Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Aurelio Peláez

Se sabe que para elevar la moral de los deportistas, muchos directivos utilizan diversos recursos. Desde llevar siquiatras para darles charlas o ponerles la película de Rocky 1 con el  soundtrack musical a todo retumbar; retacarlos con We are the champions de Queen, o dejar que sus esposas los visiten en las concentraciones, en el caso de algunos equipos de futbol de Mundial de Brasil (Por cierto, no se sabe de decisiones en el caso contrario en otros lares: equidad, demandará alguna política).
Esas artes motivacionales tienen mucho de importación, cuando aquí tenemos respaldos y de sobra para vitaminizar la actitud de nuestros representantes nacionales ante otras potencias extranjeras. Las que no lo son entrarían a un rango de sobrellevarlas nomás con el Cielito lindo.
Lo que uno pensaba es que ahí no hay una continuidad histórica en la preparación del representativo mexicano, que se queda en llevar como estandartes motivadores de la cultura deportiva nacional a El Chapulín Colorado o El Chavo del Ocho –qué se van a espantar de Centroamérica para abajo si siguen destornillando de risa 30 años después de que esos programas bajaron la cortina, uno ya ni se acordaba…
Lo que uno decía es que la falta de cultura de los directivos de la selección los llevó a omitir respaldos culturales motivadores como ciertas películas de Tin Tan y Resortes. No, si la historia enseña. Ahí está por ejemplo El vividor, la película dirigida por Gilberto Martínez Solares y estrenada en 1955, con Tin Tan en plan de mil oficios, y de donde se tendría que concluir que la picardía mexicana nos viene en la sangre y que quizá nuestro último y marrullero representante fue Cuauhtémoc Blanco. Regresando a la película, habrá que revisar la multitud de jugadas que nos regaló en ese film Tin Tán como un delantero impostor del Atlante, entre ellas la de terminar con la pata enyesada, que no fracturada, para meter un golazo, con todo balón y portero al fondo de la red.
Y qué decir de El futbolista fenómeno (1979) con un Resortes ya veteranísimo pero fenomenal, gracias a encomendarse no a los dioses del estadio, sino a unos marcianos que lo dotan de poderes –el balón responde cual perro fiel a sus silbidos, quihubo– y juega para un superequipo, cuál más, el Toluca.
Por eso fracasamos. Los directivos no saben nada.

468 ad