Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

 CRONICA MUNICIPALISTA

 * Zihuatanejo  

Es frecuente escuchar  de quienes han conocido Zihuatanejo, la pregunta de cómo está la ciudad.

Desde luego que la respuesta no es fácil porque al hablar de las bellezas del puerto uno se siente apenado o incómodo si no agrega a la plática parte de los hechos que la afean.

Claro, para quienes conocieron este puerto hace muchos años les resulta inverosímil escuchar lo que ha crecido y conocer los problemas que se han acumulados.

Para los más enterados sobre los cambios políticos que se han producido en el municipio la pregunta suele llevar una carga de morbo y también de interés legítimo por conocer hechos innovadores que hablen bien del tino que tuvo el voto mayoritario en las elecciones municipales a favor de un partido distinto del tradicional.

En la respuesta política es obligado recurrir a la experiencia nacional que vivimos en el 2000 y que se repite a todos los niveles: la gente suele crearse demasiadas expectativas en el cambio debido al pecado que cometemos como electores, al no preguntar a los candidatos el cómo y el cuándo para el cumplimiento de sus promesas.

Acostumbrados a que otros piensen y lo hagan por nosotros, a los candidatos que nos gustan los animamos y les ayudamos a montarle al toro y luego, cuando empiezan los reparos, los dejamos a su suerte y les reclamamos su falta de habilidad.

Zihuatanejo como muchas ciudades del país ha crecido y se ha modernizado. Sus males tampoco son diferentes a los padecimientos que viven los pueblos que con ritmo inusitado cambian su rostro provinciano por el que la modernización uniforma: sus semáforos, sus puentes peatonales, sus tiendas grandes y hoteles atrozmente gigantes.

La ciudad tiene como característica particular su identidad multicultural, lo que algunos llaman “falta de identidad”.

Zihuatanejo ya no es la idílica “aldea de pescadores” aunque el número de los paisanos que se dedican a la pesca ronde los 500.

El hecho es que su aporte al consumo de alimentos que demanda la ciudad, provenientes del mar, es poco significativo.

La población nativa quedó en minoría desde hace muchos años sin que se desconozca que las nuevas generaciones de jóvenes son mayoritariamente zihuatanejenses, de padres que llegaron a partir de la década de los ochenta. Eso es parte de lo nuevo.

También lo es que somos una sociedad plural y diversa. Tenemos diferentes procedencias pero hemos  aprendido a desarrollar los caminos de la convivencia para realizar los cambios que se requieren. Cualquiera que eche ojos al comportamiento electoral de los ciudadanos confirmará lo que digo acerca de lo diverso, plural y democráticos que somos.

De ahí que no falten quienes nos dicen que en general la ciudad es hermosa y que nosotros somos demasiado exigentes en las demandas para que se atiendan los problemas.

Quizá eso deba ser otra más de las características particulares de Zihuatanejo.

El hecho irrefutable es que somos una ciudad de cien mil habitantes y si el INEGI dice lo contrario, aquí está el programa Hábitat para confirmarlo y que a nivel federal se instituyó para atender problemas de ciudades que están en ese rango poblacional.

Somos cien mil habitantes que padecemos males comunes y aspiramos a que se resuelvan de la manera más diligente.

En nuestra ciudad se viven las desigualdades más escalofriantes entre opulencia y miseria. Muchas personas ni siquiera se imaginan la vida de los pobres en las escarpadas laderas de los cerros donde no hay calles ni transporte ni drenaje ni agua potable, mucho menos vigilancia, alumbrado público o recolección de basura.

Faltan empleos y también capacitación para el trabajo. No hay equidad en las oportunidades ni en la dotación de servicios públicos.

En las colonias periféricas no hay ley ni autoridad. Cada día de sobrevivencia es una proeza. La delincuencia y la inseguridad es como un tumor que crece. La drogadicción y la prostitución son caminos que se expanden frente a la juventud que crece.

Nadie hace caso a la estadística alarmante de los actos delicuenciales que se producen a diario y al menudeo en las colonias porque sólo prevalece y trasciende al interés de los medios de comunicación más amarillistas.

He caminado por el centro de la ciudad entre cientos de jóvenes que han bajado de los cerros a una tardeada y he vivido un raro desasosiego frente a la enorme vitalidad y violencia que les acompaña, una mezcla de insatisfacción, de odio y deseos reprimidos, rostros embotados por el alcohol y la droga.

Otros grupos, no menos vitales, se preocupan de veras por el entorno, luchan por un ambiente sano y buscan alternativas para el desarrollo. Saben del deber competitivo en un mundo donde domina el mercado y por eso demandan atención eficaz de los servicios públicos a sus tareas para combatir de raíz los problemas de contaminación.

Diligencia en la recolección y tratamiento final de la basura, plantas eficientes para limpiar las aguas residuales, crecimiento ordenado y planeado de la ciudad, rescate y preservación de la bahía.

En general, las preocupaciones comunes pasan por la demanda esencial de que haya más turismo frente al hecho de que cada vez la temporada alta se recorta, y no hay otras opciones que impliquen desarrollo, sólo paliativos como son en su mayoría los gastos en desarrollo social de los tres niveles de gobierno.

En fin, quería escribir sobre el enorme atraco que el gobierno estatal pretende cometer contra la ciudad y sus habitantes, buscando que el gobierno municipal legalice las invasiones que el Fibazi promueve por todo el anfiteatro, y me ganó el intercambio epistolar con amigos que han querido saber del estado actual que guarda la ciudad.

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