos: hablaba de la guerra perenne, de los “estiras y aflojas” cotidianos, y tenía la particularidad de que entrometía a los jugadores en un espacio ideal, tan conflictivo como las guerras de verdad pero con la ventaja de que otorga al jugador absoluto poder de decisión.
Una versión apunta que el rey (el hindú Shirham, precisa) era poderoso y noble, pero que después de una cadena de éxitos militares los aduladores lo emborracharon de grandeza y olvidó sus deberes con su pueblo. Aquí no hay concurso de por medio. El brahám Sisa inventó el juego para abrirle los ojos al joven y presumido rey: por medio del ajedrez, quedaba claro que el rey era la pieza más importante, pero que no podía atacar, ni defenderse, sin el auxilio de sus súbditos.
El rey preguntó: ¿qué pide el inventor? Y el inventor colocó el tablero de casillas negras y blancas en la mesa, y pidió al rey un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, y así, duplicando casilla por casilla, hasta terminar con el tablero. Y ya sabemos: la reduplicación sistemática de las 64 casillas da una suma de granos que ahora no cabría en una libreta de contaduría ni en una calculadora de mano y supongo que ni en una computadora, no en un renglón. “No había granos en todo el reino para pagarle al ingenioso inventor del ajedrez”, cuentan los que saben, desde Alfonso El Sabio hasta la Wikipedia.
Esta circunstancia también le sirvió a Sisa para hacerle comprender al rey la importancia de cuidarse del gandallismo latente (y hasta del bienintencionado) de quienes lo rodean, incluyendo a los brahamanes ingeniosos.
La entrevista que Juan José Arreola “jugó” con Vicente Leñero salió en la revista Claudia y luego en Cajón desastre. Uno de cada lado del tablero. Desde las primeras jugadas, Arreola planteó su iluminada opinión del asunto. Para el autor de El rey negro, el ajedrez fue encontrado en lo que fue la base de la Torre de Babel, obra mayúscula de los ínfimos y soberbios seres humanos, que pretendían tocar el cielo. Cuando la Torre está a punto de alcanzar a los ángeles esquivos, Dios se da cuenta, se enoja IRA de veras y con un pestañeo hace que todos los que trabajan en la construcción del súper obelisco muden de lengua y no se entiendan para nada. Derrumbada la Torre de Babel, por ahí, entre los escombros, bajo los pies del Hombre, Dios dejó tirado un tablero de 64 casillas y un montón de piezas de juego:
–¿De veras quieres alcanzar el infinito? –preguntó. –Bueno –siguió, sin esperar respuesta–, si de veras quieres alcanzar el infinito aquí te dejo este tablero y estos trebejos: aquí te dejo el ajedrez.
Ciencia, arte, deporte
Desde que juego ajedrez he leído o escuchado que el ajedrez es ciencia, arte y deporte. Dependiendo de cómo me va en la partida, creo o reniego de la frase. Es tan redonda y abarca tanto –casi todo– que se me figura una luz que ciega. Eddigton, físico inglés, escribió un tratado sobre La naturaleza del mundo físico y la teoría matemática de la relatividad “para mostrar que el cálculo de operadores es útil para el estudio teórico del átomo”, al que describe “como un tablero de ajedrez que contiene un caballo” saltarín. El ejemplo de la duplicación consecutiva de los granos o El problema de Euler o de la marcha del Caballo han involucrado poligrafías e inextrincables teorías matemáticas y algunos biólogos inician su investigación sobre los aminoácidos refiriéndose a su cualidad de ácidos y bases “como la dama de ajedrez con respecto a las torres y alfiles”. El mero impulsor de este estructuralismo, el lingüista Ferdinand de Saussure, explicó que “la lengua es un sistema que no conoce más que su orden propio y peculiar” y “para hacerlo comprender mejor” lo comparó con el ajedrez: “Si reemplazo unas piezas de madera por otras de marfil, el cambio es indiferente para el sistema; pero si disminuyo o aumento el número de piezas, tal cambio afecta profundamente a la gramática del juego… El valor relativo de las piezas depende de su posición en el tablero, del mismo modo que en la lengua cada término tiene un valor por oposición con todos los otros términos”.
En cafés, en las escaleras de las escuelas, a la orilla de las fuentes, los jugadores escuchamos y seguimos jugando. De la ciencia toma el ajedrez la precisión rítmica del espacio y el tiempo, la configuración geométrica en movimiento (aquí te mando este calidoscopio de intenciones a tu cabecita loca, le dijo Dios a la babélica especie humana), la necesidad de investigación, de archiveo, de asociación, de combinación, quizá de todo fenómeno que pueda ocurrir en nuestra loca cabecita. En 1972 Bobby Fisher jugó un match con Boris Spassky, por el campeonato mundial. En la sexta partida, Fisher permitió que Spassky le doblara y aislara los peones en la columna de torre, donde estaba enrocado el rey. Parecía un errorzote, pero luego se vio que Fischer había hecho cálculos “científicos”: 14 jugadas después Spassky le tuvo que desdoblar el peón y tras unas cuantas jugadas Fisher anunciaría el mate. Fischer escogió las mejores 14 jugadas entre todas las mejores alternativas, las que, enramadas y permanentemente bifurcadas, resultan “infinitas”. Lo que se había calificado de errozote terminó ponderado como cálculo científico. El tema de los sesenta, el ajedrez es pura matemáticas, enroló la cibernética y al rato las computadoras le estaban dando palizas a los campeones mundiales, a poco no. Ya es leyenda romántica la hazaña de Najdof, que al menos dejó su nombre a una versión de la defensa india de dama. La segunda guerra mundial lo expulsó de Polonia y llegó a Argentina, donde se nacionalizó. Allá, en 1947, llegó a jugar contra 45 “tableros”, al mismo tiempo y a ciegas. Aislado en un cuarto oscuro, Najdof cerraba 30 veces los ojos, de afuera el juez anunciaba el número de tablero y la jugada respectiva, y al poco daba respuesta a la misma. Sus biógrafos destacan el dolor que padeció por el exilio y la muerte de familiares y amigos a manos de los nazis. Eso le dio fuerzas, y por eso se encerró en el ajedrez. Ya había jugado 250 partidas simultáneas, con tablero a la vista, pero en ocasión de su enfrentamiento a ciegas contra 45 jugadores, la capacidad y el trabajo de su cerebro fueron comparados con un reactor nuclear distribuyendo su poder con tremenda y artística armonía.
En el café o en la peluquería, los jugadores intuyen una red paradigmática de realizaciones en latencia, pero la reciben en las sienes, con un apretón de quijadas, con los nervios de punta. Si el ajedrez fuera una ciencia todas las partidas terminarían tablas. Si fuera una ciencia, sólo los científicos iban a jugar ajedrez. El mismo Leibniz, el filósofo matemático quien se pone junto a Newton cuando se habla de cálculo diferencial, dice que el ajedrez “es demasiado juego para ser ciencia y demasiada ciencia para ser juego”.
Bello, como el círculo, en sí mismo (Platón), el cuadrado significa organización y construcción y de antiguo ha sido considerado símbolo de la Tierra. Uno de los que han concebido al ajedrez como una cosmología a escala fue Burckhardt, y persisten los religiosos científicos que nos invitan a entender el ajedrez como un gran juego de los dioses –o seres extraterrestres– que, a modo de Omar Kayhan o de Jorge Luis Borges, dispusieron el cerebro de cada ser humano como un tablero de ajedrez en el cual libran celestes partidas que determinan el destino de los individuos. Clavados en el tablero, los jugadores alcanzamos a decir que si el golf y el pócar son deportes, el ajedrez con mayor razón. Suponiendo que el cerebro tenga músculos. No faltará el que confiese que es el deporte que más detesta su esposa, pues la excluye por completo de su atención.
¿El ajedrez, artístico? Desde luego que sí. El jugador de ajedrez intuye una red paradigmática de jugadas en latencia, en cada una de las cuales, como el equilibrista de la cuerda floja, se juega la vida, si no es capaz de realizar los movimientos justos (Fisher diría: exactos) en el momento preciso. Un halo de creación netamente artística suele cubrir el tablero. Ante ciertas partidas de Morphy, de Capablanca, de Fischer, manifestamos admiración al ajedrez como un arte. ¿Arte sui géneris, acaso? Unos garabatos organizados, un laberinto mental con el pretexto de una guerra de abstracciones. La pintura, la literatura, la música, la danza, apelan a los sentidos, a la historia y a nuestra experiencia personal. La tremenda y admirable aventura ajedrecística es percibida sólo por jugadores y mirones entendidos, como si el arte que implica no pudiera pasar de las dimensiones del tablero… ¿Será?
Juego educativo y civilizatorio
Desde luego que no. El ajedrez estimula, en el jugador, el sentido de asociación, las nociones de tiempo, la sensación del ritmo, y, como conjuga movimiento y composición (muchos dicen inspiración) en una secuencia de jugadas que resulta dialéctica, el juego fácilmente trasciende el tablero y puede establecer una especie de educación general, algo parecido a una teoría de conjuntos sentimental o, mínimo, más justas coordenadas de comprensión y relación con nuestros vecinos.
Para los hindúes, el ajedrez “cura la mente enferma y la ejercita en la salud. Es el descanso para el intelecto sobrecargado y el relax para el cuerpo fatigado. Alivia las penas y aumenta el sentimiento de felicidad. Enseña a dominar las pasiones y a ser cauto”. Por si fuera poco, el mismísimo Hipócrates recetaba ajedrez contra la diarrea y la erisipela.
Ya estoy citando a Quevedo, cuando en Casa de locos de amor dibuja a un personaje que “iba a todas las fiestas a enamorarse, haciéndolas días de trabajo, y andaba de casa en casa como pieza de ajedrez, sin nunca coger dama”, pero vamos a tener que dejar otra ocasión no sólo la relación del ajedrez con la literatura, sino las partidas de Goethe, Rousseau, Musset, Tolstoi, Napoleón, Einstein, el Che Guevara…, la partida de Alicia (en el País de las Maravillas) y las extrañas (y geniales) del Barón de Münchhausen, y aun las anécdotas en general, junto a las personales (como cuando pasé 21 horas jugando en el Hotel Muñiz con el periodista Abelito (como lo llama Anituy Rebolledo) Espinoza, quien al último me pagó con un cheque de hule).
Ajedrez en el Cesgro
Empezamos un club de ajedrez en el Centro de Estudios Superiores Guerrero (Cesgro), en Chilpancingo. Tres tableros, para empezar, para los estudiantes que sepan jugar y para los que quieran aprender. Con el maestro Delfino Martínez, no vamos a “descubrir” campeones: queremos, apenas, sugerir la minuciosa complejidad de un juego inteligente y divertido como ninguno más, y propiciar un ambiente para su conocimiento y desarrollo.
Ahora que las computadoras están planeando el último match contra la capacidad humana con cibernética virulencia, empezamos por el principio, sin obligación curricular, fuera de clase, por gusto. Que los aprendices comprendan el movimiento de las piezas, su relativo valor, la importancia de su desarrollo, el dinamismo, en fin, del milenario juego de los trebejos. En esas vamos. Qué tal si, en una de esas, mientras juegan una partida, los jóvenes estudiantes dejan de hacer como que nomás le quieren ganar a su compañero de clase y llega a intuir que están experimentando una operación geométrica, matemática, mágica y artística que por instantes les revela capacidades de su ser que no habían sospechado.




