Anituy Rebolledo Ayerdi
Parlamentarias
(Cuarta de siete partes)
Farsante
El último informe del presidente Plutarco Elías Calles (1 de septiembre de 1927), mantuvo la majestuosa teatralidad del primero e incluso de su ascensión al poder. El rostro adusto de aquél hombre no dibujaba el menor rictus de nostalgia y sí la pétrea máscara del César en posesión del poder absoluto. “No me voy, me quedo”, confirmaban todos los movimientos del impertérrito Jefe Máximo.
Aquella delirante atmósfera triunfal será rota, sin embargo, como pompa de jabón. Un grito bajo profundo y desgarrador retumbará en las añosas paredes del recinto de Donceles:
–¡Farsante!
Es Aurelio Manrique el legislador que lo profiere muy cerca del presidente de la República –un macizo mocetón de 35 años procedente de San Luis Potosí. Tiembla como electrizado por el tamaño de su temeridad y por el miedo que lo acogota pues conoce bien la capacidad destructora del sistema. Su apariencia, no obstante, es serena. Incluso frente a los cañones pavonados que le apuntan muy de cerca y el gesticular amenazante de algunos de sus pares.
–¡Viva Calles!… ¡Viva Calles!…. ¡Viva Calles!…
Repetido una y mil veces el grito victorioso hará el milagro de desactivar aquella carga explosiva y salvará seguramente la vida de un hombre. El singular acto de valor civil de Manrique será desdeñado por la “familia revolucionaria” dándole desde entonces la figura inocua de la anécdota .
(Aurelio Manrique de Lara Hernández había sido defenestrado como gobernador de San Luis Potosí (1923-1925) y formaba parte de aquella Legislatura representando a su estado natal. Treinta y cinco años más tarde, un poco antes de su muerte en 1962, el Senado de la República lo honrará tardíamente por su grito de ¡Farsante! con la medalla Belisario Domínguez ).
Bájenlo de la greña
Leobardo Reynoso, jefe del control político de la Legislatura federal 38 (1940), goza de merecida fama de ser un eficaz pastor de ovejas. No existen para él frenos morales o económicos tratándose de mantenerlas quietecitas en el redil. Aunque no faltan, a decir verdad, indisciplinas e incluso francas rebeldías.
Como la del guanajuatense Reynaldo Lecuona Soto, cuyo atrevimiento no tuvo nombre (madre, decían los leobardistas). Subió a la tribuna sin permiso de Reynoso y por si fuera poco para lanzar cacayacas en contra de las instituciones nacionales y sus patricios.
–¡Bájenme a ese cabrón de las greñas!–, explota quien será fiero cacique zacatecano.
La orden de Reynoso se cumple militarmente al pie de la letra. El diputado Lecuona opone una débil resistencia para luego ser arrastrado de la caballera por el pasillo central del recinto. Afuera será lanzado por las escalinatas de Donceles advertido de que le irá peor la próxima vez.
La agresión se habría dado por parte de los ujieres de la Cámara y dos que tres diputados guerrerenses. Nunca se conoció la identidad de estos últimos.
(Aquí una ayudadita para quienes quieran develar el misterio 60 años más tarde. Integraron la Legislatura 38 por Guerrero: Mario Lasso, Amadeo Meléndez, Rubén Figueroa Figueroa, Alfredo Córdova Lara, Jesús Muñoz Vergara y Antonio Molina Jiménez. )
Perdimos mi amigo
Enrique Guasp Ureta, candidato veracruzano del PRI a diputado federal por un distrito del DF (Tacubaya), había arrasado en las elecciones intermedias y su triunfo se cantaba en los corrillos como ejemplo de contundencia.
Orgulloso, el simpático jarochilango se ufanaba de sus números otorgándoles un valor agregado. El de haberlos conseguido sin la intervención de su amigo y paisano, el presidente Adolfo Ruiz Cortines.
Guasp Ureta ignoraba que ya para entonces (1954) los partidos de oposición –PAN, PPS y PARM– colaban diputados de minoría a costa del sacrificio de priístas, no necesariamente perdedores. Uno de ellos, para su desgracia, sería él mismo.
El gusto será leve por ello para nuestro jacarandoso personaje. Sentirá zopilotes en las entrañas cuando conozca la decisión del Colegio Electoral de la Cámara de Diputados sobre su caso. No otra que su aplazamiento para calificarlo “por haberse encontrado innumerables violaciones e irregularidades”.
–¡Ya nos cargó la chingada!–, exclama aquél indignado.
Los correligionarios de Guasp no aceptan de ningún modo la derrota y le exigen jugar su última carta. El as que puede significar su amigo el presidente de la República. Si tiene algo de cierta su fama de republicano, demócrata y justo entonces no podrá avalar jamás un fraude tan descarado, le animan aquellos. Y es que ignoran que al Viejo Lépero venido a Presidente sólo le emociona cerrar a seises en el dominó.
Llega el día de la audiencia y el otrora alegre jarocho penetra al Palacio Nacional luciendo un semblante sombrío. Carga un gordo cartapacio repleto de papeles con los cuales pretende probar su triunfo electoral. El presidente Ruiz Cortines lo recibe en la puerta de su despacho provocándole un brutal choque emocional cuando lo llama “paisano y amigo muy querido”. A partir de entonces no le permitirá ninguna reacción.
–¡Perdimos, amigo Guasp! ¡Qué pena, carambas! Pero, bueno, así son estas cosas. La política, amigo mío, es disciplina y los políticos debemos aceptar las altas y las bajas. Ande, vaya a seguir trabajando por México y no se preocupe…
( Guasp Ureta recobrará la voz el mismo día de su reinstalación, por instrucciones presidenciales, como titular de una oficina Federal de Hacienda a la que había renunciado para convertirse en “señor diputado”.
Hermanos idénticos
–Bueno, aquí el general Tafoya. ¿Allá quien habla?
–Es la casa de los hermanos Ponce de León, señor general.
–Deseo hablar con uno de ellos pero no recuerdo su nombre. Es un gordito él.
–Los dos son gorditos, señor.
–¡Ah, que carambas! Bueno, con el que es aviador militar.
–Los dos son aviadores militares, señor.
–¡No la joda! Ahora recuerdo, con el que es diputado.
–Los dos son diputados, señor.
–¡Me lleva el carajo! Comuníqueme entonces con el más hijo de la chingada de los dos.
–Lo siento, señor general, pero los dos son iguales de hijos de la chingada– dijo el asistente y colgó.
( Los jaliscienses Guillermo y Rafael Ponce de León fueron, en efecto, pilotos militares. Formaron parte de la primera generación de la escuela militar de aviación, bajo la dirección del general Alberto Salinas, creada dos años después de que don Venustiano Carranza creara la Fuerza Aérea Mexicana. En 1925 los hermanos Ponce de León llegaron juntos y por azares de la política la Cámara de Diputados).




