Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Humberto Musacchio

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS

Atentado a la Catedral de Culiacán

Es de todo punto condenable la agresión vandálica contra la Catedral de Culiacán. Las autoridades están obligadas a perseguir y capturar a los culpables para ponerlos ante un juez que debe dictar una condena ejemplar, pues atacar un inmueble religioso –de cualquier religión– es atentar contra la libertad de creencias que debe garantizar el Estado mexicano. De eso no hay duda. Lo que sí parece un exceso es que se diga, con rotunda ignorancia, que los agresores destruyeron valiosas obras de arte. La decoración interior del citado inmueble pertenece sólo formalmente a la escuela neoclásica, pues cuando se trabajaron los retablos, en la segunda mitad del siglo XIX, las formas de esa corriente habían perdido toda vigencia en Europa, aunque en México se mantuvo en vigor la creencia de que ése era El estilo, como lo muestran los interiores de un gran número de iglesias que pueden verse en todo el país. Un pecado más del neoclásico fue la destrucción de retablos barrocos, especialmente en el Bajío, donde el maestro Tresguerras se dio vuelo llenando los templos con la frialdad del mármol y la horrenda simetría de arcos y frontones sostenidos por columnas dizque inspiradas en la antigüedad grecorromana.

Luego, los bodrios neocoloniales

Con el neoclásico ocurrió algo parecido a lo que se hizo en el siglo XX con la pretensión supuestamente mexicanista de revivir el “estilo” colonial, lo que incluso dio pie a una legislación que eximía de impuestos a los constructores de tales bodrios arquitectónicos, con fachadas de tezontle, portadas de mosaiquitos amarillos, azules y blancos y una herrería seudobarroca. Fue así como a fin de cuentas lo que predominó fue el “estilo” colonial californiano, esto es, un invento gringo que presuntamente andaba en busca de las raíces no mexicanas, sino españolas, coloniales, de la vieja California y lugares circunvecinos. Fue una especie de peste arquitectónica que nos endilgó por todo México esas edificaciones generalmente feas por fuera y oscuras, húmedas y lúgubres por dentro, justo cuando Europa se había impuesto la inteligencia arquitectónica de Le Corbusier y el vanguardismo práctico de la Bauhaus. Por fortuna, hubo aquí constructores que rechazaron aquella moda aberrante.

Beatriz Zamora, voto por el negro

Fue en la segunda mitad de los años 70 cuando Beatriz Zamora dejó atrás todo lo que había producido como pintora, lo que comprendía no pocos logros obtenidos con los recursos tradicionales, y renunció al cromatismo para meterse en un oscuro callejón inexplorado: a partir de entonces trabajaría exclusivamente con el negro, la negación de la luz, lo que constituía todo un reto para la artista y para el espectador. En estas casi cuatro décadas la artista ha profundizado su convicción y ha afinado los conceptos que rigen su trabajo. En entrevista con el colega Luis Carlos Sánchez, declaró que el negro es “el fundamento de la vida, de todo el universo”, pues “98 por ciento de toda la materia es oscura, es negro absoluto, es silencio, es vacío”… Más allá de las ideas o más bien por ellas, para explotar plásticamente el negro, Beatriz Zamora se ha valido de una amplísima experimentación con los materiales y su aplicación y un trabajo tenaz con las texturas. Lo podrán comprobar quienes visiten la exposición que se inauguró el pasado viernes en el Museo de la Ciudad.

Policías que leen y escriben

Funciona en la delegación Coyoacán el programa Al Servicio de la Palabra. Es un club de lectura y escritura que dirige Alejandro Camarena  y con el cual colabora la Brigada Para Leer en Libertad que encabezan Paco Ignacio Taibo II y Paloma Saiz. Los participantes en este club, en el que se comentan lecturas comunes y se discuten textos escritos por ellos mismos, discuten sus textos, son hombres y mujeres policías. El autor de esta columna pudo platicar con Fallarbil Castañeda, Alfredo Pérez Hernández, Brenda García Moreno y Christian Estévez Galicia, empleado de la delegación. Brenda leyó el texto escrito por un colega suyo, quien entre otras cosas dice: “Yo soy un hombre común y corriente. Mi trabajo: policía; mi destino, no sé, pero me levanto diariamente con las ganas de servir a mi comunidad. En cuanto salgo de mi casa noto las miradas a mi uniforme. Llevo tantos años en el servicio que ya no sé ni contarlos, pero sí observo miradas distintas. Cuando empecé eran de admiración y respeto, los niños querían ser como yo, los adultos me saludaban y me abrían paso, hoy las veo diferentes y hasta me hacen sentir vergüenza cuando uso mi uniforme o pena cuando digo que soy policía. En mi servicio, escucho toda clase de insultos y majaderías, y si me descuido es posible que hasta me agredan o me avienten el coche. No sé qué ha pasado con el respeto y el orden…”

Seres humanos y hasta héroes

“Trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo –sigue el texto leído por Brenda–, mi salario no es alto y tengo cuatro bocas que alimentar y apenas me alcanza para lo necesario, pero eso no importa. Es una satisfacción ayudar a mi comunidad… El otro día tuve que repensar en mi trabajo y ¿saben qué?, mi hija de 8 años me dio la respuesta. Me dijo con su voz tierna: ‘Papito, en la escuela nos preguntaron qué hacían nuestros papás. Yo me levanté y dije que eras policía. Todos se rieron y se burlaron. Entonces les pedí que me escucharan y les dije que mientras ellos y sus papás dormían, tú vigilabas la ciudad, que mientras ellos descansaban y disfrutaban con sus papás, yo no te veía porque estabas cuidando el orden y los lugares para que pudieran pasear o estar tranquilos en sus casas, que mientras sus papás estaban en sus oficinas o en sus comercios sin peligro, tú estabas en la calle y tenías que enfrentarte a veces a balazos con los delincuentes, que cuando ellos veían a sus papás y les podían dar el beso de las buenas noches, yo veía tu foto y te lo enviaba desde ahí… ¡Ah! Les dije también que estaba muy orgullosa de ti y que lo que más quería era llegar a ser un policía tan bueno como tú. ¿Y sabes qué, papito? Todos se quedaron callados y cuando terminé todos me aplaudieron ¡muy fuerte! Y yo sentí un nudo en la garganta y un orgullo en el pecho que no me cabía…”

468 ad