Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Lorenzo Meyer

AGENDA CIUDADANA

*Un informe sobre el estado de la Nación

*Un diagnóstico sobre la visión que los ciudaddanos tienen del sistema político en que viven, muestra que la incredulidad es la actitud dominante”

Diagnóstico. El Instituto Federal Electoral ya no existe pero con su pie de imprenta acaba de publicarse un Informe país sobre la calidad de la ciudadanía en México, (IPCCM). El diagnóstico sobre la salud de nuestra democracia es sombrío.
El IPCCM describe y en parte explica la visión dominante entre los mexicanos de aspectos clave de nuestro sistema político. El resultado no debería sorprender pero sí alarmar.
¿Democracia? ¿Hasta qué punto los mexicanos de hoy consideramos que el sistema político en que nos movemos es realmente democrático? Las respuesta de 11 mil encuestados, seleccionados para constituir una muestra representativa a nivel nacional que tomó en cuenta la distribución por regiones, edades, género, estructura social, etcétera, nos dicen que un problema fundamental del último intento por hacer realidad la democracia política en México –los anteriores y fallidos en gran parte fueron la Constitución de 1812, las constituciones de Apatzingán y de 1857, el triunfo maderista de 1911 y la Constitución de 1917– es la desconfianza. Desconfianza de unos mexicanos respecto de otros y del conjunto frente a la autoridad y sus instituciones. Y todo esto ha desembocado en un marcado desencanto con la supuesta transición del autoritarismo a la democracia en este siglo y sus resultados (pp. 19-20).
Si la idea en el 2000 fue arrancar el proceso de transición del autoritarismo a la democracia con elecciones creíbles para luego movilizar la energía colectiva y edificar una ciudadanía vigorosa y un auténtico Estado de derecho que permitiera también exigir a esos ciudadanos el cumplimiento puntual de sus obligaciones para con el conjunto –el pago de impuestos equitativos y el respeto a la legalidad–, entonces esa idea ya falló. Tras un comienzo aceptable, el proceso electoral pronto perdió credibilidad no obstante el costoso aparato para organizarlo y garantizarlo. Hoy, y de acuerdo con el IPCCM, apenas un 34 por ciento de los encuestados confía en la autoridad electoral y en el centro y sur del país, esa confianza sólo la tiene el 28 por ciento (pp. 127-128 y 139). Y si el dato anterior lo cotejamos con otras cifras, como las que da Alejandro Moreno, resulta que ya en 2012 el 51 por ciento de los encuestados consideró que había razones para dudar de la veracidad de los resultados oficiales de la elección de ese año, (Este País, marzo 2014, p. 11).
(Des)Confianza. En 2006 se perdió la gran oportunidad de afianzar una confianza que apenas empezaba a brotar entre los ciudadanos en relación al entramado institucional. De acuerdo con el IPCCM, hoy difícilmente tres instituciones tienen la confianza de poco más de la mitad de los mexicanos: el Ejército (62 por ciento), los maestros (56 por ciento) y la Iglesia (55 por ciento). En el otro extremo, en el de la desconfianza casi pura, se encuentran diputados, partidos políticos, sindicatos, policías y jueces, (pp. 127-128).
Es significativo que los mexicanos confíen menos en sus legisladores que en la policía, una institución que carga con una desconfianza histórica. En teoría, lo presentado, discutido y aprobado por los legisladores sería lo más cercano a la voluntad del pueblo. Sin embargo, como esos personajes representan en realidad los intereses de una partidocracia muy desprestigiada, menos del 20 por ciento de los ciudadanos les ve como encarnación de la soberanía.
Un sistema político donde menos de la quinta parte se siente representado por aquellos que se supone encarnan la soberanía, puede calificarse de varias formas pero no de democrático. Peor aún, en un ambiente público como el nuestro, caracterizado no sólo por la baja estima de los “representantes populares” sino por la corrupción, la violencia, la inseguridad, la desigualdad y una economía sin brío, la confianza entre los propios ciudadanos –confianza social– es muy poca. De acuerdo con el  IPCCM, a nivel nacional sólo el 28 por ciento de los ciudadanos confía en sus semejantes, y aunque en Sonora esa confianza llega al 35 por ciento, en Veracruz desciende al 15 por ciento, (p. 126).
En fin, que el IPCCM es una feria de índices de incredulidad. Sólo el 27 por ciento no recela de los empresarios y apenas el 24 por ciento de los jueces. Y las variaciones regionales son notables: en la región centro apenas un magro 13 por ciento admite tener confianza en los partidos y un 11 por ciento en los diputados.
Desastre. Los redactores del IPCCM se dicen “preocupados” por lo que encontraron (pp. 144 y ss). Y es que sus datos demuestran que México hoy no es una democracia con problemas sino un sistema sin definición, un híbrido donde los rasgos democráticos son islotes rodeados de elementos del pasado y el sistema en conjunto ha desarrollado patologías muy serias.
Problema. Cuando se puede definir un problema pero no su solución, entonces el asunto deja de ser problema para convertirse en algo peor. En este sentido, es de desear e intentar que el problema expuesta en el IPCCM, y que es histórico –la enorme distancia y desconfianza entre la clase política y la sociedad mexicana– si tenga solución, pues de lo contrario México, como proyecto nacional, carece de sentido.

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