Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Cómo han pasado los años (XXVI)

Carlos E. Adame, alcalde

Carlos E Adame, político, periodista y primer cronista oficial de Acapulco, es decir, con salario, oficina y prestaciones, cuenta una anécdota personal y en ella pone de manifiesto el arte del culipandiaje en la política. (Consultar culipandear en el diccionario de la RAE).
Corre 1940. Don Carlos encabeza la planilla del partido oficial para cubrir la administración municipal que deja vacante el dirigente obrero Baltazar Hernández Juárez. El primero en acercarse al futuro alcalde es un amigo de la infancia al que llamaremos Adrián Martínez. Le pide ser edil de su Cabildo, en el entendido que no siendo político no es ni ratero ni traidor. “Tú me conoces, Carlos, soy más cabrón que bonito y los pinches matones me la “persinan”, se adorna el peticionario. Adame es elegido presidente municipal de Acapulco y Adrián Martínez su regidor-sombra.
El general Manuel Ávila Camacho, candidato presidencial por el partido oficial, se enfrenta a una poderosísima oposición encabezada por el también general Juan Andrew Almazán, de Olinalá, Guerrero. Éste, a propósito, es un claro ejemplo del culipandiaje mencionado. Lo hizo cuando sus muchos seguidores le exigieron encabezar la revuelta popular por él mismo planeada, si es que le robaban la elección. Y bien robada que fue. Ora que por armas la cosa no iba a parar. Washington las tenía prometidas a cambio de que, but of course, al triunfo le devolvieran su petróleo, gota por gota. ¿Quién iba a decirle a los gringos que lo recuperarían sin tronar una chinampina?
Otro frente opositor para el alcalde Adame lo encabeza aquí el general Nabor A. Ojeda, con ataques virulentos a nombre del cardenismo. Resultado de aquel clima de tensión y violencia será la emboscada que sufra él mismo. Su convoy es atacado con fuego graneado llegando a Las Cruces. Hombre bragado y habilidoso, el militar de la Costa Chica resulta indemne de la agresión logrando internarse en la espesura del cerro de Los Lirios.
Apenas logra establecer contacto con la civilización, Nabor Ojeda responsabiliza de la agresión al gobernador general Alberto F. Berber y al alcalde de Acapulco, Carlos E Adame. Serio predicamento para éste por su calidad de civil y carecer de una garde du corps. Excepto el regidor Martínez.

Calentura de miedo

El alcalde Adame es invitado a un acto agrario en La Sabana y lo piensa mucho por tener a Ojeda como enemigo y estar el poblado en la ruta de la violencia. Acepta finalmente la invitación seguro de contar con la compañía de su amigazo Martínez, tanto por su oferta protectora como por ser el único regidor con su “cuarentaicinco” al cinto.
–Para que no tengas que venir al centro, yo paso a tu casa mañana temprano –propone el presidente municipal.
–Ni hablar, jefe, en eso quedamos –responde Martínez.
Puntual llega el alcalde a la cita. Adrián no lo espera en el corredor de su casa, como habían quedado. Adame toca la puerta y abre la señora de Martínez con la mala noticia de que el señor “está ardiendo en calentura y que apenas le acaba de dar una friega con mentolato. ¡Uuuh, no –anticipa–, no creo que ahorita salga a la calle, capaz que un aire cruzado y me lo mata!”.
El alcalde esconde bien su indignación y pide entrar a la casa para saludar al “enfermito”. Lo encuentra con la cabeza atada con un paño colorado y el cobertor hasta la nariz. Por respeto a la señora presente, don Carlos se abstiene de decir su precio a aquel cobarde cabrón. Y ni falta que hizo.
–¡Perdóname, hermano, ya sé que me estoy portando como un vil puto. No te miento, Carlos, me estoy cagando de miedo y más que nada de pensar que pueda faltarle a mi mujer y a mis hijos. Te prometo que al rato te mando con uno de ellos mi renuncia irrevocable a la regiduría. Perdóname, hermano, por haberte fallado.
Si es verdad que el miedo produce calenturas, ya es tiempo que Salud reparta mejoralitos para atacar la epidemia nacional que vive México.

Remoje, exprima y tienda

El jabón de lechuguilla tendrá amplio predominio en los cuarenta para lavar prendas de lana, no así los suéteres que requerían jabón de gusanillos. La lejía, por su parte, resultaba eficaz para lavar la mezclilla, cuya expresión máxima eran los “overoles” que vestían particularmente los obreros. Antes de tallar tales prendas con lejía –¡qué chinga!–, las amas de casa debían hervirlas en latas alcoholeras. Solo así se despercudían.
La loza, por su parte, resultaba lustrosa frotándola con un estropajo con harta espuma del jabón preferido, ora que cazuelas, sartenes y ollas debían recibir un tratamiento intenso con un polvillo ocre adquirido en las tlapalerías. La piedra pómez será efectiva para ese mismo propósito, además de higiénicos personales como eliminar los callos de las manos, los talones agrietados o de “polvorón”, así como las costras negruzcas en tobillos y rodillas. (Tómese como un tip).
Con el pregón radiofónico de “enjuague exprima y tienda” –anuncio de los detergentes en polvo Fab, Tide y Ace– queda sepultada la tradición mexicana de aporrear la ropa usando jabones de pasta. Gordos y amarillos los de las marcas Castillo y Corona, y blancos de la casa 1-2-3.
Heroicas madres, abuelas y bisabuelas: les tocaba desarmar todas las noches la estufa de vil petróleo. Tallaban sus partes con agua caliente dejando en remojo los quemadores para que no se taparan. Las mujeres del altiplano no podían someterse con estas friegas diarias al régimen familiar de bañarse únicamente los sábados. Lo hacían por lo menos dos veces a la semana usando jabones de olor Maja y Heno de Pravia, reforzados con fragancias como Aires del Tiempo y Fragancias del Campo. Algunas hurtaban al señor su colonia Sanborns. En materia de aseo corporal, las acapulqueñas lo practicarán diariamente e incluso varias veces al día.

Día de la Bandera

El presidente Lázaro Cárdenas emite en 1940 el decreto que instituye el 24 de febrero como Día de la Bandera Nacional. Aunque modificado, se trata del mismo lienzo surgido del Plan de Iguala y que en 1824 Agustín de Iturbide había dispuesto “que adoptaría perpetuamente los colores verde, blanco y rojo y en ese orden. Las franjas diagonales de la bandera confeccionada por el sastre igualteco José Magdaleno Ocampo, se trasformaron en verticales pintándose en el color blanco águila devorando a una serpiente”.
Esto último no fue idea original de Iturbide. La rescata de la bandera del cura don José María Morelos y Pavón: “un tablero de cuadros blancos y azul celeste –colores de la Virgen María–, y en el centro una águila mexicana de frente, con las alas extendidas”.

El Himno

Siendo secretario de Educación Pública el maestro Justo Sierra, se convoca a un concurso para darle un himno a nuestra Bandera. Resultan triunfadores el maestro Julián Carrillo, creador del Sonido 13, y el poeta Rafael López. Aunque habrá muchos cantos al lábaro patrio, este Himno a la Bandera será cantado en las escuelas públicas y por el Ejército. Un texto de muy difícil comprensión para los párvulos y ni falta que hacía; lo cantaban con emoción y alegría. La música es perfecta, sin los notas altas que ni Plácido Domingo.

Oh, santa Bandera de heroicos carmines
suben a la gloria de tus tafetanes,
la sangre abnegada de los paladines
el verde pomposo de nuestros jardines
la nieve sin mancha de nuestros volcanes
SMN

El mismo 3 de agosto de 1942 en el que se promulga el decreto presidencial que crea el Servicio Militar Nacional, grupos opositores inician una campaña feroz de desorientación y francas calumnias. Estas calarán muy pronto en los padres de familia con hijos de 18 años a quienes, según la Unión Nacional Sinarquista, se enviaría a los frentes de la guerra europea. Se anticipaba que los conscriptos mexicanos irían encuadrados en el ejército estadunidense, ajeno todavía al conflicto. Los gringos, se decía, según su costumbre, lanzaría a los negros como carne de cañón y detrás de ellos a los mexicanos ¡Horror!
Las familias creerán todo aquello y entonces pondrán en práctica toda suerte de recursos, ilegales, los más, para evitar que sus bodoques fueran llevados a la guerra. Los esconderán a piedra y lodo o bien modificarán sus actas de nacimiento, no obstante que los jueces del Registro Civil fueran unas personas decentes y honorables.
El gobierno responderá a los opositores al SMN con llamados patrióticos, además de rechazar todas aquellas calumnias. Utilizará en esa campaña volantes impresos que hará circular por miles en todo el territorio nacional. A las serranías y otros sitios inhóspitos se harán llegar por medio de avionetas que los lanzarán desde los aires. Esto último constituirá un tremendo impacto emocional entre aquellas poblaciones que por primera vez admiraban un aparato volador. El mensaje era éste:
“Quienes te digan que jóvenes del SMN saldrán del país como soldados, son gente mal intencionada, animada con un espíritu de traición a la patria. No conviertas a tu hijo en un hombre sin honor haciendo que huya de su deber.¡ El Servicio Militar Nacional hará de un México mejor para todos!”.
Los muchachos mexicanos no irán a la guerra, es cierto, pero si a trabajar los campos agrícolas de Estados Unidos.

Plañideras y cargantes

Cuenta Rubén H. Luz Castillo que en el muy viejo Acapulco existieron personajes conocidos como “plañideras” o “gimoteras”. Se trataba de mujeres que se alquilaban para plañir y gimotear a muertos ajenos. Bien porque estos no tenían a nadie que los llorara, o bien porque la familia del difunto lo hacía discretamente y tal cosa no era bien vista por “la gente”. Se consideraba entonces que un velorio o sepelio desmerecía si transcurrían silenciosos, sin las plegarias y el llanto desgarrador exaltando las virtudes del difunto. No faltaban entonces las hablillas de “ya les estorbaba el difunto” o “Ya descansaron”.
El llanto de las plañideras debía hacerse escuchar desde el primer minuto en que el difunto era expuesto para el velatorio, invariablemente en el domicilio familiar. Todas ellas sabían que al llanto más convincente y desgarrador, invocando las virtudes del difunto, correspondía la mejor paga. Vestían las mujeres de tan extraño oficio de negro riguroso y conocían a la perfección los rezos fúnebres. Habrá casos en que algunas gimoteras, embriagadas durante el velorio, clamen por sus propios muertos olvidándose del de paga. La especialidad las hará ofrecerse para “muertos grandes “ y “muertos chiquitos”.
–¿Por qué te la llevaste, Señor, si era tan buena como el pan y tan alegre como las castañuelas… ¡Ay, amiga , cuánto dolor dejas en este mundo, acuérdate de nosotros cuando estés a la vera de Dios Padre!
Al escuchar plegarias tan dolidas y convincentes nadie dudaba de la cercanía de la plañidera con el difunto. En estos casos aquellas mujeres serán recompensadas generosamente y recomendadas ampliamente para otros entierros.
Hoy mismo, nos dicen , las plañideras y gimoteras se caracterizan por su discreción.

Los cargantes

Los cargantes constituían cuadrillas de hombres de casi una misma estatura y su tarea era cargar la caja de un difunto, a cambio de una paga convenida y quizás tabulada en aquel entonces. Lo hacían a partir de la casa del fallecido y hasta el panteón de San Francisco. La ocupación de cargante era tenida como de alta responsabilidad y obligaba a quien la ejercía una conducta ejemplar. Antes de iniciarse el cortejo fúnebre, los cargantes eran instruidos sobre el itinerario que debían seguir. Vestían de blanco riguroso
El primer punto era invariablemente la parroquia de La Soledad, para la ceremonia del adiós. Ahí, frente a la puerta principal, se inclinaban hasta en tres ocasiones recibiendo la bendición del sacerdote. Se visitarán enseguida los domicilios dispuestos por los familiares, con igual procedimiento, incluidos el que había sido centro de trabajo del fallecido y no faltará ocasión que las reverencias se hagan frente a la cantina donde aquél haya pasado los mejores momentos de su vida. Finalmente, el cementerio donde entraban en acción las plañideras y gimoteras.
¿Qué tan diferente es hoy?

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