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Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

* El regreso del cambio

Hace doce años, el PAN ganó la elección presidencial, inaugurando la alternancia, porque su candidato representaba el cambio; hoy, el PAN podría perderla, porque su candidata representa la continuidad.
Bastaron dos sexenios para que el cambio recuperara vigencia y productividad electoral. El PAN opositor y desafiante de Vicente Fox se convirtió fatalmente en el PAN gobierno, conservador e intolerante de Felipe Calderón.
Hoy, Josefina Vázquez Mota es la única de los cuatro candidatos a la presidencia que no convoca al cambio. Convoca Enrique Peña Nieto: “Queremos para México un cambio con rumbo y con responsabilidad”; convoca Andrés Manuel López Obrador: “La gente quiere un cambio”; y convoca Gabriel Quadri a “un cambio verdadero”.
Y sí, más de 7 de cada 10 mexicanos de clase media piensa que el país necesita un cambio de rumbo… o que cambie al menos la violencia, la inseguridad, la crisis económica, la corrupción, la pobreza extrema y la forma de hacer política.
Por eso, la fortaleza de Fox hace doce años, es hoy la debilidad de Josefina: el deseo de cambio. Lo sabe ella y lo saben los panistas que la acompañan, que tratan de vender a su candidata como “diferente”, eufemismo débil que a nadie convence.
Ese es su problema, que los electores tienen el propio, que definió bien Peña Nieto: “Se ha abusado de la palabra cambio y no se precisa el cambio para qué”.
Sin duda un problema más complejo y trascendente: ¿qué entendemos cuando pensamos en un cambio? ¿Qué queremos que cambie? ¿Qué propuesta de cambio nos conviene, interesa, representa y convence más y mejor? ¿La de Peña Nieto, la de Andrés Manuel… o la de Quadri?
Unos dicen que el priísta no es un cambio de rumbo, que es gata revolcada, que son compromisos sueltos y desarticulados que no construyen un proyecto de nación, y que el regreso del PRI a la Presidencia sería un retroceso peligroso.
Otros dicen que el del Peje es un cambio sin rumbo, una locura caudillista que no garantiza un proyecto de nación, y que los amarillos son peligrosos porque no saben gobernar.
Hay quienes piensan en cambio y entienden seguridad, gobierno eficiente y honrado, empleo, salario suficiente, menos violencia criminal, y que metan a la cárcel a políticos y empresarios que delincan.
Imaginan positivos en lugar de los negativos, buenos donde hay malos, progreso en vez de retroceso, desarrollo a cambio de deterioro.
Hay otros que piensan en cambio y entienden transformaciones revolucionarias y reivindicaciones sociales, en la Primavera de Praga, en la revolución cubana, en la caída del Muro de Berlín.
Imaginan grandes líderes, estadistas gobernando, diputados representativos y respetuosos de sus electores, empresarios responsables y solidarios; en el fin de la pobreza, en jueces sabios e incorruptibles, en policías honrados, valientes y confiables, en un paradigma social, en un nuevo amanecer democrático.
A juzgar por las estrategias de campaña de ambos, más electores se inclinan por un cambio sin sobresaltos. Por eso el primero convoca a un “cambio responsable” (whatever it means), y por eso el segundo proclama una “república amorosa” (whatever it means).
A juzgar por las encuestas, parece que la mayoría se inclina por la propuesta de Peña Nieto y que a este le sirve su desenganche de cualquier discusión y debate con López Obrador; y parece que a López Obrador le sirve su imagen de esposo y padre de familia, pero le estorba su obsesión beligerante antipriísta.
Y a juzgar por las encuestas, a Vázquez Mota no le sirve nada.
Pero ni el cambio de Peña Nieto o el de Andrés Manuel, ni la continuidad de Josefina le servirán de nada a los mexicanos, si el ganador de las elecciones no es capaz de convencer a los que no voten por él. El único cambio positivo posible exige por fuerza la participación, el apoyo y el compromiso de la enorme mayoría.
Ese es el reto verdadero del cambio que anhelamos todos.

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