Humberto Musacchio
Universidad, ¿más grande pero igual?
El Encuentro Internacional de Rectores Universia, reunión que se celebra en Río de Janeiro, se desenvuelve sobre tres lineamientos: mejorar el financiamiento de las universidades, incrementar la matrícula e impulsar la movilidad mediante los intercambios de información, materiales académicos, reuniones con participación múltiple y estancias de alumnos, profesores e investigadores en instituciones ajenas a la suya.
En la Universia participan autoridades académicas de un millar de universidades de 33 países de los cinco continentes. Preside Universia el también presidente de Banco Santander, el señor Emilio Botín, quien lleva en el nombre el objeto de sus amores. De modo que su presencia no es desinteresada, sino que se trata de un destacadísimo promotor de la desigualdad.
Por lo pronto, en esta reunión fue cabalmente derrotada la posición neoliberal que abogaba por impulsar la educación privada, en la peregrina idea de que no se aprecia lo que no cuesta. El resultado de tan nefasta concepción fue que en los últimos treinta años se multiplicaron como hongos las universidades particulares, las que en el caso mexicano, salvo cuatro o cinco dignas de respeto, son una inmensa y fraudulenta colección de patitos.
Un mayor financiamiento del Estado a la universidad pública abre la puerta a más jóvenes con deseos de superación, apertura que es precisamente otra de las líneas rectoras de la junta de Río. Del financiamiento depende también la posibilidad de incrementar los intercambios de todo tipo, de modo que en lo fundamental hay acuerdo en los tres puntos citados.
Sin embargo, cabe preguntar qué resultados ha tenido el alza del financiamiento público y el incremento de la matrícula, como es el caso de México, donde el aumento de recursos financieros no se ha traducido en un más alto nivel académico ni en la profesionalización del personal académico, pues sólo 11 por ciento de los docentes lo son de tiempo completo o medio tiempo.
Al respecto, cabe agregar que nuestras universidades son esencialmente endogámicas. Mientras que en Estados Unidos sólo por excepción se acepta como profesor a un egresado de la misma casa de estudios, en México la norma es que quienes no hallan acomodo en la empresa privada, el sector público o el ejercicio profesional por cuenta propia, acaban de docentes “por horas”, lo que por definición lleva a un abatimiento del nivel académico y una alarmante falta de renovación de los saberes.
Es probable que hayan mejorado las instalaciones de las universidades públicas o por lo menos eso puede creerse por la constante construcción de edificios en prácticamente todas estas casas de estudio. Sin embargo, no puede decirse lo mismo del equipamiento de laboratorios, pobre y anticuado, ni de los acervos bibliográficos, que suelen tener un atraso de décadas, hecho que en términos prácticos milita contra la indispensable actualización del conocimiento.
En lo que se refiere a los intercambios de información, tampoco hay mucho que presumir, pues las revistas especializadas son pocas y, salvo excepción, no gozan de prestigio internacional. Los materiales académicos son pobres y el grueso de los intercambios de conocimiento se produce mediante las ponencias que se presentan en reuniones de participación múltiple. Lo que de plano parece estar fuera del alcance de nuestras universidades es el patrocinio sistemático, permanente y masivo de estancias de alumnos, profesores e investigadores en instituciones ajenas a la suya. Eso cuesta, y no hay dinero.




