Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
*Entre la tolerancia y la hipocresía
*No se trata de incomodar a nadie, ni siquiera a perredistas locales extraviados, pero la tolerancia sexual, y de todo tipo, aunque no es una convicción sencilla ni automática, sí es una necesidad, una obligación, un requisito indispensable, en cualquier sociedad democrática.
“Qué te pasa güey. Yo tengo varios amigos homosexuales y nos llevamos a toda madre, los respeto y me respetan”, me dijo hace un par de años un cuate, tratando de enmendar algún comentario despectivo sobre los matrimonios gay, tan claramente involuntario como homofóbico.
“Ta’ güeno”, le dije sin decir nada, más con ganas de no incomodarlo que de quedarme callado, porque me constaba que, aunque conocía a dos o tres gays, ninguno era realmente su amigo. Na’ más los saludaba, eso sí, cordial y educado, cada vez que se cruzaba o coincidía con alguno de ellos. Lo sabía homofóbico, aunque él no lo reconociera, y escondía y mal disimulaba su fobia, porque la sabía políticamente incorrecta.
No lo juzgué con demasiada dureza, porque finalmente de eso se trata la tolerancia, de respetar y considerar las opiniones, ideas o actitudes de las demás personas, aunque no coincidan con las propias, de la disposición a aceptar en los demás una manera de ser, actuar o pensar distinta de la propia.
Y no quise incomodarlo, porque también lo entendí…. lo entiendo.
Amigo de la infancia en Chilpancingo, ambos crecimos y nos educamos en una sociedad homofóbica, cuando era normal y hasta bien visto burlarse de los homosexuales (putos, les decíamos). Ambos teníamos amigos (en su defensa, digo que él no era de esos) que insultaban y hasta golpeaban a cualquiera con “pinta” de homosexual, sin más motivo y razón que miedo, ignorancia y un sospechoso machismo. Ambos conocimos a varios amigos que prefirieron el autoexilio, a seguir padeciendo el desprecio y la represión de una comunidad intolerante.
Por eso dije lo entiendo, porque siendo totalmente sincero y honesto, como la del citado amigo, mi tolerancia sigue escondiendo, mal disimulados, restos homofóbicos.
Entre cuates, en confianza pues, digo y me río de chistes sobre gays y lesbianas; me cuesta ver sin acalambrarme a dos hombres besándose; y aunque conozco a muchos homosexuales, amigo-amigo, sólo soy de cuatro.
Sin embargo, en descargo, digo que defiendo como propios el derecho de los homosexuales a casarse y a adoptar. Quizá me motive la culpa o el deseo de dignificar mis resabios homofóbicos, o el miedo a ser tildado de anti homosexuales; no lo sé, pero sí creo que no merecería, como muchos, la incómoda etiqueta.
En ese sentido, Brandon Ambrosino, colaborador free lance de diarios y revistas liberales en Estados Unidos, como The New Republic y The Atlantic, argumenta que sólo porque alguien no está seguro acerca del matrimonio homosexual, no significa que sea homofóbico.
“Como gay, me decepciona ese simplismo, que alguien con cualquier tipo de reservas morales sobre el matrimonio gay es, por definición, anti-gay. Si eso es verdad, entonces mis padres son anti-gay, muchos de mis amigos religiosos (de todas las religiones) son anti-gay, el Papa es anti-gay, y sí, el Jesús de la teología judía también es anti-gay”.
Más adelante, Ambrosino dice que “si es anti-gay cuestionar los argumentos de los abogados del matrimonio gay, y si la palabra ‘homofóbico’ se agota conmigo o en amables disidentes, entonces ¿cómo deberíamos llamar a alguien que golpea homosexuales o prefiere no contratarlos? Desacuerdo no es lo mismo que discriminación, una diferencia semántica que debe atenderse”.
Sin embargo, las opiniones de Ambrosino le han generado muchas críticas entre la comunidad gay gringa, como el editor ejecutivo del portal web Huff Post Gay Voices, Noah Michelson: “Es tentador mirar a la homofobia como un mal raramente visto, un demonio caricaturizado que solo se revela en los crímenes de odio. Pero cuando concebimos a la homofobia como El Coco, responsable sólo de los horrores más obvios y condenables, perdemos de vista los momentos más sutiles y difíciles de mirar –y por ende, de alguna manera más peligrosos–, que también son homofóbicos y tienen consecuencias muy reales”.
Y para aclarar cualquiera confusión, Michelson presenta un “test sencillo para saber si usted es homofóbico:
–Si tienes un amigo gay (o hermana o compañero de trabajo), pero aun así piensas que los homosexuales no deberían casarse, entonces eres homofóbico.
–Si no tienes problemas con los homosexuales, mientras no tengas que verlos besándose o tomados de la mano, entonces eres homofóbico.
–Si no tienes nada en contra de los homosexuales, pero no te gustaría que un hombre gay estuviera a cargo del grupo de boy scouts de tu hijo, entonces eres homofóbico.
–Si piensas que dentro de una persona homosexual se esconde algo –no importa cuán pequeño–, que la hace menos íntegra o humana que los heterosexuales, entonces eres homofóbico.
No comparto lo anterior con intención de incomodar a nadie, ni siquiera a perredistas locales extraviados. Lo hago sólo para subrayar que la tolerancia sexual, y de todo tipo, no es una convicción sencilla ni automática, pero sí una necesidad, una obligación, un requisito indispensable, en cualquier sociedad que se precie de democrática.




