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Llevan en Quechultenango centenaria ofrenda para manantial que “da vida a las cosechas”

Anarsis Pacheco Pólito

Chilpancingo

Como cada año desde hace más de cien, los pobladores de Quechultenango realizaron ayer una ofrenda para el manantial que da vida a las cosechas y mantiene a los pobladores de la comunidad, bajo la coordinación de los padrinos y los mayordomos de San Marcos.
Con el caluroso y abrumador sol en el cenit, los pobladores de Quechultenango –en su mayoría campesinos–, se reunieron en la casa de los padrinos de la ofrenda, Aarón Cortés Corona y Lisbet Gerbacio Escobar, quienes arreglaban los últimos detalles para empezar el peregrinaje hacia el manantial que da vida al río Limpio, que abastece al pueblo y comunidades vecinas.
Las calles del poblado estaban siendo azotadas por los inclementes rayos de sol, pero a pesar de ello los participantes calmaban el calor con unos cuantos tragos de mezcal, que repartían los padrinos, mientras llegaban los músicos para comenzar el recorrido hacia el ojo de agua.
Al final de la calle donde viven los padrinos se podía los siete músicos que desde lejos iban repartiendo notas por el asfalto para avisar a los vecinos que ya iba a empezar el recorrido, escoltados por unos cuantos cuetes que le ponían la sal y pimienta de la celebración.
Entre notas musicales de un bajo y un tambor parchado ante la carencia de apoyos para la banda de músicos, inició la procesión hacia el ojo de agua que se encontraba a cuatro kilómetros de terracería fuera del poblado.
El contingente era dirigido por el huentli (ofrendador), hombres que van bailando con máscaras, sombreros y en sus manos llevan ramas con las que simulan efectuar una limpia a las personas que encuentran a su paso, seguidos por los músicos, quienes marcan los caderazos de cada huentli a su paso y después siguen los padrinos mayordomo repartiendo el mezcal a los habitantes.
La procesión atraviesa el puente del río Huacapa, que luce árido y habitado por botellas de plástico, de ahí el contingente sigue su camino hacia la antigua Hacienda de San Sebastián que ahora funciona como una rudimentaria bodega de fertilizante.
Entre más va avanzando la procesión por el camino, ésta se va convirtiendo en un calvario pues está constituido por rocas y tierra roja árida que levanta una capa de polvo al paso de los marchantes, que son interceptados por otro contingente de la colonia San Sebastián para acompañarlos a dejar la ofrenda al manantial.
Al salir de la última de las comunidades vecinas, los peregrinos suben a las camionetas que los iban escoltando desde el principio para poder llegar hasta el ojo del agua, que es rodeado por una vegetación muy seca y por tierra roja.
Mientras más se acerca al manantial se pueden leer algunos letreros improvisados que dicen que se proteja la escasa vegetación y que no se tire basura.
Para encontrar el ojo de agua las camionetas se deben estacionar y continuar el camino a pie medio kilómetro de escabrosa cuesta abajo para llegar al sitio en donde se colocara la ofrenda de flores y veladoras.
Al llegar la banda al ojo de agua, lo primero que interpretan son Las Mañanitas, mientras los padrinos y la gente que llevan ofrendas las colocan entre las piedras que resguardan el manantial.
Después de descansar un poco y esperar a los demás pobladores, se realiza una misa por el cura del pueblo para celebrar a San Marcos.
Después de la misa, los padrinos y mayordomos se reúnen para escoger quiénes serán los próximos encargados de la limpieza del área, así como los que aportarán el recurso para la comida, músicos y mezcal, entre otras cosas.
Lisbet Gerbacio Escobar y Aarón Cortés Corona han sido los padrinos durante diez años pues explican que para ellos es una tradición necesaria que ayuda a concientizar al pueblo sobre la protección del agua, pues al regresar a colocar la ofrenda se pueden percatar lo poca que cada año hay en el lugar.
Comentan que todos los años vienen a pedir por que haya agua para que las cosechas se den para alimentar a la familia y a la comunidad pues todos en el pueblo son uno mismo y se deben cuidar con un recurso natural invaluable.
Lisbet Gerbacio Escobar señaló que su madre Alejandra Escobar Hernández fue la que organizó durante 20 años la realización de esta ofrenda y que al igual que ella lo hacen con gusto porque es un bien común.
Durante 30 minutos los padrinos y mayordomos discutieron y analizaron la situación para nombrar a los siguientes mayordomos para que el próximo año pueda realizarse la celebración al manantial y a San Marcos.
La otra ofrenda

Al término del nombramiento de los nuevos mayordomos, don Justino fue el encargado de realizar la otra ofrenda que se desarrolla más abajo del ojo del manantial, adonde fue acompañado sólo por un grupo pequeño.
La ofrenda es hecha al “amigo” desde hace más de 50 años y don Justino es el único que lo hace, subiéndose a una piedra grande con formas caprichosas que se encuentra a la orilla del río, en donde subió con ayuda de dos jóvenes para que le pudiera pedir al “amigo” –el Diablo–, por unas buenas nubes de lluvias y seguridad para la siembra, y ahí le colocaron unos platos de comida y unas veladoras.
Después de las dos peticiones se regresaron al ojo del agua en donde también se le pidió al manantial su abundancia en este año, entre mezcales, ocote gritos y rezos, por un mejor año para la siembra.
Cuando se concluyeron los rituales, cada uno por separado, la gente se dispuso a comer una barbacoa cocinada en cooperación, así como también un mole verde y entre bocados la gente se acercaba al ojo del manantial para tomarse un mezcal a la salud de San Marcos.
Algunos de los asistentes estaban al pendiente de que todos comieran sin excepción y también de que recolectaran su basura y todo lo que afectara al medio ambiente con la finalidad de seguir cuidando la zona.

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