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Claman a los dioses del agua en Zitlala para arraigar a la tierra a la gente de La Montaña

Anarsis Pacheco Pólito

Chilpancingo

Con el sol en el firmamento, en un paisaje árido, común denominador de la pobreza en Guerrero, se reúnen los pobladores de Zitlala en los cuatro barrios que integran la comunidad: San Francisco, San Mateo, Cabecera y Tlaltempanapa para recrear el ritual de petición de lluvias y obtención de buenas cosechas.
La tradición de origen prehispánico es una plegaria de los pobladores para pedir la lluvia, para que la siembra de ese año se dé mejor y puedan contar con más recursos en el año, para que la familia no pase hambre.
La casa de don Justino Melchor Donaciano de 79 años, en el barrio de San Francisco, abre las puertas para recibir a los hombre-tigres quienes llegan a alimentarse y prepararse antes de iniciar el camino hacia el centro del pueblo donde habrán de combatir contra el barrio de San Mateo, para el ritual anual de petición de lluvias en este municipio de la región de La Montaña, acto con el que da comienzo al nuevo ciclo agrícola.
Después de la comida donada por la familia para los tigres que participan en el ritual, llega la banda de música de viento para alegrar la tarde y motivar a los participantes a dar un espectáculo que sea del agrado para los dioses de la lluvia.
Don Justino Melchor Donaciano no pelea desde hace mucho, pero se encarga de alimentar a los participantes, dando un mole de guajolote, agua de jamaica y el infaltable mezcal para “agarrar” valor en la pelea pactada.
Los peleadores se alistan con tiempo, como antiguos gladiadores, cada uno se arma con sus medios, algunos se ponen vendas en los brazos, dobles playeras, y se protegen la cara para soportar los golpes que recibirán en el coliseo improvisado frente del palacio municipal.
Las máscaras suelen ser usadas por los mismos integrantes de una familia de generación en generación. Don Celestino Ortíz comenta que él mismo hizo su máscara de cuero de toro, “de toro porque el cuero de vaca es muy delgado y no aguanta los golpes”, pero ahora por primera vez su hijo participará en esta tradición que ellos aseguran será la respuesta para lograr un buen año de lluvia.
“Solo las pintamos al gusto que queremos, ya sea azules, verdes o las tradicionales amarillas, con la misma piel de toro le damos la forma a las orejas. Los dientes son de cerdo y la máscara llega a pesar hasta tres kilos”, agregó.
Los hombres–tigre se amarran la cuerda que utilizan como arma de flagelación, alrededor de la cintura, algunos dicen que para que no les estorbe, otros aseguran que los protege de los golpes al intestino.
El sol va bajando como el calor que inunda las calles del barrio de San Francisco y la comunidad de Tlaltempanapa. Los tigres se alistan para ir por los demás combatientes de la comunidad cercana de Tlaltempanapa, quienes los reciben con más música de viento, se reúnen entre gritos de fiestas, que asemejan a los jaguares de montaña.
Los dos barrios y comunidades regresan a la casa del Justino Melchor Donaciano, para despedirse con bailes que amenizan dos bandas de vientos, el mezcal ya empieza a hacer estragos en algunos de los asistentes que caminan en zig zag por la calle,  hablan con interlocutores imaginarios a quienes retan a pelear mientras otros de plano se tiran a dormir.
Víctor Alonso Donaciano, el novel combatiente, comenta que está muy emocionado, que su padre le dio las recomendaciones que le servirán para la batalla campal que se realiza cada 5 de mayo en Zitlala, cabecera municipal en La Montaña baja del estado, le indicó que mojara su fuete o chirrión con mezcal, para que se vuelva rígido y le duela más al enemigo.
El joven habla sobre el honor que siente de participar en la tradición de su pueblo, y cree firmemente que este ritual ayudará a mejorar la cosecha, pues su tierra es blanca como muerta, arenosa y árida, sin árboles.
Zitlala es una ciudad rodeada de montañas, enormes y erosionadas, sin muchos árboles con una tierra que parece que ha perdido su relación con el agua. Las casas son de piedra, pequeñas para ser frescas en épocas de calor, y calientes en épocas de frío.
Se reúnen los dos barrios para combatir al barrio de San Mateo y la Cabecera, van recorriendo una de las calles más amplias que baja de la parte alta del poblado, logrando congregar en ese recorrido como a 30 hombres-tigres uniformados con la cabeza amarilla y moteada y con trajes multicolores que dan tono a la fiesta.
Al paso de los tigres de San Francisco los vecinos, salen a ver quiénes van a pelear, entre gritos de guerra para darse valor entre ellos y listos para la batalla que ayudará a llamar las lluvias para el bien de la comunidad.
La gente se aglomera en la pequeña plaza de Zitlala, donde colocaron vallas de metal para delimitar un improvisado coliseo en donde primero por parejas se pelearán los tigres de cada unos de los barrios de la comunidad hasta convertirse casi en una batalla campal que llega a durar hasta dos horas como acto central de la celebración de petición de lluvia alrededor de la cual todo el pueblo participa, porque allá el agua se considera un bien común que manda Dios o los dioses.
La batalla era entre el barrio de San Mateo que se unió al barrio de la Cabecera para pelear contra el barrio de San Francisco y la comunidad de Tlaltempanapa.
Entre más pasaban los minutos los ánimos se iban calentando y la pelea se volvía reto personal, al grado que algunos de los participantes se quitaban las máscaras que protegen su rostro para pelear sin pudor, logrando sangrar a uno de los tigres de San Francisco.
La pelea no tiene ganadores, dicen los habitantes, pues como son por parejas de los barrios, siempre se deciden entre ellos sin avisar a grito quien gana. Doña Anselma relata que desde hace 60 años ha visto año con año la pelea entre los hombres-tigre, y señala que no es lo importante quien gana de los barrios, sino entre todos porque así se pide la lluvia para la siembra, para que las familias tengan alimento en sus casas, para que no se vean obligados a irse del pueblo.
“Lo importante es el agua, que alimenta, las plantas que nos regalan su fruto, su grano. Hay que limpiar las culpas del año y pedir que la tierra dé para vivir”, concluyó.

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