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Jesús Mendoza Zaragoza

La violencia como tema de salud pública

La pandemia causada por la gripe H1N1 en el año 2009 fue ocasión para una movilización nacional con el objeto de hacerle frente, contenerla y superarla. Todas las instituciones del Estado se activaron para dar respuestas según sus atribuciones. El sistema de salud condujo la respuesta a la emergencia pero en coordinación con todas las instituciones que directa o indirectamente tenían que intervenir para informar, para organizar o para coordinar tareas específicas orientadas a contener la pandemia, a superarla y regresar a la normalidad. Lo mismo sucede con ocasión de los huracanes y terremotos como desastres naturales que ponen en riesgo a la población. Las autoridades cuentan con sistemas de prevención, de atención a la emergencia y de reconstrucción, cuando se hace necesario.
Por otra parte, en dichas ocasiones se manejan protocolos de seguridad para las personas, para las comunidades, para las instituciones y para la sociedad en general para que toda la población se involucre en la fase de emergencia hasta que sea superada. La sociedad civil ha tenido, en muchas ocasiones, un papel decisivo para atender este tipo de crisis humanitaria.
Estos tipos de casos, que reciben un tratamiento de salud pública por las amenazas que implican para la salud de la población, son expresiones de crisis humanitarias que tienen que ser enfrentadas con todos los recursos del Estado y con la amplia participación de la sociedad civil. Y, en cada caso, hay un protocolo específico para la prevención, para la emergencia y para el retorno a la normalidad.
El caso es que la avalancha de violencia que ha arrastrado al país, sobre todo en algunas regiones, no ha atraído la atención del Estado ni de la misma sociedad para ser tratada con la gravedad que representa. Las proporciones de la violencia que se hace más visible es imponente, pero no hay que minusvalorar las violencias que permanecen invisibles, al menos, mediáticamente.
La pregunta pertinente es ¿por qué la violencia que ha estado causando tantas muertes y tantos daños a las familias, a las comunidades y a la sociedad en su conjunto, no ha sido objeto de un manejo contundente como cuando se manejó, por ejemplo la crisis de la gripa H1N1? ¿Por qué no se ha reconocido que hay una crisis humanitaria, o un verdadero desastre social que necesita ser atendido de diversas formas para superarlo? ¿Por qué la prevención no ha tomado un lugar preponderante en las políticas públicas, lo mismo que la atención a la emergencia que sufre la nación? La crisis humanitaria producida por la violencia ha dado lugar a muchas más muertes que todas las epidemias juntas de las últimas décadas.
El caso es que todas las epidemias y pandemias tienen causas no fácilmente identificables, mientras que los desastres, así llamados, naturales como terremotos y huracanes, ocultan fácilmente sus causas sociales. En estos casos, con mucha sutileza se pasan por alto las responsabilidades de quienes generan los factores de riesgo.
De hecho, la pobreza es la madre de todos los desastres y epidemias, puesto que siempre son los más pobres las víctimas más constantes. Y hay que considerar que la pobreza no es un fenómeno natural sino una construcción histórica generada por estructuras, instituciones y personas. Cualquier desastre tiene factores humanos que, mediante un análisis serio, son identificables.
¿Qué podemos decir de este gran desastre que está causando la violencia? ¿Por qué no se reconoce su gravedad al grado de ser asumido en términos de una crisis humanitaria? Al parecer, porque no se quieren reconocer las responsabilidades dispersas en las estructuras, en las instituciones y en la misma sociedad. ¿Cuántas víctimas más se necesitan para que se reconozca esta emergencia de manera que tenga el trato adecuada para superarla?
Esto significa que las diversas violencias que se entrecruzan, desde las más visibles hasta las ocultas, debieran ser vistas como un tema de salud pública para ser manejado como tal. Tenemos una sociedad enferma y en alto riesgo, siendo la violencia su síntoma más arrollador. Un diagnóstico social riguroso puede dar con los factores y con los responsables. Habrá que reconocer que todos somos responsables y que todos tenemos que asumir lo que nos toca para operar los cambios necesarios para sanar al país de esta postración. Pero hay de responsables a responsables.
Para comenzar, un tratamiento de la violencia que sufre el país como crisis humanitaria, tendría que poner en juego a todas las instituciones del Estado, enfocando todos sus recursos hacia la prevención y la atención de la emergencia, sin olvidar las soluciones a mediano y a largo plazo. Todos los temas están relacionados con la violencia: la salud, la educación, la alimentación, el trabajo, la cultura, la producción, las leyes, los recursos naturales, la gobernabilidad, la democracia, la impartición de justicia y todos los demás. Nadie puede decir que está exento de responsabilidad, ni como parte del problema ni como parte de la solución.
Por otra parte, así como se moviliza la sociedad civil ante un desastre, debiera preverse la participación de toda la población en tareas de prevención y de atención a la emergencia, así como en programas de mediano y largo plazo que toquen las raíces mismas de la violencia. De otra manera, no es posible esperar el cambio profundo que necesitamos como presupuesto necesario para contar con una sociedad sana y pacífica.
La realidad de la inseguridad y violencia es compleja y multidimensional. No podemos, sin más, atribuirla a una sola causa, hacerlo sería ingenuo y nos llevaría a pretender, también con ingenuidad, tener una única solución a una problemática tan vasta y complicada. Por ello, el enfoque de salud pública es justo lo que necesitamos para abrir un horizonte esperanzador que nos involucre a todos.

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