Tabaquito es de México, pero es en Cuba donde le nace el amor a la música
Xavier Rosado (Primera de dos partes) * Enrique Tappan del Rey, Tabaquito falleció el viernes 26 de septiembre a los 83 años de edad y con él se cerró una página de la vida nocturna acapulqueña.
Tabaquito fue personaje relevante del espectáculo nocturno del México de los cuarentas y del Acapulco de los cincuentas, a donde llegó en 1947.
Enrique Tappan hizo su debut histriónico hace 67 años en La Habana, Cuba, pero su inquietud artística lo trajo a México para trabajar en la música y en el cine, además de haber sido esposo de Yolanda Montes, Tongolele, de haber pisado escenarios desde Chicago hasta Argentina y haber grabado 20 películas al lado de Tin Tán –entre ellas Simbad el mareado– Toña la negra, Pedro Vargas y Agustín Lara, Pedro Infante, el cineasta Juan Orol y María Antonieta Pons.
El músico residía en Acapulco desde 1947, lapso en el que trabajó en casi todos los centros nocturnos y auditorios del puerto interpretando con sus percusiones la música afroantillana que le fue transmitida en Cuba, el país donde creció.
De México hacia Cuba
Entrevistado en su hogar por este diario hace algunos meses, el músico y bailarín accedió a hablar acerca de su trayectoria artística.
“Yo crecí en Cuba, pero nací en México en el año de 1920. Me da hasta pena confesarlo, pero mi mamá se tuvo que ir de Yucatán porque mi padre, un doctor yucateco, resultó que era casado y nos mandó a mí y a mi madre que era de Bilbao, España, a vivir a La Habana cuando yo tenía un año de edad”. Sin embargo me registraron en la ciudad de Yucatán, por lo que conservé mi nacionalidad mexicana, aunque llegué a cumplir la mayoría de edad en el que considero mi país natal: Cuba, porque aquí es donde yo vi la luz de mis primeros pasos por la música”, recordó Tabaquito.
“Mi madre, Adela del Rey Merodio, agarró su tambache, a su mamá y a mi tía Enriqueta Alcocer Merodio y nos fuimos en un barco, La Josefina, a La Habana para salvar el honor de mi padre que era un figurón en Mérida, mi abuelo paterno era un doctor, William Tappan, que había llegado a México como inmigrante irlandés. Es por esto que yo agarré el gusto por la bebida, creo que venía en mis genes”, comenta entre risas el percusionista retirado.
La casa en donde vivía, ubicada en la populosa colonia de La Cima revela la humilde situación económica en la que el artista vivió sus últimos años. Sus fríos y planos muros color cemento, contrastan con la vida que fluye en la calle con el ruido interminable de los camiones urbanos que circulan a toda prisa.
En ese entonces Tabaquito gozaba de un cálido ambiente familiar pues vivía con su hija, madre de tres hijos y la mamá de su fallecida esposa, quien se quedó a vivir con ellos desde entonces, por falta de otro hogar.
Sin embargo, su vida dedicada a la música le dio algo a cambio, según las declaraciones del secretario de Prensa y Propaganda del Sindicato Unico de los Trabajadores de la Música del Estado de Guerrero, (SUTMEG), Francisco Alba Martínez, quien informó que Tabaquito contaba con una pensión que se le otorgó, por estar registrado desde hace 30 años como un miembro activo del gremio y como un digno exponente de la música en Acapulco.
Agregó que era uno de los pocos artistas que contaban con este beneficio por parte del SUTMEG, de acuerdo a su trascendencia como músico y artista.
“A mí me ha ido muy mal en la cuestión del dinero porque fui muy bebedor, ahora ya estoy jurado y aparte porque el doctor ya me lo prohibió, aunque yo me siento mejor que nunca a mis ochenta y tantos años”, recordó durante la entrevista el fallecido músico.
Músico de la calle en La Habana a los 15 años
Al continuar con su recuerdos de su llegada a Cuba, señaló: “cuando llegamos a La Habana mi familia y yo pasamos muchas penurias porque mi mamá no tenía profesión alguna pero entre todos ahí la íbamos pasando. A mí me encantaba estar cerca del malecón donde se ponían los músicos a tocar para que les dieran monedas, o los contrataran para llevárselos a alguna fiesta. Cuando salía de estudiar, ahí me la pasaba con ellos y me empecé a interesar por la música que es algo tan natural en Cuba”.
“Por eso empecé a porfiarle a mi madre para que me pagara unas clases de música, así que entre ella y mi tía, me daban dos pesos cada tarde para pagar clases de solfeo. De ahí me pasé a la guitarra y me especialicé en las percusiones, tumbas y bongoes, puro golpe de mano chico, hasta que me uní a un grupo de la calle cuando tenía 15 años.
Recordó que a los 17, en el año de 1938, ya estaba trabajando en un ensamble en un cabaret que se llamaba el Night Life ahí bailaba tap, tipo Fred Astaire, en la que bailaba con una joven, Olga Valladares, la rutina que se titulaba El baile de la chancleta. Ahí lo vio una señora de nombre Camelia que estaba formando una compañía de teatro y lo incluyó en su compañía haciendo el mismo número de baile.
“Con ella recorrimos Colombia, Panamá, Venezuela, Paraguay y Brasil. Regresamos a La Habana y fue cuando me dieron ganas de regresarme para mi país natal, México, sobre todo porque quería conocer a mi padre y de paso aprovechar para buscar trabajo en México, que era donde se hacían los grandes artistas.
Me enamoré de Tongolele y nunca la pude dejar
“Fue entonces que mi mamá me dijo que iba a pedir de sus parientes en Mérida, mi acta de nacimiento, para tramitar mi pasaporte. En ese lapso, tomó posesión en México, el general Lázaro Cárdenas y como uno de sus primeros actos como presidente, mandó una delegación a La Habana para entablar relaciones con Fulgencio Batista, el que empezó la revolución”, recordó Tabaquito.
“La delegación llegó en un barco cañonero llamado El Querétaro, comandado por el entonces secretario de la Defensa que iba a Cuba para estar presente en la toma de posesión de Batista. Uno de los oficiales del barco autorizó para que yo me regresara con ellos. Así fue como llegué a Mérida, ahí me bajé porque el barco iba a seguir su ruta hasta Veracruz, pensando en buscar a mi padre. Yo llegué a la casa de un doctor amigo de la familia, ahí me recibió y me dijo que podía buscar trabajo en el teatro Colonial, donde estaban montando una obra.
Recordó que en ese entonces él llevaba sus tambores, bailaba tap y tenía unos arreglos de René Tousset, un músico cubano que compuso la obra musical La noche de anoche, “así se lo expliqué a Fernando Mendibolio, un gordo que era el director de la obra. Me aceptó y me dijo que escogiera entre las chicas del coro a una para que fuera mi pareja de baile, porque en ese tiempo se usaban las coristas. Me llenó el ojo una chiquilla preciosa, la más simpática de todas y la que mejor bailaba, tenía 17 años y estaba empezando, su nombre Lupe Palláz, después fue la mujer de Jorge Ortiz de Pinedo y después dio a luz al comediante de ahora”.
Sin embargo, según recordó, las cosas no terminaron del todo bien: “de ahí nos fuimos pa’Chetumal, ahí la compañía tuvo un tropiezo y se acabó eso, yo me quedé pensando y ahora ¿qué hago? Decidí subirme a un barco camaronero que iba para Veracruz, pero no me gustó el ambiente, mucha bulla, mucho tráfico, pero de arte nada, por lo que unos días después agarré el tren para la capital. Ahí sí que me sentí perdido, estaba en una ciudad enorme, con gente por todos lados y yo sin saber qué hacer. Agarré un taxi y le dije que me llevara a donde se reunieran los cubanos, me llevó a San Juan de Letrán y República de El Salvador, en el mero centro de la ciudad, me bajé con mi maleta y mis tambores y le pregunté a un hombre con un sombrero Stetson, bien vestido, por un hotel barato y ya me dio las señas para una casa de huéspedes Casa Chole, que por un peso diario te daban comida, ropa limpia y el cuarto, esos precios eran para Ripley, eran otros tiempos, chico, el dólar estaba al dos por uno”.
Rememoró que “Era navidad de 1940 y empecé a hacer amistades con mucha gente, sobre todo cubanos peloteros y músicos. Ibamos a comer con un español, Casa Batalla, donde la comida completa costaba 14 centavos. Ahí conocí a Pablito Peregrino, el sobrino de Toña la negra y después de que me oyó, me invitó a tocar con su grupo el Son Veracruz.
“Estando con ellos conocí a Toña La Negra y así empecé una relación de trabajo con ella, porque me invitaba a veces a acompañarla con los ritmos cuando tenía alguna presentación. Así conocí a María Antonieta Pons que estaba grabando con Juan Orol la película La reina del mambo.
“En una de esas tantas tocadas con La Negra, en el año de 1946 nos fuimos a Los Angeles y en el camino, pasamos a dar un espectáculo en Tijuana en un cabaret de un señor llamado Teófilo Cuevas, ahí debutó Tongolele, bailaba hawaiano a los 16 años, yo tenía 26 y me enamoré de ella, ya nunca la pude dejar”.




