Héctor Manuel Popoca Boone
Satyagraha
La fuerza de la verdad (satyagraha), conjuntamente con la no violencia (ahimsa) y la resistencia pacifica, constituyeron los vértices fundamentales en los cuales Mohandas Karamchand Gandhi cimentó la lucha de liberación de los pueblos hindú y pakistaní del colonialismo inglés.
Estas concepciones siguen teniendo una vigencia de gran significado y de propiedad grande, en la interminable saga de aquellos pueblos que se afanan por salir del atraso y la pobreza que los embarga. En este artículo me constreñiré a valorizar la satyagraha, es decir, la fuerza de la verdad.
No hay duda que hoy en día, lastres y lacras como la corrupción, la simulación, la demagogia, la retórica y la mentira; todas ellas acompañadas de buena dosis de impunidad, imposibilitan a los pueblos transitar a estadios superiores de civilidad y prosperidad.
Tales calamidades corrosivas no sólo permean el entramado institucional gubernamental, sino también han penetrado, hondamente, en la urdimbre social. Han pasado a ser parte de la conducta cotidiana pública, social y privada. Lamentablemente se han convertido en reglas del juego no escritas pero aceptadas, acatadas y toleradas por la mayoría.
A tal grado ha irradiado este enraizamiento de usos y costumbres pervertidas, que la erradicación de las mismas se torna difícil en grado sumo, por la desfachatez y el cinismo con que se ejercitan, dentro de un entorno de aceptación generalizada y bendecidas en la práctica por todas las ideologías políticas, en donde lejos de inhibirlas se propician y fomentan.
La verdad es la antípoda a esas lacras. Buscarla, decirla y difundirla es un imperativo, ahí donde reina la transa, la componenda, el cochupo y la mordida. La ética o la moral social, que nos permite una convivencia y cohesión civilizada, se ve seriamente amenazada por estas dinámicas disolventes, por lo que es necesario anteponerles la fuerza de la verdad. No en balde la concepción revolucionaria indica que la verdad siempre será revolucionaria.
La práctica de encontrar la veracidad de y en los hechos, permite la posibilidad del cambio y la transformación del hombre y su entorno. Enaltece la capacidad humana de trascender la circunstancia presente y construir su destino y provenir con certidumbre. Disminuye los riegos a errar en esa hazaña por contraponerse al engaño y a la farsa.
También la fuerza de la verdad y la luz que de ella emana, le otorgan legitimidad a cualquier obra, acción o norma sustentadas o derivadas de las mismas. Es el denominador común para la construcción de acatamientos y consensos. Es fundamento para otorgar a cada cual lo que le corresponde. Es reconocer y ver reflejado en los demás, lo genuino y digno que queremos de uno mismo. Es pues también la verdad, principio y fin de la justicia y del derecho.
La verdad es libertad. Es acceder a ser libre y no cautivo de nada o de nadie. Es el principio del fin del sojuzgamiento y del sometimiento de cualquiera por cualesquiera razón. Es la génesis de la resistencia frente al avasallamiento o vejación.
También es posibilidad de dilucidar para optar o decidir. Alienta la reflexión en contraposición a la práctica del fanatismo o del fundamentalismo. Es la prevalencia del saber sobre la ignorancia. Da la posibilidad de la crítica y la autocrítica, o lo que es lo mismo: nos enseña la fuerza de las certezas ajenas. Es factor para el discernimiento sobre la congruencia entre el decir y el hacer.
La verdad es tanto reto de conciencia, como de conducta. Las grandes mujeres y hombres de la historia universal la han enarbolado como liberadora de conciencias, acicate de voluntades, guía de acciones colectivas y faro para la selección de alternativas generacionales y civilizadoras. También la verdad conlleva la liberación de las formas del lenguaje y de la expresión; así como de los modos en que estas dan cauce a la toma de conciencia y de compromiso. Siempre es conmovedor y a la vez dramático, ver al ser humano en lucha constante contra su propia conciencia, por la verdad.
Por eso a la verdad, desde siempre, se le han opuesto los intereses ocultos o camuflajeados de carácter político, económico o social, creados a lo largo del tiempo y desarrollados por las ambiciones ilegítimas individuales o de grupo, que buscan beneficiar a unos cuantos en detrimento de los muchos; y que por lo tanto, pretenden permanencias inalterables, obscurantismos reinantes y nulos cuestionamientos.
Por último, educar para la verdad es una asignatura pendiente y en mucho relegada en nuestro sistema educativo nacional. Guerrero además de la no violencia, de la ahimsa, está urgido de adoptar la fuerza de la verdad, de la satyagraha, como sistema y práctica de vida cotidiana, pública y privada.
PD1. Como en los tiempos del huracán Paulina, hoy de nueva cuenta sufre pasmo Juan Salgado Tenorio, ante las corruptelas de algunos líderes copreros.
PD2. En las lidias gubernamentales lo más difícil no es enfrentar el fuego del adversario sino del amigo. ¡Uff!




