Los escritorios públicos, negocios que están punto de extinguirse
* El chiste es ver una hoja mecanografiada limpiecita, sin un solo error y no corregirlos en la pantalla de la computadora antes de imprimirla, dice una mecanógrafa
Xavier Rosado * El de mecanógrafo público, es una labor que está en camino de convertirse en –como lo describe René Avilés Fabila– un oficio perdido.
Leer cartas de amor, escribir misivas para el familiar lejano o, simplemente, llenar formularios de todo tipo, es una noble ocupación a la que cada vez recurren menos personas.
Por eso cada vez que pasamos frente a un escritorio público, pareciera que atestiguamos su lenta agonía que transcurre entre olor a tinta, copias de papel carbón y máquinas de escribir mecánicas.
“Las computadoras no están partiendo la madre”
Son las 12 del día y en la céntrica calle de Mina, una señora de unos 60 años de edad se oculta detrás de una enorme Remington de rodillo ancho, no tiene reparo en espetar “Primero que nada, díganles a los maestros que ya no les pidan las tareas a los estudiantes hechas por computadora, porque nos están partiendo la madre a los escritorios públicos”.
La señora malhumorada, no quiere dar su nombre, lleva muchos años, más de 40 –aunque no quiso especificar– trabajando en el escritorio “luego van a adivinar qué edad tengo y no quiero que lo vayan a publicar”.
Habla casi gritando, como regañando, “ya casi no nos traen trabajos los estudiantes por lo mismo, porque los maestros se los exigen por computadora, lo que no saben es que el alumno se debe chingar haciendo su trabajo, con esas máquinas ya nada más le cambian la letra y les entregan el mismo trabajo a los maestros, y ellos, ni en cuenta”.
El local tiene un fresco techo de teja; la indefinición es su característica principal, es al mismo tiempo papelería, miscelánea y escritorio público y todo está mal acomodado, aunque eso sí, listo para funcionar.
Doña Violeta tiene al alcance de la mano una enorme guillotina para papel, como si fuera a utilizarla como arma en caso de que la exasperaran lo suficiente; viste un delantal gris y come su pechuga de pollo con arroz, al tiempo que explica.
“Ya no tenemos ni la mitad de clientela que teníamos cuando empezamos aquí; cuando trajeron las chingadas computadoras nos fueron olvidando sin darse cuenta de que el trabajo con este tipo de máquinas es más limpio, vale más pues porque cuesta más trabajo”, dijo.
Sin embargo todavía tienen clientela, sobre todo contadores que les llevan a llenar las declaraciones de impuestos que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público les exige presentadas a máquina.
“Pero ya no les voy a hacer su tarea, si trabajan para el periódico, ahí ustedes van a investigar así que ya no les voy a dar más información”, dice la secretaria, al tiempo que se limpia con la manga de su blusa la grasa de pollo que hay alrededor de su boca.
Una secretaria egresada hace medio siglo
En la esquina de la cerrada de Galeana con Mina, existe un local de la misma época, que en los cincuentas funcionó como una tintorería. Ahí dos rudimentarias mesas de madera sostienen sendas máquinas de escribir, una eléctrica y una mecánica.
Otra señora de unos 50 años de edad está sentada en el portal, con un documento –lo que parece una carta comercial de aquellas que aparecían en los manuales de mecanografía. Al parecer está descansando de sus labores cotidianas. Ella se muestra mucho más accesible.
Se llama María Joaquina Avila Becerril y estudió para secretaria en 1952, aquí en Acapulco, “ya ni me acuerdo cómo se llamaba la escuela, pero en aquellos tiempos cuando salías de secretaria era porque realmente tenías la facultad para llevar una oficina de arriba abajo, no como ahora que con trabajos saben escribir las muchachas”.
Dijo que se vino de la ciudad de México desde muy joven y que su marido tenía el negocio de tintorería ahí mismo.
“Pero pues él se fue hace como 15 años a Estados Unidos y yo no me quise ir tras él, así que ya no pude manejar la tintorería, aunque era mucho mejor negocio que éste pero, una como mujer y sola… mejor me dediqué a escritorio público y aquí sigo, tengo mi secretaria y pago la renta de este changarrito”, explicó la mecanógrafa que como si estuviera de luto, lleva su rostro sin maquillaje y viste completamente de negro.
Doña Joaquina cobra a 10 pesos la página mecanografiada y ella está más abierta al paso de la tecnología, ya cuenta en su negocio con una máquina eléctrica, que maneja una secretaria.
“Ella (la secretaria) está aquí por comisión, si se gana 100 pesos por día, son 50 para el negocio y 50 para ella”, indicó.
Dijo que en lugar de pelear en contra de la tecnología, ella ha tratado de actualizarse comprando una computadora, pero que no le resultó.
“Ya había comprado una computadora, pero me la descompusieron aquí y pues salen muy caras las composturas, mejor estoy juntando para comprarme una nueva, me conviene más. Lo que pasa es que luego vienen las secretarias y dicen que saben y luego resulta que no saben y me descomponen los aparatos”, dice la mecanógrafa.
Agregó que no cree que se vaya a acabar el negocio de los escritorios públicos porque siempre hay gente que no cuenta con una máquina de escribir para dar presentación a sus trabajos o que simplemente no tiene ganas de hacer la talacha.
“Nunca va a ser lo mismo presentar una carta escrita con una máquina mecánica que por computadora, ahí ya no tiene caso que no tenga errores porque lo de menos es corregirlos antes de imprimir, pero el chiste es ver una hoja mecanografiada limpiecita, sin un solo error y con los márgenes bien medidos y todo, eso es todo un trabajo que muy poca gente hoy en día puede hacer”, expuso.Así, entre declaraciones de impuestos, trabajos de escuela, cartas personales y comerciales, contratos de diversos tipos, proyectos y hasta tesis profesionales, los mecanógrafos siguen haciendo su labor.A pesar de su incierto futuro, ellos saben que su oficio perdurará mientras haya alguien que necesite de un escritorio público.




