Anituy Rebolledo Ayerdi
Lawrence de Arabia
(Quinta y última parte)Anituy
La película
La película Lawrence de Arabia ofrece una semblanza honesta y laudatoria del arqueólogo inglés metido a caudillo de beduinos. No faltan en ella, como en todo producto cinematográfico, las falsificaciones y atropellos históricos. El resultado, sin embargo, cumplirá el propósito de rescatar una leyenda del siglo XX, perfilar su alma atormentada en las arenas del desierto. Un personaje que, de no haber existido, el cine debió inventar.
Deslumbrante y fastuosa no obstante sus cuadro décadas, Lawrence es la cinta donde técnicamente se habría aprovechado mejor el revolucionario sistema conocido entonces como cinemascope. Asombra a los expertos la increíble profundidad de campo conseguida por su creador, un efecto que da al espectador la sensación de “sentir” el desierto con la misma fascinación que sus personajes.
El director David Lean, según las mismas opiniones, “habría fotografiado una de las secuencias más bellas filmadas en cien años de cine”. La marcha de dos camellos en los que van montados Lawrence y su guía Bedu. “La música de Maurice Jarre convierten los pasos de aquellos animales en perfectos movimientos de ballet sobre unos parajes de ensueño”.
Epica, briosa y subyugante, la banda sonora contribuye en buena medida a redondear la obra maestra. El Oscar de la Academia de Hollywood así lo acreditará. Nominado para 10 estatuillas, el filme conseguirá seis: mejor película, mejor director , mejor fotografía, mejor sonido, mejor decorado y mejor montaje.
Una gran decepción en la noche de los Oscares. Cuando la estatuilla se le vaya de las manos al actor inglés Peter O’Toole, cuya soberbia caracterización de Lawrence de Arabia queda para la historia del histrionismo. Se la “robará” un icono llamado Gregory Peck, por Matar un ruiseñor. Otro “robado” fue el actor egipcio Omar Sharif, el único árabe del elenco, con una nominación como mejor actor secundario. Corresponderá a Ed Begley por Dulce pájaro de la juventud. Cuatro décadas más tarde, en este mismo año 2003, ambos actores serán reivindicados. O’Toole recibirá un Oscar por su trayectoria en el cine y Sharif un León de Oro por lo mismo en Europa. Uno y otro, ambos con 71 años a cuestas, son quizás los únicos sobrevivientes de aquella epopeya del desierto.
Programada para filmarse en medio año, Lawrence de Arabia consumirá al final 27 largos y reverberantes meses. Su proyección de más de 4 horas se reducirá en 40 años a 222 minutos después de que el director le haya cortado 12 minutos, el productor 8 y la distribuidora 15 más. Hoy por televisión pasa en dos entregas.
El final
Una vez que ha renunciado a todo, incluidas las mujeres, el vino y el tabaco, como ya se ha dicho, Thomas E. Lawrence, ahora sin nombre porque se lo ha cambiado para poder incorporase en la Real Fuerza Aérea, se dedica sólo a correr su motocicleta Brough. Lo hace a velocidades excesivas para su tiempo (1922): ¡150 kilómetros por hora!
El silencio, no obstante su ruidoso aparato, será en adelante el signo de aquella turbulenta personalidad.
Pasarán 13 años para que vuelva a saberse algo sobre Lawrence. Una breve y escueta nota periodística dará cuenta de su muerte en un accidente de moto, el 19 de mayo de 1935.
El percance había ocurrido seis días atrás en una estrecha carretera de Bovinton, Inglaterra. Lawrence procedía del campamento militar donde prestaba sus servicios como anónimo soldado raso. Frente a la presencia inesperada de dos niños ciclistas, el antiguo guerrero consume el freno del vehículo y lo maniobra desesperadamente. No será suficiente. La poderosa Brugh alcanza levemente a una de las dos bicicletas y el menor derrapará aunque sin mayores consecuencias.
Lawrence no correrá con igual suerte. Su cuerpo vuela varios metros hasta chocar con el tronco de un árbol. Allí queda inconsciente, la cabeza rota y el rostro irreconocible. Será llevado al hospital de Bovinton donde expirará una semana más tarde y serán notorias las reservas militares para identificarlo y hacer público el deceso. Se menciona la palabra “seguridad nacional” y los reporteros se encargarán de envolver el caso con varios velos de misterio y sospecha.
¿Asesinato?
Un hombre con el carácter y temperamento de Lawrence de Arabia no podía despedirse del mundo con una simple nota necrológica, sin esquelas en los diarios y mucho menos sin ninguna salva de fusilería. Antes hará temblar de miedo a la gente del almirantazgo.
El mismo día de su muerte, en los cuarteles militares, donde la memoria del soldado legendario se honra con rondas de cerveza, se propaga una versión estrambótica sobre el deceso. Lawrence, según esto, no habría muerto como resultado de las heridas del accidente: sicarios misteriosos lo habrían ejecutado en el mismo lugar del siniestro.
Hay un testigo, se advierte para dar certidumbre al rumor y entumecer conciencias. La motocicleta de Lawrence, según el siempre anónimo observador, habría sido embestida por un automóvil negro. Dos sujetos, vestidos igualmente de negro, habrían descendido del vehículo sólo para vaciar sus pistolas sobre el cuerpo inconsciente. La consigna para esconder los hechos, incluido el testigo, tendría su origen en el alto mando castrense.
Nadie nunca se adentrará en una investigación de tal naturaleza y para quienes la hayan seguido quedará una duda permanente: ¿Fue eliminado Lawrence por los suyos “porque sabía demasiado” o bien por gente de turbante creyéndolo traidor?
El primer ministro inglés, Winston Churchil, uno los pocos personajes que creyeron y estimaron a Lawrence de Arabia, escribirá sobre él : “empujó a las multitudes hacia adelante hasta acomodar su paso al ritmo del suyo. Pudo haber realizado el sueño juvenil de Napoleón Bonaparte de conquistar Oriente; pudo haber llegado a Constantinopla en 1919, llevando en pos de sí a muchas tribus del Asia menor y Arabia. Poseyó en gran medida la versatilidad del genio. Fue sabio y soldado; perfecto literato y partidario de la causa árabe; mecánico y filósofo”.
Un justo epitafio.
Paredón
-Pijoan, Historia del mundo, Salvat Editores, 1963
-Ugo Dettore, Historia de las civilizaciones, Valentino Bompiani, 1966.
-Patricia Galeana, Los siglos de la historia, Nueva Imagen, 1991
-Edmundo Domínguez Aragonés, Lawrence de Arabia ¿accidente o asesinato?, Sol de Acapulco (5/5/003).
-Internet




