Héctor Manuel Popoca Boone
¿Qué onda con los jóvenes rurales?
(primera parte)
Si hay algo en la actualidad que caracteriza a los jóvenes rurales es su migración. Ya sea a las ciudades o a la frontera norte, para cruzarla, en búsqueda de educación o empleo. En ellos impacta más, a diferencia de los jóvenes urbanos, los procesos de adaptación-adopción a la lógica de ambientes que le son ajenos en un primer momento, como es lo urbano.
Los jóvenes rurales que emigran tienen que desprenderse de roles de conducta familiar, en donde la familia sigue siendo la base de organización comunitaria y social. Sus trabajos y la habitabilidad se encuentran articulados en el marco de la producción y consumo del clan familiar y según el sexo, se les asignan roles, espacios y responsabilidades específicas.
Los empleos que los jóvenes tienen en el medio rural, pertenecen a lo cotidiano y propio de la localidad. Son los familiares y amistades los principales empleadores de los jóvenes en su primera experiencia laboral, principalmente en las actividades agropecuarias. Por su parte, los jóvenes rurales tienen la presión de seguir las tradiciones familiares en lo que concierne a las actividades económicas para su manutención, así como recibir los saberes acumulados, trasmitidos por las generaciones mayores; asegurando con ello la perdurabilidad de la identidad económica y social de sus comunidades rurales.
Son los jóvenes rurales los que manifiestan transformaciones sociales más profundas, a partir de su contacto temprano con los medios de difusión. Particularmente con la radio y la televisión toman conocimiento de otras realidades sociales y culturales, de otros artículos de consumo urbanos, de otras concepciones religiosas y científicas, de otras manifestaciones artísticas y culturales, de nuevos tratos con el sexo opuesto y de otras maneras de administrar su sexualidad.
De los 94.7 millones de habitantes que tiene nuestro país, 34.5 por ciento, es decir 32.7 millones de personas, tienen entre 12 y 29 años, rango de edad definido para la población juvenil: 48.5 por ciento son hombres y 51.5, mujeres.
No hace mucho, no teníamos datos de los jóvenes rurales (anhelos, expectativas, problemáticas, cosmovisiones, formas de vida, sociabilidades propias, etc.) porque se consideraba que estos se convertirían indefectiblemente en jóvenes urbanos. Esta invisibilidad dificultaba el conocimiento de su realidad integral y a la vez específica, así como de su tránsito a la edad madura.
De cada cuatro jóvenes que viven en el país, uno vive en el medio rural; predominando ligeramente la mujer. La mayoría de los jóvenes rurales permanecen más tiempo en el hogar paterno; 65.2 por ciento viven con ambos padres a diferencia del 57.7 de los jóvenes urbanos. Los jóvenes rurales que se desligan del núcleo familiar es de 23.8 por ciento contra un 27.6 de los urbanos. Aún cuando la cuota de migración de jóvenes rurales es más alta.
A diferencia de los jóvenes urbanos, los rurales denotan un mayor tutelaje de los padres, ya que el amparo de la familia, sobre todo del padre, es constante a lo largo de su trayectoria educativa. No obstante ello, se recrudecen en las áreas rurales los obstáculos para que los jóvenes alcancen el acceso o la permanencia en los niveles de secundaria o preparatoria. Es más frecuente la deserción por motivo de condiciones de pobreza. Así lo demuestra el hecho de que el 56.3 por ciento de los jóvenes rurales hayan tenido que abandonarla entre los 11 y 14 años, mientras que el 66 por ciento de los jóvenes urbanos lo hacen entre los 15 y 24 años.
El número de jóvenes que en el campo sólo se dedican al estudio es relativamente menor que en las ciudades (34.8 por ciento contra 46.9). Así mismo, mientras 18.5 por ciento de los jóvenes de las ciudades no trabaja ni estudia, la proporción es más alta en los jóvenes rurales: 25.4 por ciento; lo que refleja menor número de alternativas en la ofertas de educación y empleo para los jóvenes rurales.
* De la disertación del Lic. José Antonio Pérez Islas en el diplomado: Políticas Públicas para el Desarrollo Rural.
PD. En Guerrero no estamos como Alicia en el país de las maravillas, pero tampoco como Petra en la tierra de la desesperanza.




