Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

*Cada quien su leyenda

 

*La de Teloloapan

Como sabemos, las leyendas están, como género literario, entre la historia y el mito, a veces sublimación social de un personaje o un hecho, a veces chisme con tendencias correctivas. La anécdota legendaria con versiones regionales es frecuente: hay Lloronas chilangas, veracruzanas, poblanas y hasta guerrerenses; entre la Xtabay yucateca y las Cihuatatoyotas tixtlecas no hay diferencias sustanciales. De los encantos o encantamientos del Cerrito Rico hay al menos tres versiones. La más sencilla la apuntó Rodrigo Vega en su libro de recuerdos chilpancingueños. La más popular, la que varias generaciones escuchamos en la infancia, la recontó en forma amplia y bajo su propio estilo, el gran recopilador Félix J. López Romero en Leyendas, tradiciones y cuentos de Guerrero (sobre la que escribimos en El Sur). Las dos inciden en el recorrido y se mueven alrededor del mismo tronco anecdótico, pero varían en su desarrollo y moraleja.
En Leyendas, costumbres y tradiciones de Tixtla, Ladislao Cienfuegos Espíritu expone su versión de las cihuatatoyotas que escribió en 1948 con notas que le legaron su padre y otras tres personas, y que en una ocasión “ya sustentada, me fue pedida en préstamo por otro escritor tixtleco que jamás me la regresó, apareciendo en 1981 como suya en un libro de su autoría, acción que considero un plagio”.
Peor le fue al sencillamente presumido Andrés Henestrosa, que en Los hombres que dispersó la danza –donde vienen fabulosas y amenas versiones acerca de la tortuga, la urraca, la golondrina y otros animales, incluyendo el cuento del conejo perseguido y aun capturado por el coyote, al que siempre consigue engatusar y del que siempre escapa, que antes de que llegara la televisión todavía se contaba en las casas de Chilpancingo– reconoce que “la mitad del material con que están compuestas estas leyendas fue inventado por los primeros zapotecas”, pero consigna que “la otra mitad la inventé yo”.
Acusado por Wilfrido C. Cruz, autor de El Tonalámatl zapoteca (1935), de “seguirlo, casi literalmente y sin mencionarlo”, Henestrosa remite al artículo de un periodista cultural que intentó enderezar el entuerto planteando que “la sabiduría india y el folklore son un patrimonio común y múltiple, imposible de patentar o expresar en fórmulas personales, y que era iluso, cuando no necio, aquel que reclamara para sí la paternidad de cosas tan universales y tan de todos, como son la tradición, la leyenda y la historia”… Esto le gustó a Henestrosa, pero no tanto porque, según él, dio lugar “a que las leyendas aquí contenidas se vuelvan a referir como tomadas de la tradición oral”, olvidando el proceso de literaturización por el que tuvieron que pasar, hasta que él las tomó por su cuenta. “Los zapotecas no las dejaron así –recuerda–. Los indios todos de México inventaron mitos, imaginaron fábulas aladas, hicieron aforismos… Pero si esta sabiduría –dice– tuvo una unidad, ella se rompió al choque con la Conquista… No me vengan, pues, a reproducirlas diciendo que las oyeron en boca india, que las recogieron de la tradición oral”.
Cuando más obstinado está don Andrés en que las leyendas zapotecas referidas son de todos, pero al fin de cuentas y meramente hablando de él, en un libro de bachillerato, Literatura I (Editorial Nueva Imagen) encontramos El murciélago, una de las leyendas zapotecas a las que Henestrosa dio “unidad y estilo”, tal como viene en Los hombres que dispersó la danza pero sin la firma de don Andrés. Dándole donde más le dolía, la autora del libro, Victoria Yolanda Villaseñor López, consigna que la citada leyenda es anónima o, como se dice, de dominio popular.
Así que, aunque personajes, tareas y acciones sean mucho menos que los que enumeró Vladimir Propp en su análisis de cuentos fantásticos, una leyenda puede cambiar no sólo de país a país o de pueblo a pueblo, sino de una generación a otra e incluso de un barrio al que sigue, en una misma población, y que cada quién puede rescribir las leyendas a lo que dé su estilo e imaginación… Juntando esto a la invitación que me hicieron algunos estudiantes de diseño y animación del Centro de Estudios Superiores Guerrero (Cesgro) para que les hiciera un guión sobre alguna leyenda guerrerense o chilpancingueña para ilustrarlo, a modo de ejercicio escolar, me animé a escribir mi propia versión de los encantos o encantamientos del Cerrito Rico.
Antes que un guión para historieta, salió una leyenda con cola y guiños al lector, que pudo leerla en el Pozole Verde, con el título de Los encantados de Cerrito Rico, del 10 de julio de 2013. A la segunda intentona me volvió a ganar la literatura y para nada me acordé de la parquedad obligatoria de un guión. Al menos esta vez me aferré a las versiones conocidas, fui más directamente al grano y le puse muy poco de mi cosecha. Entre otras razones, la leyenda del Cerrito Rico me gusta por el rembobinamiento mágico del tiempo que plantea y porque, como muchas otras, usa la oscuridad como manto de secretos, aunque insista en destellar a plena luz del día. Por cuestiones de espacio, la segunda versión (que debió ser la primera) del Cerrito Rico saldrá en el próximo Pozole. Recordaremos, en cambio, una leyenda tan antigua como Teloloapan y sus alrededores (hoy, Mexicapán es colonia de la cabecera municipal), en su versión más conocida.

La Tecampana

El emperador Ahuízotl acaba de morir y, antes de arribar al trono, su heredero Tecampa emprende una guerra florida: a la cabeza de un grupo de guerreros sale en busca de prisioneros que ofrendar a Huitzilopochtli. La tradición del poder lo exige y él lo reclama. Mientras baja de la pirámide dedicada al dios de la guerra, el viento, locuaz, desciende a él y le susurra algo al oído…
Tras dominar Alahuixtlán, Ixtlahuacatenango, Otzumba y otros pueblos y conseguir guerreros dignos de ser sacrificados, Tecampa llegó a los linderos de Mexicapán, donde el sur parece encresparse y las montañas asomar la nariz del otro lado del cielo. Arrasando Mexicapán y aprisionando al señor Texol y a sus mejores combatientes, terminaría su empresa conquistadora.
Pero Texol y su gente se negaban a servir de ofrenda a dioses imperiales y defendieron sus tierras y caseríos heroicamente, durante muchas semanas. Como sus embestidas no hacían mella en los lugareños, Tecampa distribuyó a su gente alrededor del poblado, para que nadie pudiera salir de él. En cuanto se apoderó del ojo de agua, se miró a sí mismo privilegiado por los dioses y admirado por su gente, señoreando el imperio y la inmensidad…
Texol tenía una hija. Se llamaba Na: la que canta, la que hace tortillas; la dulce, la bonita, la vivaz. Na, que para su gente también quería decir la que se preocupa por la felicidad de los todos nosotros, era el orgullo de Texol.
La sed empezaba a hacer estragos en el ánimo de los sitiados y, una noche de luna, Na, la que piensa en sus hermanos, la muy inquieta, despertó a varias amigas y, entregándoles dos cántaros de barro a cada una de ellas, les indicó el camino que daba al ojo de agua. Éste estaba en poder de los conquistadores y la incursión no era fácil, pero contaba con su sagacidad y la complicidad de la noche, “para escondernos de la luna”. Si no, su pueblo moriría de hambre y sed.
Llenaba Na su cántaro en una orilla recóndita cuando, a sus espaldas, en el reflejo del ojo de agua miró a Tecampa, su sombra altiva repentinamente enmarcada por la luna. No encontró Na, en el príncipe, la sonrisa cruel del invasor. ¿Sería porque, desde que ella volteó, él no dejaba de mirarla? Extasiado en el rostro que, como quien dice, acababa de salir del agua, Tecampa casi no escuchó sus reclamos.
Enfrentándolo, Na le ofreció su vida y la de las jóvenes que la acompañaban a cambio de que les dejara llevar un trago de agua a su gente, que desfallecía de sed. Entonces al príncipe Tecampa, al guerrero inmisericorde, al heredero imperial, se le ablandó la última dureza que le quedaba en la cara y, sonriendo, ordenó a sus escoltas que ayudaran a las muchachas en su tarea, mientras él mismo llenaba de agua el cántaro de Na.
–¿Irás a encontrarte conmigo mañana, por la mañana, en las piedras grandes que se elevan allá, a un paso de las nubes? –preguntó Tecampa, al entregarle el cántaro, y como antes que enemigo parecía un jovencito enamorado, Na contestó que así sería.
A la mañana siguiente la princesa fue a reunirse con el príncipe, en las piedras grandes que, aunque en verdad no eran tan altas, en las mañanas parecen suspirar por las nubes.
Tecampa amaba a Na. Nada ni nadie se asemejaba a su belleza ni a la valentía que demostró al acercarse al ojo de agua con tal de salvar a sus paisanos. Tomándole las manos, Tecampa le aseguró que no dañaría a su gente y que el corazón que de regreso ofrecería a Huitzilopochtli sería el de cualquier otro, menos el de Texol, su padre.
El príncipe heredero le expresó el repentino amor que llenó sus ojos y su alma. Cuando, mirándola de frente, le ofreció su vida y el imperio que le correspondía, Na se convenció de que, antes que frente a un invasor, se encontraba ante la parte que le faltaba del corazón. Mientras se besaban, cerraron los ojos.
En el lecho de piedras entrecruzaron palabras y sueños. Na bebe amor y lleva agua a cántaros a su pueblo y Tecampa por fin olvida que, antes de salir a capturar enemigos, mientras descendía de la pirámide dedicada a Huitzilopochtli un vientecillo locuaz le advirtió que en el sur abundaban los jaguares y que difícilmente podría salir de ahí. El propio viento le susurró al oído que, si eso llegara a pasar, él mismo, con sólo pasar a rozar las piedras, se encargaría de difundir su voz y su historia hacia los cuatro puntos cardinales y para siempre…
Los pasos que subían por las piedras los despertó del romance y, cuando abrieron los ojos, se encontraron con los muy iracundos de Texol. El indignado señor de Mexicapán no esperó explicaciones: fuera de sí, desconoció a su hija y empezó a resoplar maldiciones con tanta furia que hasta el viento, que andaba lejos, se acercó para escuchar mejor sus biliosos reclamos. Texol exigió a los dioses habidos y por haber que volviera a la pareja de piedra, y su rabia era tanta que alguno decidió hacerle caso: no se rompió el amor de Tecampa y Na, pero empezó la leyenda.
Tecampa y Na estaban desnudos. Antes que destruirlos, la maldición los unía, y se abrazaron aún más, hasta fundirse con las rocas. Dichosos y malditos, en su eterno abrazo de piedra.
De eso hay un testigo: el viento.
A veces, las piedras suenan solas, sin que alguien provoque sus suspiros con golpes o caricias. En Teloloapan afirman que si alguien las sabe tocar, puede escuchar el Tecampa… y el Na… que, más que resonar, brotan, como un eco profundo, del corazón de las piedras: Te cam pa… Naa…
Cumplido, como siempre, el viento se encarga de difundir la historia de los príncipes Tecampa y Na hacia los cuatro puntos cardinales.
Fin.

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