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Tomás Tenorio Galindo

La opción Zeferino para el PRD

Es un hecho de sobra conocido que Zeferino Torreblanca no pertenece al PRD. Nada tendría de particular este dato, y de ningún modo le impediría ser candidato de ese partido a la gubernatura, si no fuera porque su trayectoria personal, su hoja ideológica y sus acciones políticas lo sitúan bastante lejos de la plataforma ideológica, del origen social y de la práctica política del Partido de la Revolución Democrática.

¿Es un problema del contador Torreblanca o un problema del PRD? En realidad es de ambos.

En fechas recientes, el diputado se ha esforzado por proyectar una imagen cercana al PRD y ha proclamado una vocación perredista que no encuentra sustento en el registro de sus actividades públicas. Al contrario, no son escasas las pruebas del distanciamiento que Zeferino Torreblanca ha mantenido respecto a las posiciones del PRD. Por ello, esas declaraciones suyas parecen destinadas a subsanar un vacío en su perfil, vacío que se ha hecho evidente en la antevíspera del proceso de selección del candidato perredista al gobierno de Guerrero.

Pero quizá sea demasiado tarde para esa operación. Porque el problema no es tan simple como quizá crean en el equipo del ex alcalde, y porque se sitúa en el centro de la discusión que indudablemente se producirá en el perredismo en torno a la figura que deberá representarlo en la disputa del 2005.

Por más que postule su simpatía, Zeferino Torreblanca no se convertirá al perredismo de la noche a la mañana. Más aún, en esta contienda lo más honesto y políticamente conveniente para él será que no pretenda hacerse pasar por alguien que no es, y mantener su perfil original. Eso probablemente no le consiga más votos de los que ya tenga, pero evitaría una tremenda confusión política –y hasta una farsa ideológica de graves consecuencias– si obtuviera la candidatura y luego ganara la gubernatura.

El hecho incontrovertible es que, en esta última eventualidad, Zeferino Torreblanca no llevaría al gobierno la plataforma del PRD, sino la suya. Como lo hizo durante su mandato en Acapulco, donde gobernó de acuerdo con sus muy respetables posiciones particulares.

Es de reconocerse que Zeferino Torreblanca es congruente con su formación empresarial. Es esa formación empresarial la que lo hace un buen administrador, como él mismo se ha definido, y la que le ha impedido desarrollar la capacidad para negociar y gobernar con sentido político. El individualismo que suele practicar es notable y no fortalece sus aspiraciones. Por eso han tenido repercusión los reproches que le han lanzado desde la estructura estatal del PRD, recordando que en su anterior diputación (a la que lo llevó el PRD) de inmediato e inexplicablemente se declaró independiente, y que en Acapulco ejerció el poder prescindiendo groseramente de los partidos que hicieron posible su triunfo.

Sólo la adopción de compromisos serios le permitiría a Zeferino Torreblanca dejar atrás esa imagen de político oportunista. Cualquiera le aconsejaría eso. Pero he aquí que el ex alcalde de Acapulco peca además de terquedad, pues hasta donde se sabe se ha negado a dialogar con sus contrincantes para negociar y hacer pactos políticos. Es un político que no quiere hacer pactos con el partido que eventualmente lo postularía a la gubernatura. Es tal el grado de confusión al que ha llegado, que parece ignorar el hecho fundamental de que su principal apoyo político (Rosario Robles), abandonó la dirigencia perredista desde donde lo estuvo sosteniendo como precandidato.

La cuestión de fondo es si el estado necesita un gobernador como el que sería Zeferino Torreblanca, quien aboga por una noción administrativa como proyecto, o si el trazado de las coordenadas sociales y las condiciones de pobreza apunta hacia otro lado.

Sin una sólida batería de compromisos de gobierno (lo que no significa un burdo reparto del pastel), para el PRD la candidatura de Zeferino Torreblanca supondría el riesgo de repetir el craso error de Nayarit, donde lanzó al empresario Antonio Echevarría sólo para verse despreciado una vez obtenidos los fines personales del ex priísta.

Atrapado entre su vocación personal, que lo arrastra hacia un perfil que choca con el PRD, y su necesidad de un partido que avale su candidatura, Zeferino Torreblanca tendrá que dirimir en su fuero interno si quiere ser realmente un candidato del PRD o sólo emplear las siglas para treparse al poder. Y este partido, por su parte, tendrá que elegir entre tener un candidato de incierta ideología, o uno realmente suyo, por ideología y origen. Esta disyuntiva habrá de resultar fundamental para el estado, de eso no hay ninguna duda, y el PRD debe tomarla con toda seriedad. Todavía tienen tiempo los perredistas para resolver el dilema.

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