Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

*Vota por Kevencio

Keven es un norteamericano que desde muy joven llegó al pueblo del Roble, a la orilla del mar allá en el municipio de La Unión siguiendo su afición por surfear. Su vida eran las olas y para ganarse la comida ayudaba a pescar a los lugareños.
Vivía con un matrimonio de viejos que lo adoptaron como a un hijo y durante su vida aprendió tan bien el español que lo hablaba hasta con la cadencia y dejo de los costeños.
Sólo por su nombre delataba su extranjería, porque su pelo rubio era parecido al de los costeños que se pasan en la playa.
Keven Moss es un hombre espigado y requemado por el sol, güero de pelo ensortijado y ojos claros que todavía vive en Zihuatanejo ganándose la vida como capitán de un catamarán que pasea turistas en la bahía.
Viste con la sencillez de los pescadores, con camisa de manga corta, pantalones holgados, sandalias, y raras veces con gorra.
Keven se hizo famoso porque fue el primero en la década de los setenta que habilitó un lanchón descontinuado por la planta de Productos Pesqueros de Zihuatanejo para hacer un velero cuyo mástil él mismo labró aserrando un árbol de pino que consiguió en la sierra de Zihuatanejo.
Los pescadores del Roble cada tarde que regresaban con sus lanchas de motor fuera de borda pasaban por el patio de la casa donde el gringo construía su velero y le hacían bromas acerca de la “absurda” idea de construir una embarcación que navegara sin motor.
Ese velero que fue la novedad para los pescadores de La Unión sirvió para que el gringo Keven realizara una aventura difícil de igualar. Un día zarpó desde la bahía de Zihuatanejo en su velero bautizado con el nombre de Camukla, con la pretensión de llegar en él hasta Miami saltando al Atlántico por el istmo de Tehuantepec.
Él mismo escribió esa aventura en su idioma original y después la revista Costa Libre de Zihuatanejo la tradujo al español y la publicó.
Ese era Keven quien no contento con haberse acosteñado en su hablar, quiso cambiar su nombre y le dio por presentarse como “Kevencio Barragán, de los güeros de la Unión”, como se conocía en ese tiempo a la familia de los Barragán, quienes procedentes de Michoacán se habían radicado en el pueblo de Coyuquilla, en el ejido de La Parota, dentro del distrito de riego de la presa José María Morelos, donde levantaron un emporio manguero.
Estaba Keven tan hecho a la vida costeña que cuando en 1988 se inició la campaña electoral de Cuauhtémoc Cárdenas, también quiso aportar su grano de arena para el cambio democrático y se sumó al trabajo de propaganda en una brigada dedicada a pintar las consignas cardenistas en todos los puentes de la carretera costera.
Un día ya tarde los brigadistas hicieron un alto en Llanos de Temalhuacán para tomar un descanso y mientras se acomodaban bajo una sombra, Keven tomó una brocha y un bote de pintura, se dirigió al puente y escribió: “Vota por Kevencio para presidente”.
Cuando sus compañeros le interrogaron por su ocurrencia, respondió con desparpajo:
–Joder, puras pintas a favor de Cuauhtémoc, cuando menos una que sea para mí, yo también quisiera ser presidente aunque sea de La Unión.

Los libros del Toro Valenzuela

Guillermo Ochoa era uno de los periodistas de televisión más ameno y reconocido en los años 80 y 90 del siglo pasado.
Sus entrevistas eran memorables porque tenía especial facilidad para crear el ambiente que daba confianza al entrevistado.
Así, Memo Ochoa llevaba la entrevista por donde quería para lucimiento u opacidad del entrevistado que, en todo caso, exhibía la agudeza del conductor de la televisión.
La única vez que Memo Ochoa perdió la compostura fue con Fernando Toro Valenzuela, aquel gigante norteño con cara de niño y de poco hablar, que tan bien le fue en el beisbol de Estados Unidos como pitcher que ganó la seria mundial con los Dodgers de Los Ángeles ante sus acérrimos rivales Yanquis de Nueva York.
Tal vez en honor a este triunfo fue la entrevista, no lo recuerdo, pero lo que no se me olvida fue el tema al que derivó después de hablar del beisbol.
–Cuénteme Toro, qué otras actividades realiza además de jugar beisbol.
–No, nomás juego –respondió lacónico el jugador.
Pero como se trataba de hacer amena la entrevista, Memo Ochoa insistió allanándole el camino
–Dígame Toro, ¿usted lee?
El Toro miró desconcertado al entrevistador tratando de adivinar la razón última de la pregunta y contestó.
–Sí, sí leo (en esa respuesta entendí que el Toro respondía más bien a la pregunta de que si sabía leer, no si tenía la costumbre de leer, como debió ser la interrogante).
Con esa respuesta ahora el desconcertado era Memo Ochoa que no supo cómo enderezar la entrevista, y por eso insistió en la forma equivocada de preguntar.
–Pero ¿qué lee Toro?
Con esa última pregunta del entrevistador el desconcierto fue total.
–Libros, leo libros.
Luego vino el caos.
–¡Sí, pero qué libros!
–Libros de letras –respondió el rudo gigante con cara de confusión.

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