María Luisa Garfias Marín
Aborto y maternidad voluntaria
Estoy siguiendo la polémica suscitada entre el partido México Posible y los representantes del clero en nuestro país y en especial en Guerrero, en torno al llamado que estos últimos hacen a los feligreses católicos para no votar por partidos que respalden la despenalización del aborto y el matrimonio entre homosexuales.
Los representantes de la iglesia católica han señalado que fe y vida no pueden estar separados, para justificar su participación política en este proceso electoral, buscando legitimar por la vía de los hechos lo que jurídicamente se les niega. Por ello es necesario recordarles que viven en un Estado nacional, democrático y laico, cuyo poder y control perdieron desde hace muchos años, y que la Constitución Política les marca un límite.
Ellos deberían preocuparse más por las secuelas que ha dejado durante años la penalización del aborto: miles de mujeres desamparadas por la ley han recurrido a esta práctica en la clandestinidad y muchas de ellas mueren en la intervención o como consecuencia de ello, o han quedado estériles por la pérdida de sus órganos reproductores internos, pero esto no les importa. Lo esencial para estos hombres es la continuación del sometimiento de las mujeres al papel tradicional de la maternidad, y ésta no puede ser obligatoria.
Según los resultados de trabajos de investigación de especialistas, cerca del 80 por ciento de las mujeres que abortan son de religión católica. Abortar no es un gusto, es el último recurso para una mujer desesperada ante un embarazo no deseado, y ahí hemos estado mujeres de todos los niveles sociales, aunque algunas tienen para practicárselo en condiciones de seguridad para su salud, pero la gran mayoría recurren a prácticas de riesgo para su vida.
En Guerrero, el aborto ocupa la cuarta causa de muerte entre las mujeres, quienes llegan a las instituciones de salud con hemorragias o septicemias como resultado de uno mal practicado. Nosotras, las que nos reclamamos feministas, las que defendemos los derechos de las mujeres, no deseamos que mueran más mujeres por violencia, por sida, cáncer o por aborto, porque sabemos que atrás de cada una de ellas están otros que quedan muchas veces desamparados.
Queremos que las mujeres tengan poder para decidir sobre ellas y no que otros decidan por ellas, para que cuiden su cuerpo y no les impongan relaciones sexuales sin protección. Queremos que los hombres asuman también su responsabilidad en la relación con su pareja.
Por último, la maternidad es algo bello y las mujeres que hemos decidido ser madres lo disfrutamos, pero también aquellas que no lo desean por cualquier causa están en todo su derecho. La maternidad por lo tanto es voluntaria.
Es verdad, las elecciones son coyunturas que deben ser aprovechadas por las organizaciones políticas para dar a conocer sus plataformas y sus programas políticos, ese es el principal objetivo, porque a partir de allí el electorado decidirá el destino de su voto. Y eso es lo que están haciendo todas las instituciones políticas. Por lo tanto, querer que la ciudadanía se deje llevar por principios evangélicos para votar por el partido que representa los intereses del clero, es no ver la realidad del México actual. Sobre todo, es no querer reconocer los cambios ocurridos en la mitad del siglo pasado donde mujeres, indígenas y homosexuales, rompimos los obstáculos que impedían que se escucharan nuestras voces.
Los partidos políticos tienen bases ideológicas y por lo tanto representan a sectores de la sociedad, y son ellos, de acuerdo con la ley, los que tienen la tarea de convencer a los electores de ser la alternativa para detentar el poder político. La Iglesia católica como tal debe dedicarse a la salvación de almas, al trabajo espiritual. Sus representantes terrenales ya tuvieron la oportunidad para dirigir la vida política y social de nuestro país, y sólo demostraron a quienes servían: a los señores feudales, a los terratenientes, a los ricos, a los poderosos.
Ahora, independientemente de que los representantes de esa Iglesia sean sancionados por violación a las leyes electorales y de culto por llamar a sus feligreses a no votar por el nuevo partido, la verdad es que cientos de mujeres al año –mil 500 o 2 mil– siguen arriesgando sus vidas al practicarse un aborto.
Por ello, las autoridades, más que por un acto de fe, deben conducirse por un acto de justicia y despenalizar el aborto por cualquier motivo, de lo contrario el número de muertes maternas aumentará, y con él, el problema de salud pública que ya es.




