Gil Florente Castellanos
Una experiencia electoral
(Primera de dos partes)
Comienzo de la jornada. El 6 de julio, día de la elección de los diputados federales, me levanté a las seis horas con treinta y tres minutos. A las 7 comencé a transportar los muebles, mesas y sillas, de mi domicilio –Alvarado 11, Progreso– a la esquina que forman las calles Niños Héroes y Baja California, donde se instalaría la casilla de la sección 252 del distrito 10 de la cual fui presidente.
Allí se encontraba una ciudadana que fungiría como funcionaria de la casilla contigua. Encargué el mobiliario y regresé por la paquetería electoral que Rogelio, capacitador del IFE, había depositado en mi casa el 1 de julio.
Con Teodoro, primer suplente general, que llegó a las 7:15, acomodamos el mobiliario en la banqueta, frente a la farmacia Emy; auxiliándonos del instructivo, armamos la mampara –actividad en la que ocupamos el mayor tiempo y esfuerzo–, y distribuimos el material que se usaría durante la jornada electoral: boletas, acta de escrutinio y cómputo, acta de la jornada, lista nominal de electores, hoja de incidentes, aplicador de tinta marcadora de credenciales, crayolas y cartel de identificación de la casilla.
A las 7:50 ya estaba montado nuestro escenario electoral.
Instalación de la casilla. No ocurrió a las 8 como lo marca el reglamento porque los demás funcionarios de la mesa electoral no llegaron a tiempo. Solo estábamos dos. Tampoco había electores en fila. A las 8:30 llegó Ana Bertha, suplente general, que fue habilitada como secretaria, debido a que Teodoro prefirió ser primer escrutador. Cuando les distribuía sus portagafetes, llegó Fernando que portaba el nombramiento oficial de segundo escrutador, quedando así conformada la mesa directiva de la casilla.
Precedí a verificar el nombramiento de cada uno de los representantes de partido presentes. Estaban dos del PRI, dos de Convergencia, dos del PRD, uno del PAN, y uno del PT. Se integraron a la mesa. A las 10 llegó el representante del PVEM. No hubo presencia de observadores.
La secretaria procedió a contar las boletas electorales recibidas, comunicando que fueron 541, 22 más de las necesarias tomando en cuenta que los votantes registrados eran 519.
La misma funcionaria consignó estos datos en el apartado del acta denominado “instalación de la casilla” que fue firmado por los funcionarios y los representante partidistas.
El primer escrutador colocó el cartel de identificación de la casilla en la pared situada a nuestras espaldas, en un espacio ampliamente visible; mientras el otro escrutador revisaba el material electoral para comprobar la existencia de lo inventariado y evitar que algo hiciera falta.
Armé la urna ante los integrantes de la mesa, puse a la vista su interior para que se dieran cuenta de que estaba completamente vacía.
Hice un llamado a los presentes a cumplir sus funciones, a participar con responsabilidad y cordura y a que presentaran actas de inconformidad en caso de incidentes. Ofrecí cumplir mis funciones con responsabilidad, conducir la mesa con honestidad e imparcialidad y apegarme al reglamento para la toma de decisiones. Los invité a desarrollar una trabajo en equipo y anuncié la apertura de la casilla a las 8:37. Para entonces estaban en fila dos votantes.
Acababa de instalar la casilla cuando se presentó el capacitador. Le expliqué lo realizado hasta ese momento y la forma en que se había integrado la mesa directiva. Tomó nota. Me pidió la relación de funcionarios que expidió el IFE. La guardó diciendo que posteriormente me la devolvería. Luego dio a cada funcionario un sobre de papel manila, conteniendo 175 pesos, y se ofreció para ir por provisiones alimenticias. Algunos rompieron su sobre y encargaron tortas y refrescos.
La actividad en la casilla se inició en orden y con bastante calma.
La votación se inició estando dos ciudadanos en la fila. Uno de apellido Torres y el otro, García. El segundo se convirtió en el primer votante de nuestra casilla, el otro votó en la casilla contigua por aquello de los apellidos.
La confusión entre sufragar en la básica o en la contigua se presentó a lo largo del proceso, a pesar del cartel que señalaba donde votaría el ciudadano en consideración a la primera letra de su apellido paterno. En nuestra casilla votaron los ciudadanos cuyos apellidos paternos comenzaban con las letras comprendidas entre la A y la M.
Después de un lapso amplio se presentó otro votante. Entregó su credencial. Comuniqué su nombre a la secretaria para que lo buscara en el registro de electores. En tanto era localizado su nombre, los representantes de los partidos que llevaban listas nominales con fotografía (eran copias de las del IFE), lo bombardearon con preguntas: ¿cómo te llamas? ¿de qué sección? ¿cuál es tu primer apellido? ¿has votado aquí? ¿cómo dijiste? Para evitar la repetición de esta anomalía, en los siguientes casos mencioné el nombre del ciudadano en voz alta para que los interesados buscaran en sus registros y palomearan el nombre.
La mesa estaba despejada cuando llegó Martín de 68 años. Su credencial correspondía a la sección pero no estaba en el listado. Anoté sus datos en el registro de electores excluidos. Fue a la contigua a buscarse. No estuvo. Comentó enfadado “debo estar, aquí he votado siempre, soy institucional no puede ser que me hayan sacado”. Anunció que iría a buscarse en la 253. Se fue. Después de media hora regresó diciendo: ya estoy tranquilo, ya me explicaron que podré votar en la próxima elección; además estoy contento “porque ya chingué a un candidato con la barbacoa”.
También se presentó Irvin, otro votante excluido de 19 años. Cuando le notifiqué su ausencia en el padrón desilusionado dijo: “Ni modo, no fue posible acrecentar la ola amarilla”.
A las 9:30 pasaron los comisionados de los partidos a dejar provisiones a los representantes de Convergencia, del PRD y del PAN. A las 10 se formó la única fila de cinco votantes. Todos aparecieron enlistados por lo que votaron sin problemas, y sin tardanza.
Para evitar la demora en el ejercicio del sufragio, pusimos en práctica este mecanismo: el presidente recibe la credencial; la revisa y revisa el pulgar del votante. Anuncia en voz alta su nombre. La secretaria lo busca en el listado nominal y lo palomea. El primer escrutador le entrega la boleta. El segundo escrutador marca la credencial. El votante realiza lo conducente. La secretaria le entinta el pulgar y le entrega su credencial.
A los electores cuya credencial estaba por vencerse se les sugirió que la actualizaran.
La votación no fue fluida. Hubo pocos sufragantes. Se dieron largos intervalos de espera. Se efectuó a cuentagotas.
A las 13 habían votado 54 de los 519 electores potenciales, es decir el 14 por ciento.
A las 14:30 horas pasaron los comisionados de alimentos de los partidos a entregar cajitas a sus representantes. Los más atendidos fueron los de Convergencia: recibieron doble ración. Para los del PRI y para funcionarios de la mesa no hubo esta atención. A mí me invitó de su ración la compañera de Convergencia. Ciertamente los viáticos eran para satisfacer esta necesidad, pero los funcionarios no podemos separarnos de la mesa.
A las 15 había depositado su voto 125 ciudadanos, o sea el 24 por ciento. Y a las 17 horas habían concurrido a nuestra urna 173 personas de las 519 enlistadas; un escaso 33 por ciento.
A esta altura del proceso, el abstencionismo se mostraba triunfante. Los últimos en votar fueron los funcionarios de la casilla y los representantes de los partidos. Sólo dos no pertenecían a la sección 252 y fueron anexados en la lista nominal.
Cierre de la casilla. Se realizó a las 18 horas con ausencia total de votantes y estando presente los cuatro funcionarios de la mesa directiva y sólo siete representantes de los partidos, mismos que firmaron el acta de la jornada electoral, después que la secretaria consignó en ella la hora del cierre.




