Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Cómo han pasado los años (XXI) Los primeros hospitales

*Para el doctor Martín Muñoz Mendoza, por su amistad y larga fidelidad para esta Contraportada

Los peregrinos

Hernán Cortés venía a lo que venía. Venía por todo el oro del mundo que le habían dicho le aguardaba en estas tierras. Todo lo demás eran para el gran capitán ¡purascoñetas! Obedientes, los soldados del conquistador no despegan la vista de los caminos en busca de pepitas áureas y hurgan en las montañas la presencia de minas del mismo metal. Un grupo de ellos recorre lo que es hoy la Costa Grande y llega a una bahía que los deslumbra porque sus ojos jamás habían visto cosa igual. El cronista por excelencia de Acapulco, Don José Manuel López Victoria, data aquel encuentro en la primavera de 1523. La expedición se marcha enseguida hacia la Costa Chica.
Los españoles que sí llegaron para quedarse lo harán cuatro lustros más tarde y esto después de la complacencia del virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco padre (1550-1564) –su hijo del mismo nombre, también Virrey, será propietario tres décadas más tarde de una huerta de frutales en este puerto y cuya localidad conserva desde entonces el nombre de Icacos, el fruto esponjoso de aquel sembradío–. Luego de un temerario recorrido por una vereda que subía y bajaba y que a veces se perdía por la voracidad de la selva, llegan los peregrinos a puerto. Se trata de 30 familias españolas lideradas por don Fernando de Santa Anna, asentándose frente a la Playa Grande (hoy, Zócalo). Con la ayuda de los naturales construirán sus casas de paja y de bajareque.
Los apellidos de aquellos primeros pobladores de Acapulco eran Martínez, Chávez, Vaqueiro, Solís, Romero, Llorente, Gómez, Herrera, Varela, Muñoz, Torres, Estrada, Pérez, Miranda, Guillén, Blanco, Riva, Pino, De Iralia y Barrera. A solicitud de ellos mismos, necesitados de auxilio espiritual, la curia metropolitana designará como párroco del puerto al bachiller Francisco Dorantes. Los males del cuerpo se atendían con los remedios caseros traídos por las mujeres desde la madre patria. Habrá ocasiones, sin embargo, en que tengan que ponerse en manos de los brujos y hechiceros locales.

Mandinga

Uno de tales chamanes fue el esclavo liberto llamado Tomás Mandinga, adoptando como apellido el nombre de su tribu africana. La fama del médico brujo crecerá, auxiliado por sus dioses Omulú (de la enfermedad y la cura); Ossaim, (de las plantas y yerbas medicinales) y Xangó (del fuego y la justicia) cuando logre la cura del terrible escorbuto.
Los marineros recién desembarcados harán cola frente a su choza –chaparro, obeso y marcado el rostro con secuelas de viruela–. Buscarán alivio para las encías sangrantes, las llagas del esófago, los dientes flojos y los dolores articulares del mal llamado “peste del mar”. Mandinga tendrá para ellos una pócima a base de jugo de limón, ajo, cebolla y geranio. Y santo remedio. Lejano todavía el permanganato, las enfermedades venéreas constituían el otro azote de los marineros. Ésta era la receta del negro: un compuesto de zarzaparrilla, geranio, doradilla, pirul y las raíces de una planta nunca revelada por el curandero.
La perdición de Mandinga llegará aparejada con la preparación de un champurrete destinado a un jovencito apetecido por una rica cincuentona. La pócima contendrá damiana y “pastorcita,” pero la vieja calentona exigirá una dosis excesiva de “toloache”. El chamaco no quedará loco pero si un poco pendejo, con el consiguiente escándalo social. El Santo Oficio entrará en acción para dejar a Mandinga en calidad de puerquito rostizado.

Remedios acapulqueños

Antes y después de Mandinga, los acapulqueños patentaron centenares de remedios caseros, basados todos en la botánica , la zoología y la mineralogía de la región. La “tripa de judas” era (y sigue siendo) muy efectiva para curar el reumatismo y ni se diga de la mariguana en alcohol. Las “casitas de huachichil” hacen desaparecer las paperas, mientras que el sarampión es menos agresivo con el tlacancuayo. El chilacayote elimina la sarna y la tiña, en tanto que el epazote, además de darle sabor al caldo, ahuyenta el mal de San Vito. La retama es buenísima para los riñones. Un listón rojo anudado al cuello previene al portador de un ataque al corazón. Un caldo del pájaro “corcocho” es eficaz auxiliar en el tratamiento de la demencia, lo mismo que los piquetes de avispa amarilla culona. La “tiricia” (ictericia) cede comiendo “chicurro sancochado” y para los casos extremos de este mismo mal se recomienda polvos de calavera en caldo de pollo.
Los efectos cáusticos provocados en la piel por el roce con la ortiga llamada tetlatía, disminuyen con baños de agua de coco. ¿Quién ignora que el mal de ojo se previene atando un listón rojo en el cuello o la muñeca del bebé e incluso un ojo de venado? ¿Y que el coraje desaparece con la ingestión de tres cucharaditas de los orines del propio enfermito, en los que se han remojado dos hojas de tabaco durante 24 horas? El mal de amores no es de ninguna manera exclusivo de los jóvenes, lo padecen también los rucos. El curandero rocíala cara del paciente con agua salada, le pasa una vela apagada por el cuerpo, lo sahúma con copal y finalmente le frota el cuerpo con saliva de mujer preñada.

El primer hospital

El primer nosocomio formal de Acapulco fue instalado por fray Bernardino Álvarez (1514-1584), fundador de la orden de los Hermanos de la Caridad de San Hipólito, la primera orden religiosa de México. Se llamó hospital de Nuestra Señora de la Consolación, una modestísima casa de madera que en 1590 será pasto de las llamas. La quemazón no le tocará, por cierto, al joven Felipe de las Casas. El llegará meses más tarde para embarcase en la nao “Santiago” con destino a Filipinas . Ya no regresará, pero su sacrificio en Japón lo elevarán a los altares como San Felipe de Jesús.
Fue fray Bernardino Álvarez un místico ojo alegre y muy arrecho. El Tribunal del Santo Oficio lo refunde en las mazmorras de Necatitlán, bajo los cargos de tener amoríos con varias mujeres casadas. Atrevida, una de aquellas mujeres propicia su fuga y traslado posterior al virreinato del Perú. Pasados 30 años regresa a tierras novohispanas convertido en un potentado. Viene arrepentido de su concupiscencia y dispuesto a reconciliarse con Dios. Expía sus culpas fundando hospitales como el que tiempo atrás había construido en Acapulco. Entre otros: San Hipólito, en la capital de la Nueva España, con 85 camas, Veracruz, Perote, Oaxaca y Puebla. El de San Hipólito será el primer hospital para dementes de toda América, al que mas tarde modernizará don Porfirio Díaz bautizado por los chilangos como “La Castañeda” o “ La casa de la risa”.

Hospital Real

Pasarán muchos años hasta contar ocho cuando se termine un nuevo hospital en Acapulco. Se agradecen las gestiones de los virreyes Luis de Velasco y Gaspar Zúñiga y Acevedo ante el rey Felipe II .Por tal intervención el nosocomio será bautizado como Hospital Real de Acapulco, aunque también será conocido como de San Hipólito Mártir, atendido por los monjes hipólitos. El edificio medía 55 varas de frente por 40 de fondo, localizado en la explanada de la Real Fuerza (fuerte de San Diego). Contaba con 50 camas (petates viles) distribuidas en cinco salas de internación: San Roque, San Rafael, NS de la Consolación, NS de la Soledad y Eticos.
Se cuenta que el navegante Alejandro Malaspina, recién llegado al puerto, internó en el hospital a varios de sus tripulantes. Los confía al cuidado de su médico de abordo , pagando no obstante dos reales diarios. El salario de un doctor era de 85 pesos anuales y la medicina se vendía cara, al decir de los lugareños.
Más adelante, el monarca español aprobará la iniciativa del virrey Rodrigo Pacheco y Osorio para asegurar el sostenimiento del nosocomio. Una de ellas será la aplicación de una cuota a la marinería de las Naos de Manila, equivalente al dos por ciento de sus haberes. Un antecedente remotísimo del Seguro Social.

Los partos ocultos

Los hipólitos del Hospital Real de Acapulco rechazaron la propuesta del obispo Lorenzana de fundar aquí el Departamento de Partos Ocultos, creado por él en la ciudad de México. Se ubicaba junto al Hospital de los Pobres, dedicado exclusivamente a mujeres españolas embarazadas, señoritas o casadas. Se exigirá por ello discreción absoluta como única manera de guardar el incognito de las pacientes, particularmente aquellas preñadas sin la intervención del marido.
La dama que solicitaba tales servicios había sido aconsejada por su confesor , a condición de que fuera sola y con el rostro cubierto, capucha eliminada solo en casos de emergencia. Una vez ingresada, la parturienta era alojada en una celda aislada La identidad de la mujer era conocida únicamente por su confesor, quien llevaba un registro personal usado únicamente en caso de muerte.
Después de la cuarentena, la dama abandonaba el hospital. Las casadas , frente al marido, inventaba estar dedicadas al servicio del Señor ayudando a niños y menesterosos. Las solteras, en lo suyo. ¿Y el producto? Pocas serán las recién paridas que carguen con “el fruto del pecado” y por ello los recién nacidos serán enviados a “La casa real de expósitos” (niños abandonados).

Convento de San Francisco

Gracias a la solidaridad de los acapulqueños y a la ayuda material y económica de la gente de mar, se inicia en 1607 la construcción del convento de San Francisco. Se le ubica en el lomerío localizado atrás del hoy templo de la Soledad (hoy ex palacio municipal).
Tales instalaciones pasan en 1632 a manos de los religiosos de San Hipólito quienes, fieles a su vocación, las convierten en hospital. Nunca suficiente para atender la gran demanda, cuyo incremento resultaba escandaloso durante la Feria de Acapulco, celebrada con motivo del arribo de la Nao de Manila (hasta ocho mil visitantes de fuera). Distante la capital novohispana “ciento diez y un cuarto de leguas”, el surtido de medicinas resultaba casi imposible. Los corredores del inmueble de adobe y teja estarán diariamente pletóricos de pacientes con diarrea, calenturas, piquetes de alacrán, tisis y muelas podridas, entre otros muchos males.
A partir del siglo XV y hasta los albores del XIX, la atención hospitalaria en el puerto estuvo en mano de religiosos. Será en los inicios del XIX cuando se pueda contar con cirujanos de la Real Armada y el Ejército además de civiles generalmente religiosos.
Sobre las ruinas del convento de San Francisco se construirá el palacio municipal de Acapulco, vigente hasta los años 50 en que sucumbirá a causa de un terremoto. Ahí mismo, surgirá el edificio redondo que hoy alberga oficinas municipales.

El Jefe Morelos

Cuando don José María Morelos y Pavón ataca a Acapulco no perdona el convento franciscano por parapetarse dentro una fuerza realista. Lo cañonea destruyendo una sección del inmueble. La que quede en pie la utilizará él mismo como hospital.

Reforma

En plena Reforma (1867), Juan Soriano, su esposa y un grupo de vecinos acondicionan una casa para instalar en ella un hospital, ajeno completamente a toda connotación religiosa. Se sabe que el establecimiento subsistió hasta fines del siglo XIX y que en 1940 había sido convertido en hospital militar.

Hospital Morelos

En plena transición entre los siglos XIX y XX, el doctor Antonio Butrón Ríos, alcalde de Acapulco hasta en tres ocasiones, construye el hospital civil en el cerro de las Iguanas, más tarde Morelos, y establece en la isla de la Roqueta una leprosería.

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