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Jesús Mendoza Zaragoza

Del miedo a la responsabilidad

El miedo se ha convertido en un componente fundamental de nuestro estilo de vida. Somos una sociedad miedosa que no se atreve a muchas cosas y que se acomoda a vivir acomplejada y a una resignación irracional. Muchos miedos los traemos ya de herencia como parte de una historia plagada de carencias y de violencias. El miedo se ha estacionado y se ha convertido en una subcultura que incide en el subdesarrollo y en una democracia ficticia.
Tenemos, por una parte, los miedos propios de una sociedad amenazada por la violencia y la inseguridad. Hay miedos acumulados y críticos en un amplio segmento de la población que ha sufrido en carne propia, de manera directa o indirecta, alguna de variadas formas de violencia generada por el crimen organizado en los últimos años, tales como secuestros, homicidios, desapariciones, desplazamientos forzados, extorsiones, amenazas y cobro de piso, entre otras. Estas violencias dejan secuelas hondas y duraderas si no son atendidas de manera directa y sistemática. Una de ellas, es el miedo que llega a convertirse en terror. Incluso la población no afectada por la violencia en su círculo familiar o cercano, está impactada por el miedo que la circunda. Este miedo se respira en el ambiente y determina conductas, rutinas diarias, actitudes y, aun, estilos de vida. Un efecto de este miedo es el aislamiento, la desconfianza y la fragmentación social.
Pero hay otros miedos que están relacionados más con una sociedad irresponsable. El  miedo a participar en los asuntos públicos, a involucrarse en la trama social y política. Es el miedo a responsabilizarse de la comunidad y del sufrimiento de los desamparados, el miedo a trabajar por la justicia y a construir la paz. Hay una amplia inercia social que lleva a los ciudadanos a replegarse a lo privado, a lo individual o, a lo sumo, al ámbito de la familia. Ante los abusos de las instituciones públicas y de sus representantes, se responde con la irresponsabilidad y sólo se da paso al enojo pero no se participa de manera madura y organizada. El miedo a la represión, a perder el empleo, a meterse en líos; el miedo a abandonar la comodidad del individualismo y a generar lazos de compromiso con la comunidad están ahí muy puntuales. Es el miedo a la democracia que es exigente para quienes creen en ella y la buscan, el miedo a escuchar a otros, a modificar conductas e ideas cuando dialogamos con los demás, sobre todo con quienes piensan distinto. Estamos ante los miedos históricos generados por estructuras autoritarias y abusivas que se imponen por la fuerza y que inhiben la participación y la responsabilidad social.
Hay otros miedos aún más hondos y arraigados que calan en las personas, en sus esquemas mentales y en sus actitudes más profundas, miedos relacionados con una tendencia egocéntrica, que deriva de una concepción de sí mismo como un ser separado del resto del mundo. En realidad el ego es una imagen falsa y distorsionada de sí mismo, que lo separa y aísla de los demás y no permite una identificación con la comunidad. Y este ego se convierte en una fuente de miedos; el miedo a la libertad, a la responsabilidad, al amor, a la relación horizontal, a darse a los demás, a manifestar los sentimientos, a tocar el dolor del prójimo. En una palabra, es el miedo a ser persona, a convertirse en una persona que comienza por hacerse responsable de sí misma, de sus sentimientos, de sus ideas, de sus conductas y de sus relaciones. Es el miedo a ser uno mismo, a la autenticidad y a la transparencia personal y a construir una relación básica consigo mismo como condición para construir relaciones productivas con los demás.
Si una persona no se hace responsable de sí misma, jamás puede hacerse responsable de otra persona o de su comunidad o de su país. El tema de la autoestima es clave para los procesos de responsabilización y pareciera que tenemos una sociedad con una bajísima autoestima, que no cree en sí misma y prefiere someterse al arbitrio de instituciones y de estructuras avasallantes que le proporcionan algo de seguridad. ¿Cómo puede avanzar la democracia en estas condiciones de irresponsabilidad personal y social? El miedo nos tiene atados al pasado, a experiencias autoritarias del pasado y a quienes nos han sometido. No creemos en nosotros mismos, en nuestras potencialidades, en la posibilidad de cambiar el presente y de diseñar el futuro de otra manera. No creemos que otro mundo sea posible porque el maldito miedo nos lo prohíbe y nos volvemos una sociedad conformista y agachada que se conforma con migajas y no aspira a la justicia ni a la paz.
El miedo se ha convertido en el gran obstáculo para la responsabilidad. El miedo de convertirnos en personas responsables que arrastramos en nuestra larga historia nacional viene a ser el humus, el piso sobre el cual se han construido los otros miedos que nos han infantilizado, tan promovidos por quienes salen beneficiados: las élites, todas las élites, así sean políticas, económicas, religiosas o culturales. Y los miedos que promueven las organizaciones criminales son la cereza en el pastel de los miedos que nos tienen temblando entre la impotencia y el enojo.
El país necesita una salida a esta crisis en la cual todos los miedos se conjugan y se mezclan como un torbellino de desesperanza que bloquea el futuro. El muro del miedo no nos permite inventar horizontes nuevos más allá de la dinámica autoritaria que nos ha infantilizado. Necesitamos sacudirnos el miedo desde la interioridad de cada mexicano, que se arriesgue a convertirse en una persona responsable de sí misma y del país. De otra manera, no hay futuro que valga.

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