Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

*Mi voto a favor de que la mujer decida libremente sobre su cuerpo y el Estado proteja su salud, en contra de que  la religión la satanice

El gobernador legítimo

Entre los connotados dirigentes políticos de izquierda que vinieron a Zihuatanejo, invitados  para apoyar la lucha que desarrollamos localmente desde el PRD, estuvo el ingeniero Heberto Castillo en 1990.
A Heberto lo conocí personalmente en 1974, en un mitin promoviendo al PMT en la plaza Hidalgo de Coyoacán.
Desde entonces seguí de cerca todas sus actividades, celebrando su valentía, su claridad política y su capacidad intelectual.
Los pasajes de su vida que más recuerdo fueron cuando se enfrentó a golpes contra los judiciales que pretendían detenerlo como acto intimidatorio por sus críticas al gobierno de José López Portillo.
–No hay que darle el gusto al gobierno de morirnos de sopetón, hay que entregarle la vida en abonos, le dijo al viejo dirigente panista Luis H. Álvarez para convencerlo de la inutilidad de la huelga de hambre que encabezaba en Chihuahua en protesta contra el fraude electoral.
Heberto a menudo criticaba la actitud de los militantes de izquierda que en las manifestaciones respondían a los ataques de los granaderos gritando la vieja consigna: ¡Juntense! ¡Juntense! ¡Júntense!, juntándose como borregos para que los golpes fueran parejos, cuando la lógica indicaba que en esos casos lo correcto era salvarse de los golpes corriendo cada quien en desbandada.
Decía convencido que con los pendejos había que guardar una sana distancia porque es como las enfermedades contagiosas.
El modo de explicar sus puntos de vista en las reuniones, en sus artículos periodísticos y en las entrevistas era utilizando los ejemplos de la vida real de manera amena.
Nuestra invitación para visitar Zihuatanejo fue a través de su hija Laura Itzel, amiga y compañera nuestra desde el PMT.
En aquel año en nuestro estado de Guerrero aún estaba fresca la elección estatal de gobernador que Félix Salgado Macedonio encabezó como candidato de izquierda, derrotado por el priísta René Juárez Cisneros, y en lugar de ver hacia delante para fortalecer al PRD, se empeñó en una desgastante lucha postelectoral que nada aportaba al avance del partido.
En la sobremesa de la cena que le ofrecimos en el desaparecido restaurante La Bocana, después de su conferencia en la explanada de la preparatoria 13, Heberto Castillo haciendo gala de su sarcasmo se refirió a la actitud asumida por el ex candidato del PRD quien se había proclamado gobernador moral, después de la larga marcha de protesta que miles de guerrerenses realizaron contra el fraude electoral desde Chilpancingo a la capital de la república.
Para responder que le parecía una inocentada la postura del también llamado Toro sin Cerca, el ingeniero Castillo recurrió al ejemplo:
–La postura del Félix es como la de aquel hombre al que le robaron la novia en el preciso momento que se estaba casando.
–En lugar de haber defendido su honor como correspondía, el ofendido se consolaba del penoso suceso con el hecho de que la gente lo reconociera como el marido legítimo, mientras el hombre abusivo le hacía los hijos a la novia robada.

¡Y ora qué digo!

Arturo estudiaba el primer año de economía. Era delgado y tenía un ligero problema de dicción que lo hacía tartamudear. Su problema se agudizaba cuando se ponía nervioso y eso siempre sucedía cuando tenía que hablar en público.
Lo conocí en el comité delegacional del PMT en Coyoacán, en la segunda mitad de los setenta. Llegó un día a la oficina con el ánimo de participar en la política partidista y se entusiasmó en la idea de vencer su tartamudez practicando en confianza con los militantes del PMT desde el trabajo popular en las colonias del Pedregal de Santo Domingo.
Arturo soportaba estoicamente  las bromas que le hacíamos por su hablar “tacuarete” convencido de que con paciencia podía superar su mal.
Recuerdo que en la lucha emprendida por la defensa de Pemex los militantes de Coyoacán decidimos hacer una gran pinta en una barda kilométrica que cercaba un terreno baldío vecino de la casa del ingeniero Heberto Castillo en la calle de Cerro del Agua de la colonia Copilco.
Como Arturo fue el de la idea de hacer la pinta, tuvo a su cargo la consigna y delinear las enormes letras de la consigna que en ésa época pintábamos con chapopote diluido en petróleo para abaratar costos.
En el relleno de las letras todos participamos pensando terminar en un santiamén para evitar ser sorprendidos por alguna patrulla de la delegación que entonces cuidaba con celo la virginidad de las bardas.
Ya concluida la pinta nos dimos cuenta del error garrafal cometido en la consigna. Se leía: ¡Defendamos nuestro PETROPETROLEO!
Y ni cómo borrarla sin hacer más ostentoso el error.
Para burlarnos del compañero cuyo error nos haría quedar mal con nuestros dirigente, le recomendábamos que mejor silbara cada vez que salía de brigada para hacer pintas, para no dejar huella de su tartamudez.
Lo cierto es que en poco tiempo de militancia mejoró notablemente su dicción y fluidez de manera que cuando sintió suficiente confianza en sí mismo pidió la oportunidad de participar al micrófono en un mitin.
Su oportunidad la tuvo en un lugar y en un momento especialmente álgido donde se registraba un enfrentamiento entre grupos locales que pretendían erigirse en representantes de una colonia irregular, entonces la estrategia del partido era plantear  consignas generales para poner la unidad de los vecinos por encima de sus diferencias.
Luego de que con la primera intervención en el mitin relámpago se consiguió la atención de los vecinos, tocó el turno de Arturo quien aprovechando el impulso del primer orador prosiguió en esa idea:
-¡Somos portadores de los postulados de Francisco I Madero, de Pancho Villa, de Emiliano Zapata…
En ése momento del discurso el orador se distrajo frente a  los vecinos que del enfrentamiento verbal pasaron a los golpes, lo que provocó en el orador un pánico escénico que lo hizo olvidarse de todo, y sólo pudo guardar la compostura cuando el dirigente del comité del partido lo urgió para que continuara hablando como estrategia para calmar los ánimos.
Arturo entonces quiso sacar la casta volviendo al micrófono para recuperar la plaza.
-Somos, somos….. ¡Qué más digo compa! preguntó desesperado buscando con la mirada al compañero más cercano, al tiempo que bajaba el micrófono en clara señal de que rendía la plaza.

468 ad