Piden en Zitlala lluvias y buenas cosechas a cambio de fuerza y sangre
Luis Daniel Nava
Zitlala
La edición de ayer del Atzatzilistli se convirtió en un contemporáneo Coliseo romano donde la clase preferente observó un espectáculo y los de abajo ofrecieron la fuerza y sangre para pedir lluvias y buenas cosechas en este año.
Según las crónicas locales, Atzatzilistli, es un ritual que tiene su origen en una leyenda ancestral que cuenta que en una época de abundancia de esa región, los pobladores olvidaron poner ofrendas a sus dioses en los cerros donde nacía el agua.
Ante este pecado Huitzilopochtli ordenó mandar a ese lugar sequía y enfermedades, provocando que los hombres imploraran perdón sin que fueran escuchados.
Fue tanta su invocación y plegarias que sus dioses, Zitlali y Actatl, se convirtieron en jaguares verde y amarillo.
Convertidos en animales, escalaron el cerro del Tonacatépetl para robarse las semillas con el fin de que regresara la alimentación para el pueblo.
Mientras el jaguar verde entretenía en la entrada a las hormigas chicatanas guardianas, el jaguar amarillo entró por la parte de atrás para robarse y meter en su cuerpo abundantes semillas de maíz, calabaza y frijol.
El robo fue descubierto por Tláloc lo que provocó que enviara una tormenta para detener a los jaguares que en su huida se les fueron cayendo las semillas en los campos que finalmente germinaron con el agua y el sol.
Abajo, el jaguar verde con el amarillo discutieron y pelearon ferozmente hasta la muerte por haber perdido las semillas.
Los pobladores observaron la pelea de sus gobernantes con admiración, luego de atestiguar que todos sus campos estaban llenos de cosechas por las semillas que perdieron en la huida. Ante este hecho, decidieron honorar esa pelea año con año para que los dioses les mandarán lluvias y buenas cosechas a su pueblo.
En este 2012, el Atzatzilistli, fue realizado en la plaza central por los peleadores jaguares del barrio de San Mateo y de la Cabecera que se enfrentaron con los jaguares del barrio de San Francisco aliados con la comunidad de Tlaltempanapa. Mientras que los gladiadores de los otros pueblos se unieron con los bandos que simpatizaron.
A las 4 y media de la tarde se reunieron los dos oponentes y comenzaron las peleas en una arena con vallas metálicas puesta por el gobierno municipal que se encargó de sentar a los plebeyos en gradas y cerca de los peleadores y a la clase gobernante, familiares y allegados, con bebida en mano en los palcos del ayuntamiento.
Dos horas antes, el tradicional ritual se celebró en los dos barrios principales, San Mateo y San Francisco. Ahí los jaguares comieron mole de pollo y guajolote con tamales, bebieron mezcal y bailaron enalteciendo sus armas (gruesas reatas mojadas de mezcal amarradas a su cintura y con nudo al final, cuyo golpe se asemeja al de un garrote) con música de viento.
Los peleadores de San Francisco con Tlaltempanapa bajaron a su patrimonial pelea pisando un fino y grueso polvo de algunas calles sin pavimentar, encabezados por un perro de seis años de edad.
Ya en la plaza central, el viejo rito se vuelve un espectáculo donde el whisky, la cerveza, el mezcal y la música de banda corren por las venas de los pobladores y de los visitantes.




